Culturalmente la comparación entre las distintas edades del hombre ha sido inevitable, su jerarquización y valorización, el hecho de cada una —la niñez, la juventud, la edad adulta, la vejez— posee cualidades específicas, las cuales se convierten en símbolos y metáforas que buscan expresar esa singularidad.

La infancia es a un tiempo una floración y una primavera y un edén, la juventud es ardor y la ancianidad es un río calmo y sosegado, y, se piensa, hay veces en que una es mejor que otra, o al menos cualquiera parece mejor que esa última etapa en que el cuerpo parece no estar siempre de acuerdo con los mandatos de la voluntad y el pensamiento. Ser viejo ha significado para algunos una decadencia inevitable que desean evitar a cualquier costo —inútilmente.

De ahí las muchas fantasías inventadas para frenar los efectos del tiempo sobre una persona, los conjuros y los hechizos, los pactos con potencias sobrehumanas, los afeites y las recetas, todo para intentar satisfacer el deseo un tanto ingenuo de permanecer siempre joven.

Entre estas mención especial merece la legendaria Fuente de la Eterna Juventud, ese manantial mítico que volvía joven a quienquiera que bebiera de sus aguas o se bañara en ellas.

De los relatos que hablan sobre este sitio, probablemente el más influyente sea el de Juan Ponce de León, Adelantado de la corona española, conquistador y explorador que arribó a la península de Florida sin conocerla, solo buscando la codiciable fuente.

Al parecer Ponce de León y otros españoles se propusieron dicha meta luego de conocer una leyenda similar que contaban los arahuacos, naturales de Cuba y de Puerto Rico, sobre una tierra de abundancia y placer, Beimeni, que los europeos asociaron de inmediato con la Fuente de la Eterna Juventud y sus promesas de renovación.

Ponce de León prestó oídos a la historia y partió de Cuba con rumbo imaginado, arribando a tierra firme el 2 de abril de 1513. El 8 reclamó el descubrimiento en nombre de España y bautizó el territorio con el nombre de Florida, no se sabe si por la exuberancia vegetal que encontró o por el día de su llegada, día de la Pascua Florida.

Sea como fuere, desde entonces Florida y la Fuente de la Eterna Juventud se encuentran asociadas en el imaginario histórico y cultural de Occidente, una correspondencia que podría no parecer casual en vista de cierta atmósfera paradisiaca que desde siempre ha distinguido a esta península.

Y es que, a fin de cuentas, las leyendas del folclor universal, los mitos y las historias que se repiten generacionalmente hasta asimilarse en nuestro código genético, casi siempre hablan de algo para referirse a otra cosa, un juego retórico y simbólico que nos descubre ese carácter poliédrico de la realidad.

¿Cuál es la verdadera Fuente de la Juventud? ¿Cuál es ese Jardín de las Delicias de placer incesante? ¿Se le localiza en un punto geográfico, en un mapa o solo en nuestra propia mente?

Al respecto, un par de líneas de “La rosa de Paracelso”, uno de los últimos cuentos escritos por Jorge Luis Borges:

«—¿En qué otro sitio crees que estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?»

Culturalmente la comparación entre las distintas edades del hombre ha sido inevitable, su jerarquización y valorización, el hecho de cada una —la niñez, la juventud, la edad adulta, la vejez— posee cualidades específicas, las cuales se convierten en símbolos y metáforas que buscan expresar esa singularidad.

La infancia es a un tiempo una floración y una primavera y un edén, la juventud es ardor y la ancianidad es un río calmo y sosegado, y, se piensa, hay veces en que una es mejor que otra, o al menos cualquiera parece mejor que esa última etapa en que el cuerpo parece no estar siempre de acuerdo con los mandatos de la voluntad y el pensamiento. Ser viejo ha significado para algunos una decadencia inevitable que desean evitar a cualquier costo —inútilmente.

De ahí las muchas fantasías inventadas para frenar los efectos del tiempo sobre una persona, los conjuros y los hechizos, los pactos con potencias sobrehumanas, los afeites y las recetas, todo para intentar satisfacer el deseo un tanto ingenuo de permanecer siempre joven.

Entre estas mención especial merece la legendaria Fuente de la Eterna Juventud, ese manantial mítico que volvía joven a quienquiera que bebiera de sus aguas o se bañara en ellas.

De los relatos que hablan sobre este sitio, probablemente el más influyente sea el de Juan Ponce de León, Adelantado de la corona española, conquistador y explorador que arribó a la península de Florida sin conocerla, solo buscando la codiciable fuente.

Al parecer Ponce de León y otros españoles se propusieron dicha meta luego de conocer una leyenda similar que contaban los arahuacos, naturales de Cuba y de Puerto Rico, sobre una tierra de abundancia y placer, Beimeni, que los europeos asociaron de inmediato con la Fuente de la Eterna Juventud y sus promesas de renovación.

Ponce de León prestó oídos a la historia y partió de Cuba con rumbo imaginado, arribando a tierra firme el 2 de abril de 1513. El 8 reclamó el descubrimiento en nombre de España y bautizó el territorio con el nombre de Florida, no se sabe si por la exuberancia vegetal que encontró o por el día de su llegada, día de la Pascua Florida.

Sea como fuere, desde entonces Florida y la Fuente de la Eterna Juventud se encuentran asociadas en el imaginario histórico y cultural de Occidente, una correspondencia que podría no parecer casual en vista de cierta atmósfera paradisiaca que desde siempre ha distinguido a esta península.

Y es que, a fin de cuentas, las leyendas del folclor universal, los mitos y las historias que se repiten generacionalmente hasta asimilarse en nuestro código genético, casi siempre hablan de algo para referirse a otra cosa, un juego retórico y simbólico que nos descubre ese carácter poliédrico de la realidad.

¿Cuál es la verdadera Fuente de la Juventud? ¿Cuál es ese Jardín de las Delicias de placer incesante? ¿Se le localiza en un punto geográfico, en un mapa o solo en nuestra propia mente?

Al respecto, un par de líneas de “La rosa de Paracelso”, uno de los últimos cuentos escritos por Jorge Luis Borges:

«—¿En qué otro sitio crees que estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?»

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