El tren transiberiano

va devorando el planeta. 

Cada día una hora 

desaparece ante nosotros, 

cae detrás del tren,

se hace semilla.

Pablo Neruda, fragmento de “Transiberiano”

Hace 122 años comenzó la construcción de las vías del ferrocarril más grande del mundo: se extienden a lo largo de 9, 226 km, la distancia que media entre Moscú y Vladivostok, el puerto más oriental de Rusia, cuya fundación en 1860 y posterior crecimiento económico exigieron la construcción del tren Transiberiano, también conocido por los nacionales como el tren “Rossiya” (Rusia). Ésta comenzó en 1891 y terminó en 1916, más o menos paralela a la construcción del “Transandino” que unió Argentina y Chile en 1910.

Aventurarse a recorrer esa gran extensión de tierra, atravesar ríos y pasar junto al más profundo y viejo lago del mundo, el lago Baikal, es además hacer un recorrido por la folclórica historia interna de una de las naciones más diversas y atractivas del planeta. En un mundo globalizado como el que vivimos, el Transiberiano representa una luz del faro del entendimiento perdido. Su larga trayectoria no recorre tan sólo siete —o nueve, según el trayecto elegido— husos horarios, sino una vastedad de paisajes y culturas que, como un botón bastante prominente, nos recuerda la singularidad de las cosas a través del cambio constante del paisaje que ofrecen las ventanas y la oportunidad que tiene el viajero de descender en cualquier punto del viaje.

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Este tren inspiró los versos idílicos de Pablo Neruda mientras se dirigía a Pekín a entregar el Premio Internacional de la Paz a Madame Sun Yat-Sen, pero también originó los versos decadentes de Blaise Cendrars. Para dar una idea de su magnitud, Antón Chéjov sugería que únicamente las aves migratorias podían conocerla. Sin el Transiberiano, Ryszard Kapuscinski no nos habría podido contar los intríngulis de la Unión Soviética profunda y las causas de su derrumbe, tal como hace en El Imperio. De no haber sido por su inauguración, el joyero Carl Fabergé jamás habría proyectado uno de los diseños más aventurados para sus famosos huevos de pascua, el cual, con 26 cm de altura, fue hecho de oro cubierto con esmalte verde y decorado con montes de esmalte azul y naranja; alrededor de la parte más ancha, se colocó un cinturón de plata que tiene grabada la ruta del tren con piedras preciosas que indican cada una de las estaciones, y lo más sorprendente es que el huevo contiene un Transiberiano miniatura de 40 cm de largo y 1.25 de alto que, una vez afuera y extendido, puede andar gracias al mecanismo que se le añadió.

Es tal la curiosidad que despierta el viejo y funcional ferrocarril que Google ha ideado un viaje virtual tan preciso que incluso puede llegar a durar 6 días y se pueden realizar las respectivas paradas a través de las 12 regiones y 87 ciudades que dura el recorrido. El Transiberiano es una de las grandes rutas de la Tierra y, con sólo imaginar el recorrido, nos transformamos.

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El tren transiberiano

va devorando el planeta. 

Cada día una hora 

desaparece ante nosotros, 

cae detrás del tren,

se hace semilla.

Pablo Neruda, fragmento de “Transiberiano”

Hace 122 años comenzó la construcción de las vías del ferrocarril más grande del mundo: se extienden a lo largo de 9, 226 km, la distancia que media entre Moscú y Vladivostok, el puerto más oriental de Rusia, cuya fundación en 1860 y posterior crecimiento económico exigieron la construcción del tren Transiberiano, también conocido por los nacionales como el tren “Rossiya” (Rusia). Ésta comenzó en 1891 y terminó en 1916, más o menos paralela a la construcción del “Transandino” que unió Argentina y Chile en 1910.

Aventurarse a recorrer esa gran extensión de tierra, atravesar ríos y pasar junto al más profundo y viejo lago del mundo, el lago Baikal, es además hacer un recorrido por la folclórica historia interna de una de las naciones más diversas y atractivas del planeta. En un mundo globalizado como el que vivimos, el Transiberiano representa una luz del faro del entendimiento perdido. Su larga trayectoria no recorre tan sólo siete —o nueve, según el trayecto elegido— husos horarios, sino una vastedad de paisajes y culturas que, como un botón bastante prominente, nos recuerda la singularidad de las cosas a través del cambio constante del paisaje que ofrecen las ventanas y la oportunidad que tiene el viajero de descender en cualquier punto del viaje.

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Este tren inspiró los versos idílicos de Pablo Neruda mientras se dirigía a Pekín a entregar el Premio Internacional de la Paz a Madame Sun Yat-Sen, pero también originó los versos decadentes de Blaise Cendrars. Para dar una idea de su magnitud, Antón Chéjov sugería que únicamente las aves migratorias podían conocerla. Sin el Transiberiano, Ryszard Kapuscinski no nos habría podido contar los intríngulis de la Unión Soviética profunda y las causas de su derrumbe, tal como hace en El Imperio. De no haber sido por su inauguración, el joyero Carl Fabergé jamás habría proyectado uno de los diseños más aventurados para sus famosos huevos de pascua, el cual, con 26 cm de altura, fue hecho de oro cubierto con esmalte verde y decorado con montes de esmalte azul y naranja; alrededor de la parte más ancha, se colocó un cinturón de plata que tiene grabada la ruta del tren con piedras preciosas que indican cada una de las estaciones, y lo más sorprendente es que el huevo contiene un Transiberiano miniatura de 40 cm de largo y 1.25 de alto que, una vez afuera y extendido, puede andar gracias al mecanismo que se le añadió.

Es tal la curiosidad que despierta el viejo y funcional ferrocarril que Google ha ideado un viaje virtual tan preciso que incluso puede llegar a durar 6 días y se pueden realizar las respectivas paradas a través de las 12 regiones y 87 ciudades que dura el recorrido. El Transiberiano es una de las grandes rutas de la Tierra y, con sólo imaginar el recorrido, nos transformamos.

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