Reconectarnos con la naturaleza a través del juego parece ser la directriz que conduce el arte de Ernesto Neto, pero habría que advertir que sus elásticas esculturas no siguen una línea recta; son toboganes, laberintos, cavernas sintéticas y maternales membranas de colores.

La obra multisensorial de este artista brasileño, uno de los más destacados herederos del Neoconcretismo, obliga una paleta de múltiples interpretaciones. Como sueños que han cruzado el umbral del mundo de la materia, sus instalaciones desafían la inteligencia racional pero seducen a los sentidos y se desdoblan en un plano de símbolos palpables.

Nacido en Río de Janeiro en 1964, donde aún vive y trabaja, Neto encarna el espíritu carioca que elige el camino de la irreverencia, la sensualidad y la imaginación para manifestarse, en su caso, sobre un lienzo interactivo. El espacio se vuelve medio vivo de exploración: éter y ectoplasma. Así la obra de Neto nos extiende una invitación a deslizarnos dentro de un organismo en metamorfosis, una especie de bosque interior de células: como si nos ocurriera lo que a Alicia en el País de las Maravillas por 15 minutos y pudiéramos viajar a una dimensión mágica dentro de los tallos de las flores y los barcos de los organelos.

NETO II

¿Son esculturas o parques de atracciones? ¿El público se mueve por un museo o por una juguetería psicodélica? ¿Atraviesa una sala o regresa al vientre materno? Se borran las fronteras entre la escultura, la arquitectura, el entretenimiento y la biología y se fusionan los sentidos para confeccionar una experiencia estética inmersiva. Coqueteando con la sinestesia, se motiva al público (que es más un usuario que un espectador) a tocar la obra compuesta por diferentes texturas –algunas de ellas materiales usados en prendas íntimas femeninas –, se le estimula con aromaterapia simbiótica. Se pierde la solemnidad y se genera un espacio emocional donde la obra es una prolongación mental de la relación entre el artista y el público que la habita.

Evolución del Neoconcretismo brasileño, las instalaciones de Neto, que han ocupado lo más importantes museos del mundo, recuperan la fascinación por las estructuras orgánicas, bio-abstracciones que conciben la realidad como un flujo en transformación constante. En su caso la naturaleza es trastocada por la fantasía, por la permanencia del idilio infantil: gusanos de polietileno, úteros translúcidos y estalactitas de nylon dan lugar a Barney y los Teletubbies.

Neto nos exhorta a “recuperar la capacidad de jugar”, y para ello nos regala un cóctel de colores psicoactivos, arte que se puede abrazar o en el que, literalmente, uno puede dejarse caer para explorar la fuerza invisible de la gravedad. La interacción revela un universo extraño, desmesurado y vibrante, donde, como dijera el escritor estadounidense Wallace Stevens, “la imaginación es la voluntad de las cosas”.

Reconectarnos con la naturaleza a través del juego parece ser la directriz que conduce el arte de Ernesto Neto, pero habría que advertir que sus elásticas esculturas no siguen una línea recta; son toboganes, laberintos, cavernas sintéticas y maternales membranas de colores.

La obra multisensorial de este artista brasileño, uno de los más destacados herederos del Neoconcretismo, obliga una paleta de múltiples interpretaciones. Como sueños que han cruzado el umbral del mundo de la materia, sus instalaciones desafían la inteligencia racional pero seducen a los sentidos y se desdoblan en un plano de símbolos palpables.

Nacido en Río de Janeiro en 1964, donde aún vive y trabaja, Neto encarna el espíritu carioca que elige el camino de la irreverencia, la sensualidad y la imaginación para manifestarse, en su caso, sobre un lienzo interactivo. El espacio se vuelve medio vivo de exploración: éter y ectoplasma. Así la obra de Neto nos extiende una invitación a deslizarnos dentro de un organismo en metamorfosis, una especie de bosque interior de células: como si nos ocurriera lo que a Alicia en el País de las Maravillas por 15 minutos y pudiéramos viajar a una dimensión mágica dentro de los tallos de las flores y los barcos de los organelos.

NETO II

¿Son esculturas o parques de atracciones? ¿El público se mueve por un museo o por una juguetería psicodélica? ¿Atraviesa una sala o regresa al vientre materno? Se borran las fronteras entre la escultura, la arquitectura, el entretenimiento y la biología y se fusionan los sentidos para confeccionar una experiencia estética inmersiva. Coqueteando con la sinestesia, se motiva al público (que es más un usuario que un espectador) a tocar la obra compuesta por diferentes texturas –algunas de ellas materiales usados en prendas íntimas femeninas –, se le estimula con aromaterapia simbiótica. Se pierde la solemnidad y se genera un espacio emocional donde la obra es una prolongación mental de la relación entre el artista y el público que la habita.

Evolución del Neoconcretismo brasileño, las instalaciones de Neto, que han ocupado lo más importantes museos del mundo, recuperan la fascinación por las estructuras orgánicas, bio-abstracciones que conciben la realidad como un flujo en transformación constante. En su caso la naturaleza es trastocada por la fantasía, por la permanencia del idilio infantil: gusanos de polietileno, úteros translúcidos y estalactitas de nylon dan lugar a Barney y los Teletubbies.

Neto nos exhorta a “recuperar la capacidad de jugar”, y para ello nos regala un cóctel de colores psicoactivos, arte que se puede abrazar o en el que, literalmente, uno puede dejarse caer para explorar la fuerza invisible de la gravedad. La interacción revela un universo extraño, desmesurado y vibrante, donde, como dijera el escritor estadounidense Wallace Stevens, “la imaginación es la voluntad de las cosas”.

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