Como uno, todos los arboles terminarán siendo polvo. Pero hay la posibilidad de interrumpir ese proceso y hacer algo con un árbol que le permita continuar, tener una segunda vida. Los carpinteros tradicionales japoneses aspiran a esto, a capturar el espíritu de un árbol en una pieza que además de ser un objeto de belleza, dure para siempre.

Si un árbol ha tenido una vida disfrutable lo expresa en sus fibras, nos dice George Nakashima, reconocido como uno de los mejores maestros carpinteros del mundo y, de acuerdo al gobierno de Japón, “portador de un secreto sagrado”. Nakashima cree, como los druidas creyeron, que cada árbol tiene un fantasma dentro y el carpintero debe conocerlo y hacerlo perdurar. Entre más años y mejores condiciones haya tenido el árbol, tanto mejor para transformar su espíritu en un objeto hermoso. Por ello en la tradición nipona todo el trabajo con la madera es de cuerpo a cuerpo –el hombre y el tronco–, y nunca con un metal o hierro que les impida convivir. Las herramientas que usan los maestros artesanos se limitan a cinceles (nomi), martillos (mokuzuchi), sierras (nokogiri) y cepillos (kanna).

Para muchos, el encanto de la carpintería japonesa reside en que resuena con al antiguo mundo de la artesanía, una era ya extinta que estaba en armonía con la naturaleza mediante la observación cuidadosa de sus ciclos y sus ritmos. Para otros, es la experiencia estética de los ensamblajes, cuya técnica nace precisamente de esa observación de los ritmos naturales que proponen la unión geométrica, a menudo invisible, de las partes. Este sistema de enclavamiento que conecta la madera mediante complejas y autosustentables junturas fue una habilidad profusa cuando los Miya-Daiku construían los famosos templos zen y casas de té.

Nakashima, nieto de un guerrero samurái, fue uno de los practicantes más modernos de esta técnica y la trajo consigo a Occidente. Veía su práctica como una suerte de ocupación espiritual que transmutaba la belleza del árbol en un arte funcional. Su ethos de trabajo puede resumirse bien en su comentario final a The Soul of a Tree:

Tengo una guerra de un hombre contra el arte moderno, por ejemplo. Es la predominancia de el ego personal lo que me molesta. Mi ideal es que un artesano debería ser desconocido en lugar de conocido. No tiene que sacar a relucir su ego. Esto se remite a otras civilizaciones. Por ejemplo, en la Dinastía Sung en China, el artesano nunca firmaba sus piezas. Creo que eso es indicativo de una civilización sana. Todo lo que produjeron fue valioso, artístico, hermoso.

La carpintería japonesa preserva la singularidad de cada uno de los maestros artesanos y, de acuerdo a ellos, también preserva el espíritu del árbol del que surgió una pieza. Pero todas las transmigraciones que ocurren en el proceso de creación pertenecen a un mundo sutil y discreto, similar a las juntas invisibles de los muebles o casas donde lo que importa es la belleza, la resistencia y la perdurabilidad de un árbol que de otra manera habría muerto.

Así, el ensamblaje invisible visto en el mundo de la actualidad representa la sobrevivencia de una forma del arte en directa imitación de la discreción y la fantasmagoria geométrica de la naturaleza. Un trabajo que se hace casi de manera psíquica con la madera. Es decir, no es el interés en el mueble en sí lo que importa (difícilmente un maestro artesano diseñaría una silla de plástico), sino en una buena pieza que parezca estar meditando en su sitio.

Como uno, todos los arboles terminarán siendo polvo. Pero hay la posibilidad de interrumpir ese proceso y hacer algo con un árbol que le permita continuar, tener una segunda vida. Los carpinteros tradicionales japoneses aspiran a esto, a capturar el espíritu de un árbol en una pieza que además de ser un objeto de belleza, dure para siempre.

Si un árbol ha tenido una vida disfrutable lo expresa en sus fibras, nos dice George Nakashima, reconocido como uno de los mejores maestros carpinteros del mundo y, de acuerdo al gobierno de Japón, “portador de un secreto sagrado”. Nakashima cree, como los druidas creyeron, que cada árbol tiene un fantasma dentro y el carpintero debe conocerlo y hacerlo perdurar. Entre más años y mejores condiciones haya tenido el árbol, tanto mejor para transformar su espíritu en un objeto hermoso. Por ello en la tradición nipona todo el trabajo con la madera es de cuerpo a cuerpo –el hombre y el tronco–, y nunca con un metal o hierro que les impida convivir. Las herramientas que usan los maestros artesanos se limitan a cinceles (nomi), martillos (mokuzuchi), sierras (nokogiri) y cepillos (kanna).

Para muchos, el encanto de la carpintería japonesa reside en que resuena con al antiguo mundo de la artesanía, una era ya extinta que estaba en armonía con la naturaleza mediante la observación cuidadosa de sus ciclos y sus ritmos. Para otros, es la experiencia estética de los ensamblajes, cuya técnica nace precisamente de esa observación de los ritmos naturales que proponen la unión geométrica, a menudo invisible, de las partes. Este sistema de enclavamiento que conecta la madera mediante complejas y autosustentables junturas fue una habilidad profusa cuando los Miya-Daiku construían los famosos templos zen y casas de té.

Nakashima, nieto de un guerrero samurái, fue uno de los practicantes más modernos de esta técnica y la trajo consigo a Occidente. Veía su práctica como una suerte de ocupación espiritual que transmutaba la belleza del árbol en un arte funcional. Su ethos de trabajo puede resumirse bien en su comentario final a The Soul of a Tree:

Tengo una guerra de un hombre contra el arte moderno, por ejemplo. Es la predominancia de el ego personal lo que me molesta. Mi ideal es que un artesano debería ser desconocido en lugar de conocido. No tiene que sacar a relucir su ego. Esto se remite a otras civilizaciones. Por ejemplo, en la Dinastía Sung en China, el artesano nunca firmaba sus piezas. Creo que eso es indicativo de una civilización sana. Todo lo que produjeron fue valioso, artístico, hermoso.

La carpintería japonesa preserva la singularidad de cada uno de los maestros artesanos y, de acuerdo a ellos, también preserva el espíritu del árbol del que surgió una pieza. Pero todas las transmigraciones que ocurren en el proceso de creación pertenecen a un mundo sutil y discreto, similar a las juntas invisibles de los muebles o casas donde lo que importa es la belleza, la resistencia y la perdurabilidad de un árbol que de otra manera habría muerto.

Así, el ensamblaje invisible visto en el mundo de la actualidad representa la sobrevivencia de una forma del arte en directa imitación de la discreción y la fantasmagoria geométrica de la naturaleza. Un trabajo que se hace casi de manera psíquica con la madera. Es decir, no es el interés en el mueble en sí lo que importa (difícilmente un maestro artesano diseñaría una silla de plástico), sino en una buena pieza que parezca estar meditando en su sitio.

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