La noción de arte no es exclusivamente occidental, pero en buena medida estamos habituados a considerarlo así. La idea de una expresión creativa que recrea los sentidos, que surgió de una subjetividad y tiende un puente con otras, que en ese sentido está sujeta a un contexto histórico aun cuando pueda dialogar con otros, que también tiene una función de lujo y ornamento… todo eso que asociamos con el arte desde un punto de vista occidental parece estar en contradicción con otros valores y propósitos, por ejemplo, los del budismo, a la luz del cual todos los esfuerzos del arte podrían parecer banales y superfluos. ¿Pero esto es así? ¿O es sólo una mala comprensión de ambos conceptos, tanto del arte como de los preceptos budistas? Si es así, ¿por qué entonces hay tantas expresiones artísticas budistas, y tan antiguas?

El arte budista, en efecto, se remonta al momento mismo en que Siddhartha Gautama murió y sus restos fueron divididos y depositados en hermosos cofres, labrados con primor y riqueza. Dicha artesanía no existió a partir del budismo, es cierto, pero de algún modo da cuenta ya de esa inclinación que se creería netamente humana por honrar (según Claude Lévi-Strauss y otros antropólogos, el honor a los muertos es una de las prácticas civilizatorias fundamentales), lo cual también se encuentra en el origen del arte.

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Con el tiempo, cerca del siglo I de nuestra era, esta tendencia se convirtió en arte icónico (la representación plástica del Buda). También ciertos principios y conceptos como “la rueda del Dharma” o “las cuatro nobles verdades” encontraron su expresión gráfica. En el Tíbet surgió el “mandala”, que hasta la fecha se considera un símbolo visual indisociable del budismo y el cual, en este contexto, fue en su origen una traducción geométrica del “templo divino”, además de que se tomó como una técnica para fortalecer la concentración al meditar. Sin embargo, cabe mencionar que los mandalas tibetanos son quizá la única de estas expresiones que aunque pueden considerarse artísticas ello es sólo desde un punto de vista externo, pues en su contexto son eso: una práctica de meditación y concentración, de ahí que al terminarlos se los barra y no se busque conservarlos.

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Templos, pinturas, esculturas, ilustraciones: aquello que se crea en el contexto budista bien podría calificar como arte, ¿pero de suyo es así? ¿Podría crearse de motu proprio una galería, un museo atendido por monjes budistas? Suena un poco contradictorio.

Y es que aun en la sola enumeración de estas expresiones queda la sensación de que son inseparables de la doctrina que les da sustento, que ahí es donde radica su autenticidad.

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La noción de arte no es exclusivamente occidental, pero en buena medida estamos habituados a considerarlo así. La idea de una expresión creativa que recrea los sentidos, que surgió de una subjetividad y tiende un puente con otras, que en ese sentido está sujeta a un contexto histórico aun cuando pueda dialogar con otros, que también tiene una función de lujo y ornamento… todo eso que asociamos con el arte desde un punto de vista occidental parece estar en contradicción con otros valores y propósitos, por ejemplo, los del budismo, a la luz del cual todos los esfuerzos del arte podrían parecer banales y superfluos. ¿Pero esto es así? ¿O es sólo una mala comprensión de ambos conceptos, tanto del arte como de los preceptos budistas? Si es así, ¿por qué entonces hay tantas expresiones artísticas budistas, y tan antiguas?

El arte budista, en efecto, se remonta al momento mismo en que Siddhartha Gautama murió y sus restos fueron divididos y depositados en hermosos cofres, labrados con primor y riqueza. Dicha artesanía no existió a partir del budismo, es cierto, pero de algún modo da cuenta ya de esa inclinación que se creería netamente humana por honrar (según Claude Lévi-Strauss y otros antropólogos, el honor a los muertos es una de las prácticas civilizatorias fundamentales), lo cual también se encuentra en el origen del arte.

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Con el tiempo, cerca del siglo I de nuestra era, esta tendencia se convirtió en arte icónico (la representación plástica del Buda). También ciertos principios y conceptos como “la rueda del Dharma” o “las cuatro nobles verdades” encontraron su expresión gráfica. En el Tíbet surgió el “mandala”, que hasta la fecha se considera un símbolo visual indisociable del budismo y el cual, en este contexto, fue en su origen una traducción geométrica del “templo divino”, además de que se tomó como una técnica para fortalecer la concentración al meditar. Sin embargo, cabe mencionar que los mandalas tibetanos son quizá la única de estas expresiones que aunque pueden considerarse artísticas ello es sólo desde un punto de vista externo, pues en su contexto son eso: una práctica de meditación y concentración, de ahí que al terminarlos se los barra y no se busque conservarlos.

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Templos, pinturas, esculturas, ilustraciones: aquello que se crea en el contexto budista bien podría calificar como arte, ¿pero de suyo es así? ¿Podría crearse de motu proprio una galería, un museo atendido por monjes budistas? Suena un poco contradictorio.

Y es que aun en la sola enumeración de estas expresiones queda la sensación de que son inseparables de la doctrina que les da sustento, que ahí es donde radica su autenticidad.

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