La oportunidad de explorar un mundo alterno al nuestro es tal vez el motor primario de la imaginación. Por fortuna, existen puertas diversas que a lo largo de la historia humana nos han facilitado esta práctica. En este repertorio de herramientas meta-mundanas, ahora tenemos uno más: se trata de un videojuego creado por Laurie Anderson, en colaboración con el artista taiwanés Hsin-Chien Huang.

Chalkroom es una plataforma virtual programada de manera casi artesanal que, como dice Anderson, no está orientada sólo a tomar decisiones, realizar acciones y cumplir misiones. En realidad, consiste en descorporizarse y volar; se trata de liberarse, flotar, y mientras flotas podrás explorar dos elementos intrínsecos de la realidad humana: el lenguaje y la historia, los cuales se construyen y deconstruyen en la peculiar arquitectura de esta plataforma.

La posibilidad de materializar tridimensionalmente sonidos, de flotar a la deriva entre letras y códigos, de recorrer estructuras orgánicas, terrosas, que poco tienen que ver con la irreal limpieza de las simulaciones de realidad virtual, son sólo algunas de las aventuras que esperan a quien se sumerge en Chalkroom (una especie de futurista Zona Autónoma Temporaria).

Hasta ahora la realidad virtual se ha aprovechado en múltiples campos, por ejemplo, con fines terapéuticos: en el tratamiento de fobias y trastornos mentales  o en programas de rehabilitación física y anímica; incluso existen herramientas virtuales para navegar experiencias místicas (como esta, que te invita a vivir un desdoblamiento corporal). Sin embargo, uno de los aspectos más excitantes de la realidad virtual es que sigue siendo un universo inexplorado, con infinidad de aplicaciones por delante.

Chalkroom apunta a una experiencia integral, descentralizada, que detona vivencias que rayan entre lo terapéutico, lo ontológico y lo contracultural: una experiencia que invita a apropiarse de ella, sin reglas lineales o competencia, y que apuesta por estímulos libres, casi azarosos, con el probable afán de verdaderamente sacudir nuestra conciencia.

La instalación se ha presentado ya en varios museos, entre ellos el Massachusetts Museum of Contemporary Art y el Louisiana Museum of Modern Art, y ganó el premio del Venice Film Festival por mejor experiencia virtual.

 

 

*Imagen: Louisiana Channel – video

 

La oportunidad de explorar un mundo alterno al nuestro es tal vez el motor primario de la imaginación. Por fortuna, existen puertas diversas que a lo largo de la historia humana nos han facilitado esta práctica. En este repertorio de herramientas meta-mundanas, ahora tenemos uno más: se trata de un videojuego creado por Laurie Anderson, en colaboración con el artista taiwanés Hsin-Chien Huang.

Chalkroom es una plataforma virtual programada de manera casi artesanal que, como dice Anderson, no está orientada sólo a tomar decisiones, realizar acciones y cumplir misiones. En realidad, consiste en descorporizarse y volar; se trata de liberarse, flotar, y mientras flotas podrás explorar dos elementos intrínsecos de la realidad humana: el lenguaje y la historia, los cuales se construyen y deconstruyen en la peculiar arquitectura de esta plataforma.

La posibilidad de materializar tridimensionalmente sonidos, de flotar a la deriva entre letras y códigos, de recorrer estructuras orgánicas, terrosas, que poco tienen que ver con la irreal limpieza de las simulaciones de realidad virtual, son sólo algunas de las aventuras que esperan a quien se sumerge en Chalkroom (una especie de futurista Zona Autónoma Temporaria).

Hasta ahora la realidad virtual se ha aprovechado en múltiples campos, por ejemplo, con fines terapéuticos: en el tratamiento de fobias y trastornos mentales  o en programas de rehabilitación física y anímica; incluso existen herramientas virtuales para navegar experiencias místicas (como esta, que te invita a vivir un desdoblamiento corporal). Sin embargo, uno de los aspectos más excitantes de la realidad virtual es que sigue siendo un universo inexplorado, con infinidad de aplicaciones por delante.

Chalkroom apunta a una experiencia integral, descentralizada, que detona vivencias que rayan entre lo terapéutico, lo ontológico y lo contracultural: una experiencia que invita a apropiarse de ella, sin reglas lineales o competencia, y que apuesta por estímulos libres, casi azarosos, con el probable afán de verdaderamente sacudir nuestra conciencia.

La instalación se ha presentado ya en varios museos, entre ellos el Massachusetts Museum of Contemporary Art y el Louisiana Museum of Modern Art, y ganó el premio del Venice Film Festival por mejor experiencia virtual.

 

 

*Imagen: Louisiana Channel – video