Así como la economía y las telecomunicaciones, la espiritualidad está atravesada por la globalización. Y al igual que los productos y servicios que consumimos, muchos de los cuales se fabrican y originan en regiones distantes del mundo, nuestras prácticas espirituales también se consumen como productos de bajo costo, muchas veces asociadas con la moda.

Desde superestrellas pop que ingresan a retiros de meditación, hasta los tatuajes que nos hacemos con fragmentos de libros sagrados de la India y Japón, la búsqueda de la espiritualidad occidental tiene zonas de luz y zonas de oscuridad. Y es que esta impaciencia y esta hambre por consumir espiritualidad no nos lleva al fondo de ningún camino, sino que nos vuelve turistas que una semana entran a un retiro de silencio, y la siguiente buscan las medicinas ancestrales del Amazonas mediante páginas web.

Y si bien cada persona tiene derecho a buscar su propio florecimiento espiritual por cualquier camino que considere adecuado, existen muchas creencias y prácticas que, si no se abordan en toda su seriedad (y dentro de las prácticas sociales extendidas de los pueblos que les dieron origen), quedan separadas de su raíz, y constituyen meros adornos para el consumo, casi siempre occidental.

Uno de estos conceptos es el ego. Las corrientes psicológicas conductistas y psicoanalíticas han descrito al ego como una instancia psíquica donde la persona se reconoce a sí misma, sin que necesariamente se trate de una connotación negativa. Sin embargo, el ego para la espiritualidad oriental se presenta muchas veces como un “enemigo” que debe destruirse, o como una parte ilusoria de nosotros mismos frente a la que tenemos que oponernos.

Esto puede generar una disonancia cognitiva importante, o dicho de otro modo, una confusión: la posición paradójica de que, para avanzar en el camino espiritual, tenemos que destruir parte de nosotros mismos. La confusión resulta muchas veces de un acercamiento superficial a dichas nociones espirituales. Ni todo el ego es negativo y debe destruirse, ni debemos celebrar al ego por sí mismo.

Al igual que la trampa del ego, conceptos cristianos como “el pecado original” colocan al sujeto en una paradoja aparente de la cual es difícil salir. Según el dogma de la iglesia, Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso terrenal y “manchados” para que no olvidaran el pecado de comer del árbol del conocimiento. Esta “falta” se transmite a su descendencia, y por lo tanto, la humanidad completa es pecadora, desde el punto de vista cristiano. El problema con este dogma es que coloca al sujeto en una situación de culpabilidad a priori; una culpa de la cual no puede desprenderse por completo si quiere seguir siendo parte de dicha comunidad, a la que probablemente pertenezca su familia, por ejemplo.

El estudioso de religiones antiguas y mitólogo Joseph Campbell escribió: “Cómo deshacerse del ego como dictador y convertirlo en mensajero y sirviente y explorador, ponerlo a tu servicio, ese es el truco”. Esta estrategia es mucho más productiva, pues no se trata de deshacerte de algo inherentemente “malo” de ti mismo, sino de conocerte y aprender que el ego también tiene una función dentro de la vida espiritual.

Sin importar los caminos espirituales que crucen tu camino, recuerda que es importante conocer a fondo aquello que se te presenta, pues ninguna solución espiritual es “mágica”, en el sentido de que ninguna es instantánea. Los caminos existen precisamente para recorrerse un paso a la vez. Y la voracidad con la que los consumimos y nos apropiamos de ellos en Occidente deja de lado el hecho de que cada camino tiene sus propios desvíos y atajos, así como sus propias particularidades, que requieren toda una vida de trabajo y disciplina para recorrerse.

 

 

 

Imagen: Dominio público

Así como la economía y las telecomunicaciones, la espiritualidad está atravesada por la globalización. Y al igual que los productos y servicios que consumimos, muchos de los cuales se fabrican y originan en regiones distantes del mundo, nuestras prácticas espirituales también se consumen como productos de bajo costo, muchas veces asociadas con la moda.

Desde superestrellas pop que ingresan a retiros de meditación, hasta los tatuajes que nos hacemos con fragmentos de libros sagrados de la India y Japón, la búsqueda de la espiritualidad occidental tiene zonas de luz y zonas de oscuridad. Y es que esta impaciencia y esta hambre por consumir espiritualidad no nos lleva al fondo de ningún camino, sino que nos vuelve turistas que una semana entran a un retiro de silencio, y la siguiente buscan las medicinas ancestrales del Amazonas mediante páginas web.

Y si bien cada persona tiene derecho a buscar su propio florecimiento espiritual por cualquier camino que considere adecuado, existen muchas creencias y prácticas que, si no se abordan en toda su seriedad (y dentro de las prácticas sociales extendidas de los pueblos que les dieron origen), quedan separadas de su raíz, y constituyen meros adornos para el consumo, casi siempre occidental.

Uno de estos conceptos es el ego. Las corrientes psicológicas conductistas y psicoanalíticas han descrito al ego como una instancia psíquica donde la persona se reconoce a sí misma, sin que necesariamente se trate de una connotación negativa. Sin embargo, el ego para la espiritualidad oriental se presenta muchas veces como un “enemigo” que debe destruirse, o como una parte ilusoria de nosotros mismos frente a la que tenemos que oponernos.

Esto puede generar una disonancia cognitiva importante, o dicho de otro modo, una confusión: la posición paradójica de que, para avanzar en el camino espiritual, tenemos que destruir parte de nosotros mismos. La confusión resulta muchas veces de un acercamiento superficial a dichas nociones espirituales. Ni todo el ego es negativo y debe destruirse, ni debemos celebrar al ego por sí mismo.

Al igual que la trampa del ego, conceptos cristianos como “el pecado original” colocan al sujeto en una paradoja aparente de la cual es difícil salir. Según el dogma de la iglesia, Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso terrenal y “manchados” para que no olvidaran el pecado de comer del árbol del conocimiento. Esta “falta” se transmite a su descendencia, y por lo tanto, la humanidad completa es pecadora, desde el punto de vista cristiano. El problema con este dogma es que coloca al sujeto en una situación de culpabilidad a priori; una culpa de la cual no puede desprenderse por completo si quiere seguir siendo parte de dicha comunidad, a la que probablemente pertenezca su familia, por ejemplo.

El estudioso de religiones antiguas y mitólogo Joseph Campbell escribió: “Cómo deshacerse del ego como dictador y convertirlo en mensajero y sirviente y explorador, ponerlo a tu servicio, ese es el truco”. Esta estrategia es mucho más productiva, pues no se trata de deshacerte de algo inherentemente “malo” de ti mismo, sino de conocerte y aprender que el ego también tiene una función dentro de la vida espiritual.

Sin importar los caminos espirituales que crucen tu camino, recuerda que es importante conocer a fondo aquello que se te presenta, pues ninguna solución espiritual es “mágica”, en el sentido de que ninguna es instantánea. Los caminos existen precisamente para recorrerse un paso a la vez. Y la voracidad con la que los consumimos y nos apropiamos de ellos en Occidente deja de lado el hecho de que cada camino tiene sus propios desvíos y atajos, así como sus propias particularidades, que requieren toda una vida de trabajo y disciplina para recorrerse.

 

 

 

Imagen: Dominio público