Fue ya hace más de 50 años cuando Marshall Mcluhan vio en la tecnología una extensión de nuestro cerebro, mutando con velocidad, alcanzando el cosmos. “Estos nuevos medios han hecho del mundo un único componente”, decía el brillante teórico canadiense sobre el surgimiento de una “aldea global”.

Siguiendo esta pauta, que podríamos llamar de la “materialización de la conciencia”, Christof Koch, en su libro Consciousness: Confessions of a  Romantic Reductionist, explora la posibilidad de que el Internet se convierta en una entidad consciente.

El compañero de trabajo por varios años de Francis Crick, el codescubridor de la estructura helicoidal del ADN, considera que lo que hace surgir a la conciencia no son sus elementos en sí —las neuronas, por ejemplo— sino la complejidad de sus relaciones. Internet tiene ya miles de millones de nodos y cada uno es una computadora, lo cual, en principio, podría sugerir que esta gran Red podría tomar autoconciencia. Dice Koch:

La siempre creciente complejidad de los organismos, evidente en el registro de fósiles, es una consecuencia de una inexorable competición por la sobrevivencia que propulsa la evolución. Esto fue acompañado por el surgimiento de sistemas nerviosos y el primer rastro de lo sensible. La continua complejización de los cerebros, usando el término de Teilhard de Chardin, incrementó la conciencia hasta que la autoconciencia surgió: la mente reflexionando sobre sí misma. Este proceso recursivo inició hace millones de años en algunos de los mamíferos más desarrollados. En el Homo Sapiens, ha alcanzado su cúspide temporal.

Pero la complejización no se detiene con la autoconciencia. Es perenne, y de hecho se está acelerando. En las sociedades tecnológicamente sofisticadas e interconectadas de hoy en día, la complejificación está tomando un carácter supraindividual que se extiende continentalmente. Con la comunicación global instantánea que proveen los teléfonos celulares, los correos electrónicos y las redes sociales, preveo un momento en el que los miles de millones de seres humanos y sus computadoras estarán interconectados en una vasta matriz —una  Übermind planetaria. Siempre y cuando la humanidad evite el Ocaso —un Armageddon termonuclear o una destrucción ambiental— no hay razón para que no se distribuya esta red de conciencia hipertrofiada a los planteas y, finalmente, más allá del firmamento a la galaxia.

A fin de cuentas esta es una alternativa para la preservación de nuestra conciencia más allá de los límites biológicos actuales. Una persona podría imbuir esa compleja red de relaciones y suma de memorias que es su mente en un dispositivo de hardware. La Tierra entera quizás, como conciencia colectiva, podría hacer lo mismo, en otro planeta o en un satélite y seguir navegando despierta la noche cósmica.

Fue ya hace más de 50 años cuando Marshall Mcluhan vio en la tecnología una extensión de nuestro cerebro, mutando con velocidad, alcanzando el cosmos. “Estos nuevos medios han hecho del mundo un único componente”, decía el brillante teórico canadiense sobre el surgimiento de una “aldea global”.

Siguiendo esta pauta, que podríamos llamar de la “materialización de la conciencia”, Christof Koch, en su libro Consciousness: Confessions of a  Romantic Reductionist, explora la posibilidad de que el Internet se convierta en una entidad consciente.

El compañero de trabajo por varios años de Francis Crick, el codescubridor de la estructura helicoidal del ADN, considera que lo que hace surgir a la conciencia no son sus elementos en sí —las neuronas, por ejemplo— sino la complejidad de sus relaciones. Internet tiene ya miles de millones de nodos y cada uno es una computadora, lo cual, en principio, podría sugerir que esta gran Red podría tomar autoconciencia. Dice Koch:

La siempre creciente complejidad de los organismos, evidente en el registro de fósiles, es una consecuencia de una inexorable competición por la sobrevivencia que propulsa la evolución. Esto fue acompañado por el surgimiento de sistemas nerviosos y el primer rastro de lo sensible. La continua complejización de los cerebros, usando el término de Teilhard de Chardin, incrementó la conciencia hasta que la autoconciencia surgió: la mente reflexionando sobre sí misma. Este proceso recursivo inició hace millones de años en algunos de los mamíferos más desarrollados. En el Homo Sapiens, ha alcanzado su cúspide temporal.

Pero la complejización no se detiene con la autoconciencia. Es perenne, y de hecho se está acelerando. En las sociedades tecnológicamente sofisticadas e interconectadas de hoy en día, la complejificación está tomando un carácter supraindividual que se extiende continentalmente. Con la comunicación global instantánea que proveen los teléfonos celulares, los correos electrónicos y las redes sociales, preveo un momento en el que los miles de millones de seres humanos y sus computadoras estarán interconectados en una vasta matriz —una  Übermind planetaria. Siempre y cuando la humanidad evite el Ocaso —un Armageddon termonuclear o una destrucción ambiental— no hay razón para que no se distribuya esta red de conciencia hipertrofiada a los planteas y, finalmente, más allá del firmamento a la galaxia.

A fin de cuentas esta es una alternativa para la preservación de nuestra conciencia más allá de los límites biológicos actuales. Una persona podría imbuir esa compleja red de relaciones y suma de memorias que es su mente en un dispositivo de hardware. La Tierra entera quizás, como conciencia colectiva, podría hacer lo mismo, en otro planeta o en un satélite y seguir navegando despierta la noche cósmica.

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