Pongamos una situación hipotética en la cual unos científicos crean una máquina a la cual podemos conectarnos y sentir únicamente placer: todos nuestros desconsuelos, todas nuestras memorias dolorosas quedarán atrás y seremos receptivos solamente a las poderosas oleadas de sensaciones que la máquina genera. ¿Experiencias artificiales? Sin duda alguna, pero los científicos nos explicarían que estas experiencias “falsas” son preferibles a las experiencias muy reales del sufrimiento, el dolor y la pérdida. Una vez sentadas estas premisas, ¿estarías dispuesto a sumergirte en una eternidad de placer ininterrumpido o permanecerías en la existencia común y corriente, donde la felicidad y el dolor se alternan?

La filosofía y la psicología se han encargado de ampliar durante siglos el debate sobre si la vida debe (o no) ser una búsqueda constante de procurar el placer y evitar el dolor. Por ejemplo, los discípulos del filósofo griego Epicuro (fundador de la doctrina que lleva su nombre, “epicureísmo”) creen que efectivamente el placer y la felicidad son las únicas motivaciones válidas del ser humano, pero no por esto afirman que hay que entregarse a los excesos: el fin último no es el placer sensorial sin límites sino la “ataraxia”, que suele traducirse simplemente como “felicidad” pero que conlleva un estado de equilibrio físico y espiritual donde la razón es la base para evitar caer en los excesos.

El epicureísmo también condena los excesos, bajo el entendido de que la búsqueda de un placer grandioso pero momentáneo (como el uso de ciertas drogas, por ejemplo) puede traer dolor a largo plazo, lo cual no lo convierte en un placer genuino sino en una ilusión.

Según el filósofo Robert Nozick, probablemente la elección correcta frente al dilema de la máquina de placer sería no entrar en ella. ¿Por qué? Porque nuestra valoración de la experiencia no está mediada solamente por el placer; algunas personas sentirían que adoptan una posición pasiva frente a las sensaciones que la máquina les produce, por lo que su placer particular debe encontrarse en otra parte. Valorar, por ejemplo, el esfuerzo y las dificultades de aprender ciertas cosas (como las matemáticas, los idiomas o la cocina) puede producir frustración en un principio, pero eventualmente nos hará sentir mucho más dueños de nosotros mismos al haber superado nuestros propios límites.

Según Nozick, la idea de que el placer es el único bien en este mundo es falsa desde un punto de vista racional. Y es que el placer y el dolor no siempre son claramente identificables. ¿Qué hacer cuando una personalidad masoquista recibe una enorme cantidad de placer a través del dolor físico, por ejemplo? ¿O qué pasa cuando conseguimos algo que en un principio deseábamos encarecidamente, sólo para darnos cuenta de que al tenerlo ya no lo deseamos más?

El ser humano es más complejo que una simple elección binaria entre el placer y el dolor. Pensemos en los casos de la gente que se deprime al entrar a Facebook y otras redes sociales al sentir envidia por la aprobación que generan los “Me gusta” de los demás. Reducirnos a un registro dicotómico entre placer/dolor es negar la humanidad como un constructo más amplio. Además, recuperando una frase del Buda, “el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”.

 

*Imagen: la Máquina del Placer del filme Barbarella, Roger Vadim

Pongamos una situación hipotética en la cual unos científicos crean una máquina a la cual podemos conectarnos y sentir únicamente placer: todos nuestros desconsuelos, todas nuestras memorias dolorosas quedarán atrás y seremos receptivos solamente a las poderosas oleadas de sensaciones que la máquina genera. ¿Experiencias artificiales? Sin duda alguna, pero los científicos nos explicarían que estas experiencias “falsas” son preferibles a las experiencias muy reales del sufrimiento, el dolor y la pérdida. Una vez sentadas estas premisas, ¿estarías dispuesto a sumergirte en una eternidad de placer ininterrumpido o permanecerías en la existencia común y corriente, donde la felicidad y el dolor se alternan?

La filosofía y la psicología se han encargado de ampliar durante siglos el debate sobre si la vida debe (o no) ser una búsqueda constante de procurar el placer y evitar el dolor. Por ejemplo, los discípulos del filósofo griego Epicuro (fundador de la doctrina que lleva su nombre, “epicureísmo”) creen que efectivamente el placer y la felicidad son las únicas motivaciones válidas del ser humano, pero no por esto afirman que hay que entregarse a los excesos: el fin último no es el placer sensorial sin límites sino la “ataraxia”, que suele traducirse simplemente como “felicidad” pero que conlleva un estado de equilibrio físico y espiritual donde la razón es la base para evitar caer en los excesos.

El epicureísmo también condena los excesos, bajo el entendido de que la búsqueda de un placer grandioso pero momentáneo (como el uso de ciertas drogas, por ejemplo) puede traer dolor a largo plazo, lo cual no lo convierte en un placer genuino sino en una ilusión.

Según el filósofo Robert Nozick, probablemente la elección correcta frente al dilema de la máquina de placer sería no entrar en ella. ¿Por qué? Porque nuestra valoración de la experiencia no está mediada solamente por el placer; algunas personas sentirían que adoptan una posición pasiva frente a las sensaciones que la máquina les produce, por lo que su placer particular debe encontrarse en otra parte. Valorar, por ejemplo, el esfuerzo y las dificultades de aprender ciertas cosas (como las matemáticas, los idiomas o la cocina) puede producir frustración en un principio, pero eventualmente nos hará sentir mucho más dueños de nosotros mismos al haber superado nuestros propios límites.

Según Nozick, la idea de que el placer es el único bien en este mundo es falsa desde un punto de vista racional. Y es que el placer y el dolor no siempre son claramente identificables. ¿Qué hacer cuando una personalidad masoquista recibe una enorme cantidad de placer a través del dolor físico, por ejemplo? ¿O qué pasa cuando conseguimos algo que en un principio deseábamos encarecidamente, sólo para darnos cuenta de que al tenerlo ya no lo deseamos más?

El ser humano es más complejo que una simple elección binaria entre el placer y el dolor. Pensemos en los casos de la gente que se deprime al entrar a Facebook y otras redes sociales al sentir envidia por la aprobación que generan los “Me gusta” de los demás. Reducirnos a un registro dicotómico entre placer/dolor es negar la humanidad como un constructo más amplio. Además, recuperando una frase del Buda, “el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”.

 

*Imagen: la Máquina del Placer del filme Barbarella, Roger Vadim