James Joyce es a la literatura lo que Karl Marx a la filosofía política, Sigmund Freud a los misterios de la psique humana, o un desastre natural en el territorio de la lengua inglesa. Si con Ulysses Joyce había sentado los términos futuros de la narrativa y reasignando al pasado toda una forma de concebir la novela, con Finnegans Wake el lenguaje desborda el libro, desborda el oído del hablante y remite a una forma de lectura previa, mucho más antigua que el libro mismo, como tal vez sólo se habrá visto en las cavernas prehistóricas.

El artista Jakub Wróblewski y la académica Katarzyna Bazarnik son los últimos de una línea de investigadores joyceanos más o menos secretos y más o menos expuestos, cuyas lecturas satelitales a menudo orbitan como obras derivadas en propio derecho que comentan, continúan o reescriben tomando como materia prima el terreno literario. El psicoanalista Carl Jung escribió un maravilloso comentario crítico dirigido directamente a Joyce —estudio sólo comparable con aquel otro sobre la psicología profunda del bíblico Job— años antes de tratar a su hija, Lucia Joyce, aunque en fecha más reciente una constelación de artistas han explorado en sus propios términos el universo joyceano: el novelista Enrique Vila-Matas incurre en el tiempo joyceano en su Dublinesca, que podría musicalizarse con la versión punk de Joey Ramone del Finnegans, en homenaje al compositor John Cage. El artista Joseph Kosuth ha utilizado los textos de Joyce como piezas de arquitectura fugaz que celebra la autonomía del relato sobre la forma, mientras el cineasta irlandés Eoghan Kidney prepara ya un videojuego para el visor Oculus, por nombrar solamente algunas de tales obras satélites. La obra de Wróblewski y Bazarnik podría inscribirse en un registro similar con su interpretación web del seminal Finnegans, bautizado como First We Feel Then We Fall.

El trayecto mítico de la pieza puede rastrearse hasta una tarde de 1929 cuando Joyce se reunió en Paris con el revolucionario director de cine ruso Sergei Eisenstein. Se trata de una de las grandes conversaciones de la época, tal vez solamente comparable con la que sostuvieron en Viena unas décadas antes Vladimir Lenin y Tristan Tzara. De la conversación entre Joyce y Eisenstein surgieron dos proyectos que ninguno de los dos vería finalizados: una versión cinematográfica de El Capital de Karl Marx —que sería llevado a la pantalla como Noticias de la antigüedad ideológica del alemán Alexander Kluge— y otra de las posibilidades del Finnegans Wake para trascender la linealidad narrativa del cine.

El énfasis en la interacción que actualmente experimentamos a través de medios de entretenimiento como los videojuegos o las apps de teléfonos inteligentes a través de Internet parece un medio mucho más propicio para un libro que se pretende sin principio ni final: como una continuidad dialógica donde el lector participa en el rearmado de una progresión narrativa por varios canales simultáneos, así como niveles de lectura, de realidad y de velocidad. Para Wróblewski y Bazarnik, el objetivo es “traducir el texto en forma cinemática, basados en un análisis interdisciplinario [de la misma]”.

einsestein

Esto permite al lector experimentar una lectura y una escucha simultáneas de un texto indócil, que no se apega a la forma-libro, o prestar atención a las extrañas melodías a través de varias voces, además de elegir ciertos pasajes para disparar otra serie de secuencias en video, de manera similar a como operan los dispositivos de ficción interactiva, donde el jugador-lector va construyendo su propia narrativa con la materia prima del programador-lector. En ese sentido, Joyce aparece no como el novelista sino como el programador de este “Meandertale” y “Meanderhalltale” (“¿Significandertal, Significantrohistoria?”) web, un término que los artistas utilizan para referirse “a dos de las innumerables bromas que componen el laberinto textual del Finnegans Wake”.

Para sus creadores fue fundamental basarse en el principio “de una visión cíclica de la historia” dado que el libro “comienza a media frase y termina con otra rota en el medio, que encuentra su continuación en la primera página: lo nuevo otra vez”.

No dejes de experimentar First We Feel Then We Fall y sacar tus propias conclusiones.

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Imagen por Chip Zdarsky.

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James Joyce es a la literatura lo que Karl Marx a la filosofía política, Sigmund Freud a los misterios de la psique humana, o un desastre natural en el territorio de la lengua inglesa. Si con Ulysses Joyce había sentado los términos futuros de la narrativa y reasignando al pasado toda una forma de concebir la novela, con Finnegans Wake el lenguaje desborda el libro, desborda el oído del hablante y remite a una forma de lectura previa, mucho más antigua que el libro mismo, como tal vez sólo se habrá visto en las cavernas prehistóricas.

El artista Jakub Wróblewski y la académica Katarzyna Bazarnik son los últimos de una línea de investigadores joyceanos más o menos secretos y más o menos expuestos, cuyas lecturas satelitales a menudo orbitan como obras derivadas en propio derecho que comentan, continúan o reescriben tomando como materia prima el terreno literario. El psicoanalista Carl Jung escribió un maravilloso comentario crítico dirigido directamente a Joyce —estudio sólo comparable con aquel otro sobre la psicología profunda del bíblico Job— años antes de tratar a su hija, Lucia Joyce, aunque en fecha más reciente una constelación de artistas han explorado en sus propios términos el universo joyceano: el novelista Enrique Vila-Matas incurre en el tiempo joyceano en su Dublinesca, que podría musicalizarse con la versión punk de Joey Ramone del Finnegans, en homenaje al compositor John Cage. El artista Joseph Kosuth ha utilizado los textos de Joyce como piezas de arquitectura fugaz que celebra la autonomía del relato sobre la forma, mientras el cineasta irlandés Eoghan Kidney prepara ya un videojuego para el visor Oculus, por nombrar solamente algunas de tales obras satélites. La obra de Wróblewski y Bazarnik podría inscribirse en un registro similar con su interpretación web del seminal Finnegans, bautizado como First We Feel Then We Fall.

El trayecto mítico de la pieza puede rastrearse hasta una tarde de 1929 cuando Joyce se reunió en Paris con el revolucionario director de cine ruso Sergei Eisenstein. Se trata de una de las grandes conversaciones de la época, tal vez solamente comparable con la que sostuvieron en Viena unas décadas antes Vladimir Lenin y Tristan Tzara. De la conversación entre Joyce y Eisenstein surgieron dos proyectos que ninguno de los dos vería finalizados: una versión cinematográfica de El Capital de Karl Marx —que sería llevado a la pantalla como Noticias de la antigüedad ideológica del alemán Alexander Kluge— y otra de las posibilidades del Finnegans Wake para trascender la linealidad narrativa del cine.

El énfasis en la interacción que actualmente experimentamos a través de medios de entretenimiento como los videojuegos o las apps de teléfonos inteligentes a través de Internet parece un medio mucho más propicio para un libro que se pretende sin principio ni final: como una continuidad dialógica donde el lector participa en el rearmado de una progresión narrativa por varios canales simultáneos, así como niveles de lectura, de realidad y de velocidad. Para Wróblewski y Bazarnik, el objetivo es “traducir el texto en forma cinemática, basados en un análisis interdisciplinario [de la misma]”.

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Esto permite al lector experimentar una lectura y una escucha simultáneas de un texto indócil, que no se apega a la forma-libro, o prestar atención a las extrañas melodías a través de varias voces, además de elegir ciertos pasajes para disparar otra serie de secuencias en video, de manera similar a como operan los dispositivos de ficción interactiva, donde el jugador-lector va construyendo su propia narrativa con la materia prima del programador-lector. En ese sentido, Joyce aparece no como el novelista sino como el programador de este “Meandertale” y “Meanderhalltale” (“¿Significandertal, Significantrohistoria?”) web, un término que los artistas utilizan para referirse “a dos de las innumerables bromas que componen el laberinto textual del Finnegans Wake”.

Para sus creadores fue fundamental basarse en el principio “de una visión cíclica de la historia” dado que el libro “comienza a media frase y termina con otra rota en el medio, que encuentra su continuación en la primera página: lo nuevo otra vez”.

No dejes de experimentar First We Feel Then We Fall y sacar tus propias conclusiones.

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Imagen por Chip Zdarsky.

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