Los mapas distan mucho de ser documentos aburridos, pero quizá podemos convenir en que con cierta frecuencia tienden a la solemnidad. Aunque la cartografía es una disciplina fantástica (en varios sentidos del término), quizá por su antigüedad y su herencia pueden hacerse demasiado serios ―salvo cuando la creatividad y el ingenio los hace representar un fragmento de realidad de una manera inesperada.

 Ese es el caso de esta serie de mapas realizados por Katie Kowalsky, quien pasó de ser una estudiante de economía en la Universidad de Wisconsin-Madison a una cartógrafa profesional y, además arriesgada, pues hace poco se propuso encontrar el punto de encuentro entre campos de conocimiento y técnica que siempre le fascinaron: la historia, el arte, la computación, la geografía y el diseño.

El resultado fue una suerte de cartografía pop inspirada en el estilo artístico de Roy Lichtenstein, quien llevo a las galerías y los museos los colores y formas del cómic y la publicidad. En los mapas de Kowalsky, ciudades como Chicago, Nueva Delhi o París pacieran conformar el apéndice cartográfico de una historia ficticia, como si se ofreciera al lector un vistazo del territorio donde ocurre una historia increíble.

Después de todo, ese parece ser el objetivo principal de los mapas: mirar lo que está ahí realmente pero que, en cierta forma, solo podemos aprehender por medio de la imaginación.

Los mapas distan mucho de ser documentos aburridos, pero quizá podemos convenir en que con cierta frecuencia tienden a la solemnidad. Aunque la cartografía es una disciplina fantástica (en varios sentidos del término), quizá por su antigüedad y su herencia pueden hacerse demasiado serios ―salvo cuando la creatividad y el ingenio los hace representar un fragmento de realidad de una manera inesperada.

 Ese es el caso de esta serie de mapas realizados por Katie Kowalsky, quien pasó de ser una estudiante de economía en la Universidad de Wisconsin-Madison a una cartógrafa profesional y, además arriesgada, pues hace poco se propuso encontrar el punto de encuentro entre campos de conocimiento y técnica que siempre le fascinaron: la historia, el arte, la computación, la geografía y el diseño.

El resultado fue una suerte de cartografía pop inspirada en el estilo artístico de Roy Lichtenstein, quien llevo a las galerías y los museos los colores y formas del cómic y la publicidad. En los mapas de Kowalsky, ciudades como Chicago, Nueva Delhi o París pacieran conformar el apéndice cartográfico de una historia ficticia, como si se ofreciera al lector un vistazo del territorio donde ocurre una historia increíble.

Después de todo, ese parece ser el objetivo principal de los mapas: mirar lo que está ahí realmente pero que, en cierta forma, solo podemos aprehender por medio de la imaginación.

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