Hay ciertos temas del mundo, en este caso el del bonsái, que son impermeables a lo que pueda decirse de ellos. El arte del bonsái es obvio: es una manipulación humana de la naturaleza, un objeto de belleza, una apropiación y una adaptación de escalas. Es también una metáfora obvia sobre la paciencia, la necesidad de condicionar o controlar nuestro entorno, sobre el cuidado minucioso que puede dar hermosas recompensas.

La historia del bonsái es bien sabida. ¿Entonces, qué queda decir sobre ellos? Quizás que son particularmente efectivos para ilustrar que no sabemos si las plantas sienten el dolor, pero sí que lo representan. El bonsái es pura representación de una vida de sometimiento. Pero en su forma, en cada torcedura o inclinación de sus ramas, encontramos tremendo placer estético.

Es quizá una de las paradojas más crueles y más tiernas que tenemos: en un afán por disolver la distancia epistemológica que lo separa de la naturaleza, el maestro del bonsái se distancia del dolor en pos de la forma. No deja de ser admirable, sin embargo, la entrega y la dedicación del hombre que está detrás de una de estas miniaturas vivas. Tan vivas que sobreviven, por mucho, a quien las diseña.

El breve documental American Shokunin, de Ryan Bush, habla precisamente de ese hombre detrás del bonsái, que caprichosa pero honorablemente, va dando forma a pequeños árboles que acaban por determinar su vida entera. El hombre moldea al árbol en la medida que el árbol moldea al hombre. El proceso del bonsái es arduo y no termina nunca, pero nada nos dice que, aunque ese árbol nunca probará las mieles de la libertad, aunque nunca será un holgado árbol feral, no disfruta de su propia elegancia, como lo hace quien lo observa.

American Shokunin from Ryan Bush on Vimeo.

Hay ciertos temas del mundo, en este caso el del bonsái, que son impermeables a lo que pueda decirse de ellos. El arte del bonsái es obvio: es una manipulación humana de la naturaleza, un objeto de belleza, una apropiación y una adaptación de escalas. Es también una metáfora obvia sobre la paciencia, la necesidad de condicionar o controlar nuestro entorno, sobre el cuidado minucioso que puede dar hermosas recompensas.

La historia del bonsái es bien sabida. ¿Entonces, qué queda decir sobre ellos? Quizás que son particularmente efectivos para ilustrar que no sabemos si las plantas sienten el dolor, pero sí que lo representan. El bonsái es pura representación de una vida de sometimiento. Pero en su forma, en cada torcedura o inclinación de sus ramas, encontramos tremendo placer estético.

Es quizá una de las paradojas más crueles y más tiernas que tenemos: en un afán por disolver la distancia epistemológica que lo separa de la naturaleza, el maestro del bonsái se distancia del dolor en pos de la forma. No deja de ser admirable, sin embargo, la entrega y la dedicación del hombre que está detrás de una de estas miniaturas vivas. Tan vivas que sobreviven, por mucho, a quien las diseña.

El breve documental American Shokunin, de Ryan Bush, habla precisamente de ese hombre detrás del bonsái, que caprichosa pero honorablemente, va dando forma a pequeños árboles que acaban por determinar su vida entera. El hombre moldea al árbol en la medida que el árbol moldea al hombre. El proceso del bonsái es arduo y no termina nunca, pero nada nos dice que, aunque ese árbol nunca probará las mieles de la libertad, aunque nunca será un holgado árbol feral, no disfruta de su propia elegancia, como lo hace quien lo observa.

American Shokunin from Ryan Bush on Vimeo.

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