A lo largo de toda su escritura Borges cita, comenta y parafrasea a un tal Emanuel Swedenborg (Estocolmo 1688 – Londres 1772). En su Otro poema de los dones dice: “Por Swedenborg, que conversaba con los ángeles en las calles de Londres”. En 1744, ya pasada la barrera de los cincuenta años, el místico sueco tuvo una revelación el día de Pascua. Desde allí volcó toda su carrera de astrónomo, matemático, químico, biólogo, geólogo, físico, entre otras, a la recepción de revelaciones –lo cual implica, por supuesto, una dispositio y reflexio específica, personal– y la escritura de estas. No obstante todas las publicaciones anteriores en las disciplinas ya enumeradas –tal vez una documentación previa de los distintos saberes–, lo que comienza a escribir desde ese entonces se transforma en la “obra” que lo ha hecho llegar hasta nosotros, compuesta de numerosos libros sobre sus conversaciones con los ángeles, tratados sobre la cualidad material del alma y un diario de sueños, donde recibía habitualmente estas revelaciones. Su obra supera los treinta volúmenes.

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Entre los aspectos más llamativos de sus planteamientos surgen anotaciones como la de que el Juicio Final ocurrió ya, en 1757; que Dios le había encargado a él que se encargase de reconstruir la cristiandad (cosa que Swedenborg nunca hizo); sostenía, en muchos de sus libros, que él estaba capacitado para una especie de viaje astral donde visitaba el cielo o el infierno, amén de sus conversaciones con ángeles y demonios.

De la vastedad de su obra, cabe rescatar títulos tan variados como De Coelo et Inferno, donde se describe el mundo después de la muerte y las posibilidades o modos de habitarlo; Opera philosophica mineralis, donde establece un vínculo entre filosofía y metalurgia, una suerte de tratado alquímico sobre la materialidad del universo, además de su tratado Principia, donde sostiene su marco teórico filosófico. Sin embargo, los libros más conocidos –y el gesto de acercárnoslo es un mérito del lector voraz que fue Borges–, son justamente sus Conversaciones con los ángeles y su diario de sueños, en los cuales se encuentra más detalladamente sus experiencias revelatorias. Este libro estuvo perdido –o tal vez sólo accesible para pocos– hasta 1850, donde fue encontrado, borgeanamente, en la Biblioteca Nacional de Suecia.

Sin olvidar la fecha en que surge este espíritu e intelecto sobrenaturales, podría ser visto como un sujeto completamente renacentista, un renacentista aislado, o una sapiencia herméticamente aislada por ángeles y visiones. Ahora, claramente, en su época fue visto como un loco y un hereje. Por suerte la tradición de la locura y la poesía no hace distinciones tan profundas y así pudo influenciar a autores como William Blake, August Strindberg, Ralph Waldo Emerson y W. B. Yeats, entre otros.

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Swedenborg dio para todo: pudo conversar, según afirman sus escritos, con seres de otros planetas como Júpiter, o inclusive seres de la Luna. Al parecer, hay un libro titulado Los habitantes de la Luna; tal vez Swedenborg se lo dictó a algún autor desconocido, o no recordado. Por lo pronto, Swedenborg cabe en esa imposible taxonomía de seres iluminados como Da Vinci o Hildegard von Bingen.

Aquí un breve texto del sueco, recuperado en el Libro del cielo y el infierno, por Borges y Bioy:

Hay infiernos que parecen pueblos incendiados; otros que parecen desiertos; otros, pantanos. Me han dicho que los réprobos que los habitan ni ven ni sienten esas imperfecciones, pues ahí respiran su propia atmósfera y alcanzan el deleite de su vida. (De Coelo et Inferno,1758).

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A lo largo de toda su escritura Borges cita, comenta y parafrasea a un tal Emanuel Swedenborg (Estocolmo 1688 – Londres 1772). En su Otro poema de los dones dice: “Por Swedenborg, que conversaba con los ángeles en las calles de Londres”. En 1744, ya pasada la barrera de los cincuenta años, el místico sueco tuvo una revelación el día de Pascua. Desde allí volcó toda su carrera de astrónomo, matemático, químico, biólogo, geólogo, físico, entre otras, a la recepción de revelaciones –lo cual implica, por supuesto, una dispositio y reflexio específica, personal– y la escritura de estas. No obstante todas las publicaciones anteriores en las disciplinas ya enumeradas –tal vez una documentación previa de los distintos saberes–, lo que comienza a escribir desde ese entonces se transforma en la “obra” que lo ha hecho llegar hasta nosotros, compuesta de numerosos libros sobre sus conversaciones con los ángeles, tratados sobre la cualidad material del alma y un diario de sueños, donde recibía habitualmente estas revelaciones. Su obra supera los treinta volúmenes.

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Entre los aspectos más llamativos de sus planteamientos surgen anotaciones como la de que el Juicio Final ocurrió ya, en 1757; que Dios le había encargado a él que se encargase de reconstruir la cristiandad (cosa que Swedenborg nunca hizo); sostenía, en muchos de sus libros, que él estaba capacitado para una especie de viaje astral donde visitaba el cielo o el infierno, amén de sus conversaciones con ángeles y demonios.

De la vastedad de su obra, cabe rescatar títulos tan variados como De Coelo et Inferno, donde se describe el mundo después de la muerte y las posibilidades o modos de habitarlo; Opera philosophica mineralis, donde establece un vínculo entre filosofía y metalurgia, una suerte de tratado alquímico sobre la materialidad del universo, además de su tratado Principia, donde sostiene su marco teórico filosófico. Sin embargo, los libros más conocidos –y el gesto de acercárnoslo es un mérito del lector voraz que fue Borges–, son justamente sus Conversaciones con los ángeles y su diario de sueños, en los cuales se encuentra más detalladamente sus experiencias revelatorias. Este libro estuvo perdido –o tal vez sólo accesible para pocos– hasta 1850, donde fue encontrado, borgeanamente, en la Biblioteca Nacional de Suecia.

Sin olvidar la fecha en que surge este espíritu e intelecto sobrenaturales, podría ser visto como un sujeto completamente renacentista, un renacentista aislado, o una sapiencia herméticamente aislada por ángeles y visiones. Ahora, claramente, en su época fue visto como un loco y un hereje. Por suerte la tradición de la locura y la poesía no hace distinciones tan profundas y así pudo influenciar a autores como William Blake, August Strindberg, Ralph Waldo Emerson y W. B. Yeats, entre otros.

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Swedenborg dio para todo: pudo conversar, según afirman sus escritos, con seres de otros planetas como Júpiter, o inclusive seres de la Luna. Al parecer, hay un libro titulado Los habitantes de la Luna; tal vez Swedenborg se lo dictó a algún autor desconocido, o no recordado. Por lo pronto, Swedenborg cabe en esa imposible taxonomía de seres iluminados como Da Vinci o Hildegard von Bingen.

Aquí un breve texto del sueco, recuperado en el Libro del cielo y el infierno, por Borges y Bioy:

Hay infiernos que parecen pueblos incendiados; otros que parecen desiertos; otros, pantanos. Me han dicho que los réprobos que los habitan ni ven ni sienten esas imperfecciones, pues ahí respiran su propia atmósfera y alcanzan el deleite de su vida. (De Coelo et Inferno,1758).

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