Una de las preocupaciones fundamentales del ser humano es el bienestar: en qué consiste, cómo obtenerlo, cómo preservarlo, qué lo fomenta y qué lo amenaza. Todas las preguntas que pueden hacerse en torno a la noción (y el deseo) de “estar bien” han recorrido nuestra civilización desde la época más remota hasta la actualidad.

En cierta forma no podría ser de otro modo. En la medida en que nuestras condiciones de vida cambian con el tiempo, parece que no es posible arribar a una sola fórmula que nos indique el camino del buen vivir y la plenitud (sobre los que, por ejemplo, escribió Aristóteles). Además, es necesario considerar también la subjetividad del individuo, las necesidades de cada persona y las ideas que cada cual se forma en torno a dicho concepto. También eso hace que no exista una respuesta única a la pregunta en apariencia sencilla “¿qué significa estar bien?”.

A este respecto, sin embargo, un enfoque que vale la pena revisarse es el de la psicología humanista, una corriente de estudios sobre la psique que cobró fuerza a mediados del siglo XX de la mano de las investigaciones de Abraham Maslow, Carl Rogers y Virginia Satir, entre otros. A grandes rasgos, el principio fundamental de esta escuela es que el ser humano busca mejorar continuamente, como si se tratase de un impulso natural que lo lleva a configurar la mejor versión de sí mismo.

Los teóricos de la psicología humanista retomaron ideas provienes de la filosofía griega, el existencialismo (de Kierkegaard a Sartre), la fenomenología y aun ciertas ideas de la tradición judeocristiana para defender la tendencia del ser humano a desarrollar todo su potencial que, sin embargo, no siempre está encauzada a su favor. De acuerdo con los psicólogos humanistas, la vida en sí parece orientada a dicho propósito, pero sólo en el ser humano la mejora de sí mismo involucra fines trascendentales, más allá de las necesidades físicas, materiales o biológicas.

Uno de los desarrollos más conocidos de este enfoque es la llamada “Pirámide de Maslow”, en la cual su autor organizó jerárquicamente la dirección que sigue esa fuerza del ser humano, desde las satisfacciones básicas (que determinan además la supervivencia) hasta la mejora última que significa el desarrollo de nuestro potencial personal en una acción que nos brinda plenitud. 

Vale la pena señalar, sin embargo, que este concepto de la psicología humanista no debe entenderse como una especie de carrera en la que se persigue incesantemente algo, o como una competencia cuyo único objetivo es “ser el mejor” (una forma de vida insostenible que, en nuestra época, es la causante de tantos trastornos como la fatiga crónica, la depresión o el burnout). No es así. Según Carl Rogers, la búsqueda del bienestar se entiende en la psicología humanista “como un proceso, no un estado del ser; es una dirección, no un destino”. ¿Cómo podemos leer esta postura? Dicho sencillamente, bajo la idea de que ser el o la mejor es nada más que estar bien. 

Quizá nada más que eso debería ser nuestra preocupación en la vida: estar bien –y destacar en ello.

También en Faena Aleph: 5 escuelas filosóficas imprescindibles para entender (y amar) la existencia

 

 

 

 

Imagen: Wikimedia Commons – Yoghya.

Una de las preocupaciones fundamentales del ser humano es el bienestar: en qué consiste, cómo obtenerlo, cómo preservarlo, qué lo fomenta y qué lo amenaza. Todas las preguntas que pueden hacerse en torno a la noción (y el deseo) de “estar bien” han recorrido nuestra civilización desde la época más remota hasta la actualidad.

En cierta forma no podría ser de otro modo. En la medida en que nuestras condiciones de vida cambian con el tiempo, parece que no es posible arribar a una sola fórmula que nos indique el camino del buen vivir y la plenitud (sobre los que, por ejemplo, escribió Aristóteles). Además, es necesario considerar también la subjetividad del individuo, las necesidades de cada persona y las ideas que cada cual se forma en torno a dicho concepto. También eso hace que no exista una respuesta única a la pregunta en apariencia sencilla “¿qué significa estar bien?”.

A este respecto, sin embargo, un enfoque que vale la pena revisarse es el de la psicología humanista, una corriente de estudios sobre la psique que cobró fuerza a mediados del siglo XX de la mano de las investigaciones de Abraham Maslow, Carl Rogers y Virginia Satir, entre otros. A grandes rasgos, el principio fundamental de esta escuela es que el ser humano busca mejorar continuamente, como si se tratase de un impulso natural que lo lleva a configurar la mejor versión de sí mismo.

Los teóricos de la psicología humanista retomaron ideas provienes de la filosofía griega, el existencialismo (de Kierkegaard a Sartre), la fenomenología y aun ciertas ideas de la tradición judeocristiana para defender la tendencia del ser humano a desarrollar todo su potencial que, sin embargo, no siempre está encauzada a su favor. De acuerdo con los psicólogos humanistas, la vida en sí parece orientada a dicho propósito, pero sólo en el ser humano la mejora de sí mismo involucra fines trascendentales, más allá de las necesidades físicas, materiales o biológicas.

Uno de los desarrollos más conocidos de este enfoque es la llamada “Pirámide de Maslow”, en la cual su autor organizó jerárquicamente la dirección que sigue esa fuerza del ser humano, desde las satisfacciones básicas (que determinan además la supervivencia) hasta la mejora última que significa el desarrollo de nuestro potencial personal en una acción que nos brinda plenitud. 

Vale la pena señalar, sin embargo, que este concepto de la psicología humanista no debe entenderse como una especie de carrera en la que se persigue incesantemente algo, o como una competencia cuyo único objetivo es “ser el mejor” (una forma de vida insostenible que, en nuestra época, es la causante de tantos trastornos como la fatiga crónica, la depresión o el burnout). No es así. Según Carl Rogers, la búsqueda del bienestar se entiende en la psicología humanista “como un proceso, no un estado del ser; es una dirección, no un destino”. ¿Cómo podemos leer esta postura? Dicho sencillamente, bajo la idea de que ser el o la mejor es nada más que estar bien. 

Quizá nada más que eso debería ser nuestra preocupación en la vida: estar bien –y destacar en ello.

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Imagen: Wikimedia Commons – Yoghya.