Los colores ejercen sobre nosotros una influencia a veces secreta, a veces imperceptible, pero siempre presente. Las tonalidades de la ropa que llevamos puesta, la pintura en las paredes del lugar donde trabajamos o dormimos, las flores que adornan nuestro hogar o las calles por donde caminamos cotidianamente hablan un idioma hecho de matices, brillos y opacidades que nuestros sentidos entienden. Recordemos que, de Goethe a Wittgenstein, los colores se han considerado en una zona marginal del entendimiento que el lenguaje adivina y presiente, pero no descifra del todo.

Recientemente, el artista Andrew Miller llevó a cabo un interesante experimento en el que, durante 100 días, arrebató el color a algunas de lasBLANCO II marcas más emblemáticas del consumo diario, con el único requisito de que el producto pintado de blanco costara hasta 10 dólares estadounidenses.

Así, Miller, en Brand Spirit, uniformó todos estos objetos (juguetes, un periódico, latas de alimentos y bebidas, dispositivos electrónicos y mecánicos, etc.) pintándolos de blanco, fundiéndolos en una especie de nirvana comercial en donde todos parecen pertenecer a la misma matriz productiva, perdida la paleta que comúnmente asociamos con su nombre.

El resultado, como ya otros han señalado, es un tanto perturbador, pues rompe con nuestra costumbre de acercarnos a una marca sabiendo de antemano el aspecto que tendrá cuando la encontremos (un gesto de familiaridad que se encuentra en la base misma de nuestra interacción con el mundo). Sin embargo, si en lugar del rojo habitual de nuestra cajetilla de cigarros o el azul metálico de nuestra bebida nos topamos con una superficie inmaculada y libre de todo color, pareciera que nuestra mente respondiera en sentido similar y solo acertara a quedarse en blanco.

Los colores ejercen sobre nosotros una influencia a veces secreta, a veces imperceptible, pero siempre presente. Las tonalidades de la ropa que llevamos puesta, la pintura en las paredes del lugar donde trabajamos o dormimos, las flores que adornan nuestro hogar o las calles por donde caminamos cotidianamente hablan un idioma hecho de matices, brillos y opacidades que nuestros sentidos entienden. Recordemos que, de Goethe a Wittgenstein, los colores se han considerado en una zona marginal del entendimiento que el lenguaje adivina y presiente, pero no descifra del todo.

Recientemente, el artista Andrew Miller llevó a cabo un interesante experimento en el que, durante 100 días, arrebató el color a algunas de lasBLANCO II marcas más emblemáticas del consumo diario, con el único requisito de que el producto pintado de blanco costara hasta 10 dólares estadounidenses.

Así, Miller, en Brand Spirit, uniformó todos estos objetos (juguetes, un periódico, latas de alimentos y bebidas, dispositivos electrónicos y mecánicos, etc.) pintándolos de blanco, fundiéndolos en una especie de nirvana comercial en donde todos parecen pertenecer a la misma matriz productiva, perdida la paleta que comúnmente asociamos con su nombre.

El resultado, como ya otros han señalado, es un tanto perturbador, pues rompe con nuestra costumbre de acercarnos a una marca sabiendo de antemano el aspecto que tendrá cuando la encontremos (un gesto de familiaridad que se encuentra en la base misma de nuestra interacción con el mundo). Sin embargo, si en lugar del rojo habitual de nuestra cajetilla de cigarros o el azul metálico de nuestra bebida nos topamos con una superficie inmaculada y libre de todo color, pareciera que nuestra mente respondiera en sentido similar y solo acertara a quedarse en blanco.

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