Transmitir un secreto es una de las tareas creativas más excéntricas que existen. Ya por la sola naturaleza de lo secretivo, es lógico que todo a su alrededor esté marcado por el cuidado, el disimulo, los lenguajes secretos y, a veces, las misiones arriesgadas. En ocasiones esta actividad también echa mano de la obviedad, pues como se ha dicho, el mejor lugar para esconder un secreto es a la vista de todos.

Ese justamente es el caso de la criptografía musical, un método por el cual es posible codificar un mensaje en una melodía. Su principio es, en este sentido, sencillo, pues como otros sistemas crípticos, se trata de una traducción de un lenguaje a otro, con el agregado de que entre el emisor y el receptor existe una clave que permite descifrar el mensaje.

Este método es también profundamente elegante y, como se ha dicho, inventivo, no sólo por el conocimiento que exige de la teoría y la técnica musical, sino porque ocurre dentro de ésta, que es una de las disciplinas artísticas más nobles y para muchos la más sublime.

Y aunque este parece ser un recurso propio de la ficción de detectives o de espías, se trata, por el contrario, de uno sumamente real. Al menos desde el siglo XVII existen testimonios de su uso y también algunos tratados al respecto. 

John Wilkins, por ejemplo, célebre también por su aparición en uno de los ensayos más agudos de Jorge Luis Borges, dedicó parte de su interés sobre el lenguaje a la criptografía, de lo cual resultó su obra Mercury, or the Secret and Swift Messenger (1641). En su opinión, la música es una de las mejores formas de esconder y transmitir un mensaje secreto porque en general nadie nunca sospecha de una inocente tonada.

Otro contemporáneo ilustre de Wilkins, el filósofo y escritor Francis Bacon, se abocó también al arte de esconder mensajes secretos en la música, en su caso ideando un sistema en el que cada letra del alfabeto latino se corresponde con un número determinado de las notas do y re (A y B, en la notación anglosajona, respectivamente).

Por otro lado, el criptograma también ha sido utilizado no necesariamente con fines secretos aunque sí creativos. Johan Sebastian Bach, por ejemplo, codificó su apellido en una fuga bien conocida, y lo mismo hicieron o intentaron hacer Robert Schumann (en la pieza Carnaval), Ravel, Claude Debussy e incluso Dmitri Shostakóvich. 

Johannes Brahms fue otro músico que recurrió a la criptografía, pero en su caso con una intención casi mágica. Atormentado por su relación frustrada con Agathe von Siebold –con quien estuvo a punto de casarse el verano de 1858, él con 25 años de edad y ella con 23–, Brahms compuso diez años después un sexteto para cuerdas en el que incluyó las letras del nombre de su antigua prometida (salvo por la T, para la cual no hayan correspondencia en la notación musical alemana, y con la particularidad de que, en ésta, H corresponde a la nota mi). Los críticos señalan que el momento en que aparece el criptograma A-G-A-H-E durante el primer movimiento de la pieza es donde se refleja el verdadero alivio del dolor del compositor. “Con esta obra, me he liberado de mi último amor”, escribió Brahms a su amigo Josef Gänsbacher a propósito de la pieza, que entró a su catálogo como el Sexteto para cuerdas No. 2 en Sol mayor, Op. 36.

imagen1criptografia 
Más allá de la anécdota, esta historia de Brahms sugiere otra cualidad que hace de la música un medio ideal para conducir lo confidencial: su capacidad de expresar lo inexpresable (aquello que la hace tan sublime). Por eso el lenguaje musical nos conmueve, porque es capaz de dar significado a aquello en nuestro interior que está más allá de las palabras y la lengua, o eso en lo que no hemos elaborado lo suficiente para volverlo asequible. Por ejemplo, el dolor de una pérdida, como en el caso de Brahms. 

Se puede decir, entonces, que la música no sólo conduce secretos que esperábamos descifrar, sino que a veces, incluso, nos revela otros que no sabíamos que existían.

También en Faena Aleph: Michel Foucault sobre el derecho al secreto

 

 

 

Imágenes: 1) Creative Commons 2) Public Domain

Transmitir un secreto es una de las tareas creativas más excéntricas que existen. Ya por la sola naturaleza de lo secretivo, es lógico que todo a su alrededor esté marcado por el cuidado, el disimulo, los lenguajes secretos y, a veces, las misiones arriesgadas. En ocasiones esta actividad también echa mano de la obviedad, pues como se ha dicho, el mejor lugar para esconder un secreto es a la vista de todos.

Ese justamente es el caso de la criptografía musical, un método por el cual es posible codificar un mensaje en una melodía. Su principio es, en este sentido, sencillo, pues como otros sistemas crípticos, se trata de una traducción de un lenguaje a otro, con el agregado de que entre el emisor y el receptor existe una clave que permite descifrar el mensaje.

Este método es también profundamente elegante y, como se ha dicho, inventivo, no sólo por el conocimiento que exige de la teoría y la técnica musical, sino porque ocurre dentro de ésta, que es una de las disciplinas artísticas más nobles y para muchos la más sublime.

Y aunque este parece ser un recurso propio de la ficción de detectives o de espías, se trata, por el contrario, de uno sumamente real. Al menos desde el siglo XVII existen testimonios de su uso y también algunos tratados al respecto. 

John Wilkins, por ejemplo, célebre también por su aparición en uno de los ensayos más agudos de Jorge Luis Borges, dedicó parte de su interés sobre el lenguaje a la criptografía, de lo cual resultó su obra Mercury, or the Secret and Swift Messenger (1641). En su opinión, la música es una de las mejores formas de esconder y transmitir un mensaje secreto porque en general nadie nunca sospecha de una inocente tonada.

Otro contemporáneo ilustre de Wilkins, el filósofo y escritor Francis Bacon, se abocó también al arte de esconder mensajes secretos en la música, en su caso ideando un sistema en el que cada letra del alfabeto latino se corresponde con un número determinado de las notas do y re (A y B, en la notación anglosajona, respectivamente).

Por otro lado, el criptograma también ha sido utilizado no necesariamente con fines secretos aunque sí creativos. Johan Sebastian Bach, por ejemplo, codificó su apellido en una fuga bien conocida, y lo mismo hicieron o intentaron hacer Robert Schumann (en la pieza Carnaval), Ravel, Claude Debussy e incluso Dmitri Shostakóvich. 

Johannes Brahms fue otro músico que recurrió a la criptografía, pero en su caso con una intención casi mágica. Atormentado por su relación frustrada con Agathe von Siebold –con quien estuvo a punto de casarse el verano de 1858, él con 25 años de edad y ella con 23–, Brahms compuso diez años después un sexteto para cuerdas en el que incluyó las letras del nombre de su antigua prometida (salvo por la T, para la cual no hayan correspondencia en la notación musical alemana, y con la particularidad de que, en ésta, H corresponde a la nota mi). Los críticos señalan que el momento en que aparece el criptograma A-G-A-H-E durante el primer movimiento de la pieza es donde se refleja el verdadero alivio del dolor del compositor. “Con esta obra, me he liberado de mi último amor”, escribió Brahms a su amigo Josef Gänsbacher a propósito de la pieza, que entró a su catálogo como el Sexteto para cuerdas No. 2 en Sol mayor, Op. 36.

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Más allá de la anécdota, esta historia de Brahms sugiere otra cualidad que hace de la música un medio ideal para conducir lo confidencial: su capacidad de expresar lo inexpresable (aquello que la hace tan sublime). Por eso el lenguaje musical nos conmueve, porque es capaz de dar significado a aquello en nuestro interior que está más allá de las palabras y la lengua, o eso en lo que no hemos elaborado lo suficiente para volverlo asequible. Por ejemplo, el dolor de una pérdida, como en el caso de Brahms. 

Se puede decir, entonces, que la música no sólo conduce secretos que esperábamos descifrar, sino que a veces, incluso, nos revela otros que no sabíamos que existían.

También en Faena Aleph: Michel Foucault sobre el derecho al secreto

 

 

 

Imágenes: 1) Creative Commons 2) Public Domain