Desde tiempos remotos, a los sueños se les ha atribuido una calidad enigmática. Todavía ahora, cuando soñamos, las imágenes que se nos presentan son capaces de sorprendernos y confundirnos, y por lo mismo nos llevan a preguntarnos sobre su significado, inmediato pero también ulterior.

En este sentido, los sueños han sido considerados en varios momentos de la historia humana, “mensajes”: de los dioses (según los antiguos), del propio interior del ser humano (según la mentalidad moderna), pero también del tiempo.

Como sabemos, no han sido pocos los filósofos, teólogos, escritores y pensadores de otro tipo que, junto con numerosas personas comunes, han creído que los sueños son capaces de revelar un hecho futuro, así sea simbólicamente. Los sueños del faraón y de Daniel en la tradición hebraica son quizá uno de los ejemplos más conocidos del valor profético de los sueños, y en tiempos más cercanos a nosotros, podemos citar la defensa que hizo J. W. Dunne de esta cualidad en su libro Un experimento con el tiempo (tan admirado por Borges, James Joyce, T. S. Eliot, Aldous Huxley y varios lectores más), en donde se lee que soñar es una manera de inmiscuirnos en otras dimensiones del tiempo.

En 1964, Vladimir Nabokov dedicó tres meses a indagar la veracidad de esta hipótesis. Cada mañana, con disciplina y detalle, Nabokov anotaba en un cuaderno todo cuanto sobrevivía al despertar de lo soñado. Pero no sólo eso. Durante los días siguientes regresaba a la libreta, repasaba sus apuntes e intentaba encontrar alguna conexión entre sus experiencias cotidianas y aquello que se le había presentado al dormir, para intentar comprobar así la cualidad premonitoria del sueño.

De acuerdo con los resultados consignados, Nabokov nunca llegó a obtener conclusiones fehacientes sobre la relación entre sus sueños y hechos futuros en su vida. Sin embargo, según algunos editores e investigadores de su obra, el ejercicio contribuyó notablemente a aguzar su capacidad de recordar, misma que después sería la base de algunos relatos y novelas cercanos a dicha época (y, por supuesto, de su autobiógrafa Habla, memoria). Por otro lado, parece ser que el contacto sostenido con el lenguaje de los sueños liberó también su creatividad, incitándolo jugar con la lógica temporal y especial de una narración (tal y como puede observarse en Ada o el ardor, publicada en 1965).

Este singular episodio en la vida de Nabokov nos muestra que quizá los sueños no “anuncian” el futuro como podríamos esperarlo. Es decir, no nos muestran exactamente qué va a acontecer en nuestra vida en los días por venir. Pero si miramos atentamente, podemos pensar que de algún modo sí son capaces de configurar ese porvenir. Nabokov atendió sus sueños y así, indirectamente en apariencia, adquirió habilidades que le permitieron realizar ciertas obras futuras.

Quizá, como todo lo que se relaciona con los sueños, su valor en este caso está en un punto que no alcanzamos a mirar, pero que de todos modos influye en nuestra vida.

También en Faena Aleph: Una ventana al cerebro de Vladimir Nabokov

 

 

Imagen: Dominio público

Desde tiempos remotos, a los sueños se les ha atribuido una calidad enigmática. Todavía ahora, cuando soñamos, las imágenes que se nos presentan son capaces de sorprendernos y confundirnos, y por lo mismo nos llevan a preguntarnos sobre su significado, inmediato pero también ulterior.

En este sentido, los sueños han sido considerados en varios momentos de la historia humana, “mensajes”: de los dioses (según los antiguos), del propio interior del ser humano (según la mentalidad moderna), pero también del tiempo.

Como sabemos, no han sido pocos los filósofos, teólogos, escritores y pensadores de otro tipo que, junto con numerosas personas comunes, han creído que los sueños son capaces de revelar un hecho futuro, así sea simbólicamente. Los sueños del faraón y de Daniel en la tradición hebraica son quizá uno de los ejemplos más conocidos del valor profético de los sueños, y en tiempos más cercanos a nosotros, podemos citar la defensa que hizo J. W. Dunne de esta cualidad en su libro Un experimento con el tiempo (tan admirado por Borges, James Joyce, T. S. Eliot, Aldous Huxley y varios lectores más), en donde se lee que soñar es una manera de inmiscuirnos en otras dimensiones del tiempo.

En 1964, Vladimir Nabokov dedicó tres meses a indagar la veracidad de esta hipótesis. Cada mañana, con disciplina y detalle, Nabokov anotaba en un cuaderno todo cuanto sobrevivía al despertar de lo soñado. Pero no sólo eso. Durante los días siguientes regresaba a la libreta, repasaba sus apuntes e intentaba encontrar alguna conexión entre sus experiencias cotidianas y aquello que se le había presentado al dormir, para intentar comprobar así la cualidad premonitoria del sueño.

De acuerdo con los resultados consignados, Nabokov nunca llegó a obtener conclusiones fehacientes sobre la relación entre sus sueños y hechos futuros en su vida. Sin embargo, según algunos editores e investigadores de su obra, el ejercicio contribuyó notablemente a aguzar su capacidad de recordar, misma que después sería la base de algunos relatos y novelas cercanos a dicha época (y, por supuesto, de su autobiógrafa Habla, memoria). Por otro lado, parece ser que el contacto sostenido con el lenguaje de los sueños liberó también su creatividad, incitándolo jugar con la lógica temporal y especial de una narración (tal y como puede observarse en Ada o el ardor, publicada en 1965).

Este singular episodio en la vida de Nabokov nos muestra que quizá los sueños no “anuncian” el futuro como podríamos esperarlo. Es decir, no nos muestran exactamente qué va a acontecer en nuestra vida en los días por venir. Pero si miramos atentamente, podemos pensar que de algún modo sí son capaces de configurar ese porvenir. Nabokov atendió sus sueños y así, indirectamente en apariencia, adquirió habilidades que le permitieron realizar ciertas obras futuras.

Quizá, como todo lo que se relaciona con los sueños, su valor en este caso está en un punto que no alcanzamos a mirar, pero que de todos modos influye en nuestra vida.

También en Faena Aleph: Una ventana al cerebro de Vladimir Nabokov

 

 

Imagen: Dominio público