Cada época tiene su propia fascinación paranormal. Como un secreto a voces, el interés por un fenómeno inexplicable corre de boca en boca pero sin que nadie se atreva a hablar abiertamente de ello. Con un amigo de mucha confianza, con el hijo a quien más se quiere, con la mujer a quien se ama, con ellos sí hablamos del fantasma que pensamos que vive en el edificio, la nave extraterrestre que alguna vez vimos cruzar el cielo o el sueño profético que aseguramos haber tenido.

El siglo XIX fue rico en obsesiones extraordinarias. Los espíritus fueron una de ellas, los muertos otra y una tercera que podemos citar fue el hipnotismo. A este motivo pertenecen tres de los mejores cuentos de Edgar Allan Poe: “A Tale of the Ragged Mountains” y “Mesmeric Revelation”, de 1844, y “The Facts in the Case of M. Valdemar” de 1845, en los cuales la mesmerización (como también se le conoció, por las teorías de Franz Mesmer) es causa de fenómenos paranormales.

Hacia finales de esta época, apareció en Londres un libro con el sugestivo título de Is man a free agent? The law of suggestion, including hypnosis, what and why it is, and how to induce it, the law of nature, mind, heredity, etc., cuyo autor, que firmó con el nombre de Santanelli, procedió bajo la premisa de que el hombre era “sólo una máquina” que por lo mismo podía ser manejada a placer, conociendo los mecanismos adecuados para conseguirlo.

Como quizá se sospeche, Santanelli mismo fue un personaje enigmático del que aun ahora se sabe poco. El New York Times consigna una aparición pública suya, en 1896, durante la cual hipnotizó a 10 hombres para hacerles creer que vivían distintas circunstancias: que alguno se había lastimado el pie o que la silla donde se sentaban estaba al rojo vivo, etc. En el mismo año, se dice que en Indiana hipnotizó a su asistente, James Mahoney, a quien llevó a un sueño tan profundo del que no salió sino hasta 1 semana después, cuando el propio Santanelli lo despertó.

En el tratado que escribió sobre el hipnotismo, Santanelli explicó con detalle las diferencias sutiles en cada uno de los elementos de esta técnica. “No hay sinónimos, del mismo modo que dos cosas no son iguales”, escribió; esto para explicar por qué la sugestión es distinta de la hipnosis, cómo opera la inspiración y bajo qué concepto se tiene la mente o la memoria en estas artes. El tono algo tiene de enigmático y ambiguo, como si Santanelli revelara un secreto pero sólo a quien fuera capaz de entenderlo, por más que pareciera estar a la vista.

Todo en la vida es una combinación de atributos”, escribe, y más adelante: “El hombre no ‘piensa’, se da cuenta”.

¿Santanelli tenía razón? ¿Basta con manipular los mecanismos correctos para hacer del hombre una máquina que obedece comandos y sigue instrucciones? La verdad es que hojear este libro pasa pronto de ser un gesto extravagante a un inquietante cuestionamiento a la realidad de nuestras decisiones.

,

Cada época tiene su propia fascinación paranormal. Como un secreto a voces, el interés por un fenómeno inexplicable corre de boca en boca pero sin que nadie se atreva a hablar abiertamente de ello. Con un amigo de mucha confianza, con el hijo a quien más se quiere, con la mujer a quien se ama, con ellos sí hablamos del fantasma que pensamos que vive en el edificio, la nave extraterrestre que alguna vez vimos cruzar el cielo o el sueño profético que aseguramos haber tenido.

El siglo XIX fue rico en obsesiones extraordinarias. Los espíritus fueron una de ellas, los muertos otra y una tercera que podemos citar fue el hipnotismo. A este motivo pertenecen tres de los mejores cuentos de Edgar Allan Poe: “A Tale of the Ragged Mountains” y “Mesmeric Revelation”, de 1844, y “The Facts in the Case of M. Valdemar” de 1845, en los cuales la mesmerización (como también se le conoció, por las teorías de Franz Mesmer) es causa de fenómenos paranormales.

Hacia finales de esta época, apareció en Londres un libro con el sugestivo título de Is man a free agent? The law of suggestion, including hypnosis, what and why it is, and how to induce it, the law of nature, mind, heredity, etc., cuyo autor, que firmó con el nombre de Santanelli, procedió bajo la premisa de que el hombre era “sólo una máquina” que por lo mismo podía ser manejada a placer, conociendo los mecanismos adecuados para conseguirlo.

Como quizá se sospeche, Santanelli mismo fue un personaje enigmático del que aun ahora se sabe poco. El New York Times consigna una aparición pública suya, en 1896, durante la cual hipnotizó a 10 hombres para hacerles creer que vivían distintas circunstancias: que alguno se había lastimado el pie o que la silla donde se sentaban estaba al rojo vivo, etc. En el mismo año, se dice que en Indiana hipnotizó a su asistente, James Mahoney, a quien llevó a un sueño tan profundo del que no salió sino hasta 1 semana después, cuando el propio Santanelli lo despertó.

En el tratado que escribió sobre el hipnotismo, Santanelli explicó con detalle las diferencias sutiles en cada uno de los elementos de esta técnica. “No hay sinónimos, del mismo modo que dos cosas no son iguales”, escribió; esto para explicar por qué la sugestión es distinta de la hipnosis, cómo opera la inspiración y bajo qué concepto se tiene la mente o la memoria en estas artes. El tono algo tiene de enigmático y ambiguo, como si Santanelli revelara un secreto pero sólo a quien fuera capaz de entenderlo, por más que pareciera estar a la vista.

Todo en la vida es una combinación de atributos”, escribe, y más adelante: “El hombre no ‘piensa’, se da cuenta”.

¿Santanelli tenía razón? ¿Basta con manipular los mecanismos correctos para hacer del hombre una máquina que obedece comandos y sigue instrucciones? La verdad es que hojear este libro pasa pronto de ser un gesto extravagante a un inquietante cuestionamiento a la realidad de nuestras decisiones.

,

Etiquetado: , , ,