La estructura de los sueños, si es que la frase misma no es una contradicción, es en esencia dilatada, inasible. A fin de cuentas tal vez sea precisamente esa la función psicobiológica de soñar: una arena donde podamos distender el procesamiento de nuestra realidad individual, sin contenciones que detengan o regulen el flujo de nuestra experiencia.

Si consideramos lo anterior como una hipótesis digna de desarrollarse, entonces podríamos comenzar por jugar con la idea de establecer un código simbólico para condensar, en pequeños íconos, las representaciones de nuestros sueños. Y ya entrados en este ejercicio imaginativo, la fortuna nos lleva al encuentro de los cianotipos de algas británicas del siglo XIX. Se trata de un breve glosario de formas orgánicas que, destilado en azul, puede servirnos a la perfección para traducir pictóricamente episodios del flujo onírico.

Anna Atkins (1799-1871) fue una botánica y fotógrafa inglesa que tuvo a bien inventariar, aprovechando la técnica de la cianotipia, diversos organismos. Su labor quedó materializada en tres libros: Cyanotypes of British and Foreign Ferns (1853), Cyanotypes of British and Foreign Flowering Plants and Ferns (1854) y Photographs of British Algae: Cyanotype Impressions (1843). En este ultimo, del cual sólo se conocen 13 copias, incluidas algunas incompletas, observamos imágenes de estos organismos marinos que destacan tanto por su elegante simpleza como por un notable potencial para sugerir estructuras narrativas.

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Así que regresando al ejercicio original, y tras dedicar unos minutos a observar las formas algáceas que Atkins documentó, podemos imaginar una serie de correspondencias entre éstas y las estructuras narrativas de nuestros sueños: algunas son extremadamente simples, casi monolíticas, mientras que otras se rebelan en interminables ramificaciones; las hay ligeras, casi ingrávidas, o intrincadas e impenetrables. También encontramos formas rítmicas, diseños evanescentes o figuras que apenas alcanzan a manifestarse, como un soplo de posibilidad –esas ocasiones en que el sueño, o nuestro recuerdo de él, no termina de germinar y sin embargo imprime en nosotros el atisbo indeleble de una sensación.

Seducidos por la belleza de estas imágenes nos atrevimos a proponer esta inusual terapéutica estética. A fin de cuentas, dedicar unos instantes a encantarnos con las formas que nos rodean es un recurso esencialmente sanador que está ahí, siempre dispuesto.

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La estructura de los sueños, si es que la frase misma no es una contradicción, es en esencia dilatada, inasible. A fin de cuentas tal vez sea precisamente esa la función psicobiológica de soñar: una arena donde podamos distender el procesamiento de nuestra realidad individual, sin contenciones que detengan o regulen el flujo de nuestra experiencia.

Si consideramos lo anterior como una hipótesis digna de desarrollarse, entonces podríamos comenzar por jugar con la idea de establecer un código simbólico para condensar, en pequeños íconos, las representaciones de nuestros sueños. Y ya entrados en este ejercicio imaginativo, la fortuna nos lleva al encuentro de los cianotipos de algas británicas del siglo XIX. Se trata de un breve glosario de formas orgánicas que, destilado en azul, puede servirnos a la perfección para traducir pictóricamente episodios del flujo onírico.

Anna Atkins (1799-1871) fue una botánica y fotógrafa inglesa que tuvo a bien inventariar, aprovechando la técnica de la cianotipia, diversos organismos. Su labor quedó materializada en tres libros: Cyanotypes of British and Foreign Ferns (1853), Cyanotypes of British and Foreign Flowering Plants and Ferns (1854) y Photographs of British Algae: Cyanotype Impressions (1843). En este ultimo, del cual sólo se conocen 13 copias, incluidas algunas incompletas, observamos imágenes de estos organismos marinos que destacan tanto por su elegante simpleza como por un notable potencial para sugerir estructuras narrativas.

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Así que regresando al ejercicio original, y tras dedicar unos minutos a observar las formas algáceas que Atkins documentó, podemos imaginar una serie de correspondencias entre éstas y las estructuras narrativas de nuestros sueños: algunas son extremadamente simples, casi monolíticas, mientras que otras se rebelan en interminables ramificaciones; las hay ligeras, casi ingrávidas, o intrincadas e impenetrables. También encontramos formas rítmicas, diseños evanescentes o figuras que apenas alcanzan a manifestarse, como un soplo de posibilidad –esas ocasiones en que el sueño, o nuestro recuerdo de él, no termina de germinar y sin embargo imprime en nosotros el atisbo indeleble de una sensación.

Seducidos por la belleza de estas imágenes nos atrevimos a proponer esta inusual terapéutica estética. A fin de cuentas, dedicar unos instantes a encantarnos con las formas que nos rodean es un recurso esencialmente sanador que está ahí, siempre dispuesto.

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