Es posible que muchos de nosotros hemos quedado fascinados por una fotografía publicada por la NASA, por un video captado desde la Estación Espacial Internacional o por la imagen enviada por una sonda espacial localizada ya a millones de kilómetros de la Tierra. Sin embargo, cuántos de nosotros nos hemos preguntado cómo se transmitía ese asombro por el cosmos en una época en que no existía dicha tecnología.

La respuesta tiene muchas expresiones, sin duda, pero una de las más admirables corrió a cargo de Étienne Léopold Trouvelot, francés de origen que por causa del golpe de estado de Luis Napoleón Bonaparte en 1852 huyó junto con su familia a Estados Unidos, en donde se asentaron en la ciudad de Medford, Massachusetts.

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Trouvelot, que a la sazón rondaba los 25 años de edad, comenzó a abrirse paso en la vida a base de talento y curiosidad. El talento lo tenía en el dibujo, y la curiosidad la decantó hacia dos ámbitos: la entomología y la astronomía, los insectos y la bóveda celeste, puntos en apariencia extremos que no obstante parecen converger en ciertas aficiones del temperamento melancólico que Susan Sontag advirtió a partir de la obra de Walter Benjamin, a saber, la miniaturización y el coleccionismo.

Curiosamente, estas inclinaciones no fueron simultáneas, sino que una sucedió a la otra a partir de una decepción. Cuando arribó al nuevo continente, Trouvelot trajo consigo huevecillos de una polilla apodada coloquialmente “gitana” y cuyo nombre científico es Lymantria dispar. Inadvertido de los peligros que significa criar cualquier especie fuera de su hábitat natural y en condiciones poco controladas, algunos de estos lepidópteros escaparon a los bosques cercanos, lo cual provocó una plaga que se mantiene hasta la fecha. Justificadamente, el incidente hizo que Trouvelot quitara su atención de los insectos y la dedicara a cambio a los astros.

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El resultado fue, en parte, las láminas que ahora compartimos, las cuales surgieron tanto de observaciones amateurs que el propio Trouvelot realizó como otras guiadas por Joseph Winlock, director del Observatorio de la Universidad de Harvard que al conocer su trabajo, de inmediato lo invitó a colaborar en esta institución y, posteriormente, en el Observatorio Naval de Estados Unidos. En este periodo que abarcó de 1872 a 1875, Trouvelot completó cerca de 7 mil ilustraciones astronómicas y casi 50 artículos de carácter académico.

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Trouvelot realizó su trabajo bajo la premisa de acercar el conocimiento al gran público, al tiempo que transmitía la belleza propia de los cielos y los fenómenos astronómicos que atestiguó, dos propósitos más que suficientes para concretar una obra admirable pero también rigurosa, fiel a los hechos pero artística en su espíritu.

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Es posible que muchos de nosotros hemos quedado fascinados por una fotografía publicada por la NASA, por un video captado desde la Estación Espacial Internacional o por la imagen enviada por una sonda espacial localizada ya a millones de kilómetros de la Tierra. Sin embargo, cuántos de nosotros nos hemos preguntado cómo se transmitía ese asombro por el cosmos en una época en que no existía dicha tecnología.

La respuesta tiene muchas expresiones, sin duda, pero una de las más admirables corrió a cargo de Étienne Léopold Trouvelot, francés de origen que por causa del golpe de estado de Luis Napoleón Bonaparte en 1852 huyó junto con su familia a Estados Unidos, en donde se asentaron en la ciudad de Medford, Massachusetts.

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Trouvelot, que a la sazón rondaba los 25 años de edad, comenzó a abrirse paso en la vida a base de talento y curiosidad. El talento lo tenía en el dibujo, y la curiosidad la decantó hacia dos ámbitos: la entomología y la astronomía, los insectos y la bóveda celeste, puntos en apariencia extremos que no obstante parecen converger en ciertas aficiones del temperamento melancólico que Susan Sontag advirtió a partir de la obra de Walter Benjamin, a saber, la miniaturización y el coleccionismo.

Curiosamente, estas inclinaciones no fueron simultáneas, sino que una sucedió a la otra a partir de una decepción. Cuando arribó al nuevo continente, Trouvelot trajo consigo huevecillos de una polilla apodada coloquialmente “gitana” y cuyo nombre científico es Lymantria dispar. Inadvertido de los peligros que significa criar cualquier especie fuera de su hábitat natural y en condiciones poco controladas, algunos de estos lepidópteros escaparon a los bosques cercanos, lo cual provocó una plaga que se mantiene hasta la fecha. Justificadamente, el incidente hizo que Trouvelot quitara su atención de los insectos y la dedicara a cambio a los astros.

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El resultado fue, en parte, las láminas que ahora compartimos, las cuales surgieron tanto de observaciones amateurs que el propio Trouvelot realizó como otras guiadas por Joseph Winlock, director del Observatorio de la Universidad de Harvard que al conocer su trabajo, de inmediato lo invitó a colaborar en esta institución y, posteriormente, en el Observatorio Naval de Estados Unidos. En este periodo que abarcó de 1872 a 1875, Trouvelot completó cerca de 7 mil ilustraciones astronómicas y casi 50 artículos de carácter académico.

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Trouvelot realizó su trabajo bajo la premisa de acercar el conocimiento al gran público, al tiempo que transmitía la belleza propia de los cielos y los fenómenos astronómicos que atestiguó, dos propósitos más que suficientes para concretar una obra admirable pero también rigurosa, fiel a los hechos pero artística en su espíritu.

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