“Algunos círculos científicos del siglo XIX eran hogar de una preocupación un tanto inesperada: el caer de los gatos”, dice un artículo en The Public Domain Review. Al parecer, los físicos teóricos más destacados de la época experimentaban con dejar caer gatos desde distintas alturas para entender por qué siempre aterrizan de pie. En el Trinity College de Cambridge, la actividad era de lo más común.

El físico James Clerk Maxwell, argumentalmente el mejor físico teórico de la época, escribió en una carta a su esposa:

Existe una leyenda en Trinity de que cuando estuve aquí descubrí un método de lanzar a un gato de manera que no cayera de pie, y que yo solía arrojar gatos de las ventanas. Tuve que explicar que el objeto del estudio era averiguar qué tan rápido un gato se voltearía, y que el método propio era dejar a un gato caer sobre una mesa o una cama desde aproximadamente 2 pulgadas, y que incluso así el gato cae de pie.

La curiosidad científica de Maxwell se debía a que aparentemente los gatos desafían las leyes de Newton al cambiar de movimiento en el aire para caer de pie, pero no fue al único que le apasionó el enigma; el eminente matemático George Stokes también era propenso a ver el “viraje gatuno”. Sin embargo, ninguno de los dos hizo mucho avance en sus investigaciones.

Unas décadas después, con la invención de la cronofotografía (que permitía que se tomaran muchas imágenes en rápida sucesión), surgieron deducciones importantes al respecto. El hombre que las hizo fue Étienne-Jules Marey, fotógrafo y científico, quien capturó 12 cuadros por segundo y mostró cómo un gato cayendo no tiene movimiento rotacional al principio de su descenso y más bien va adquiriendo ímpetu mientras está en plena caída libre. Sus fotografías, que mostramos aquí, son francamente encantadoras.

Marey publicó estas fotos, junto con sus investigaciones, en un tomo de Comptes Rendus en 1894.

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“Algunos círculos científicos del siglo XIX eran hogar de una preocupación un tanto inesperada: el caer de los gatos”, dice un artículo en The Public Domain Review. Al parecer, los físicos teóricos más destacados de la época experimentaban con dejar caer gatos desde distintas alturas para entender por qué siempre aterrizan de pie. En el Trinity College de Cambridge, la actividad era de lo más común.

El físico James Clerk Maxwell, argumentalmente el mejor físico teórico de la época, escribió en una carta a su esposa:

Existe una leyenda en Trinity de que cuando estuve aquí descubrí un método de lanzar a un gato de manera que no cayera de pie, y que yo solía arrojar gatos de las ventanas. Tuve que explicar que el objeto del estudio era averiguar qué tan rápido un gato se voltearía, y que el método propio era dejar a un gato caer sobre una mesa o una cama desde aproximadamente 2 pulgadas, y que incluso así el gato cae de pie.

La curiosidad científica de Maxwell se debía a que aparentemente los gatos desafían las leyes de Newton al cambiar de movimiento en el aire para caer de pie, pero no fue al único que le apasionó el enigma; el eminente matemático George Stokes también era propenso a ver el “viraje gatuno”. Sin embargo, ninguno de los dos hizo mucho avance en sus investigaciones.

Unas décadas después, con la invención de la cronofotografía (que permitía que se tomaran muchas imágenes en rápida sucesión), surgieron deducciones importantes al respecto. El hombre que las hizo fue Étienne-Jules Marey, fotógrafo y científico, quien capturó 12 cuadros por segundo y mostró cómo un gato cayendo no tiene movimiento rotacional al principio de su descenso y más bien va adquiriendo ímpetu mientras está en plena caída libre. Sus fotografías, que mostramos aquí, son francamente encantadoras.

Marey publicó estas fotos, junto con sus investigaciones, en un tomo de Comptes Rendus en 1894.

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