Aunque la teoría del mesmerismo esté aún envuelta en dudas, sus sobrecogedoras realidades son ya casi universalmente admitidas.

Así da comienzo el fantástico relato de Edgar Alan Poe, Revelación mesmérica. En él, el escritor se sirve de una de las novedades médicas de la época para urdir una historia fantástica acerca de cierto estado visionario. Y la novedad médica en la que se basa es, precisamente, la que Franz Anton Mesmer propuso a comienzos del siglo XVIII. Una teoría que, como muy bien apuntó Poe, siempre estuvo envuelta e dudas, aunque en el momento fueron admitidas algunas de sus realidades.

Franz Anton Mesmer nació el 23 de mayo de 1734 Iznang, Alemania. En 1759 realizó estudios de medicina en la Universidad de Viena. En su temprana tesis De planetarum influxu in corpus humanum Mesmer estudió el influjo de la luna y los astros en el cuerpo humano y su correspondiente influencia en diversas enfermedades. En consonancia con sus postulados, Mesmer trató de curar a una joven paciente, Fraulein Oesterlin, que sufría graves y periódicas dolencias físicas. Poniendo en relación la periodicidad de los padecimientos de Oesterlin con los movimientos de las mareas, Mesmer dedujo que produciendo una marea artificial en su paciente lograría acabar con su enfermedad. El 28 de julio de 1774, hizo tomar a su paciente una solución de hierro, magnetizando interiormente su estómago y piernas para después irradiar su cuerpo con potentes imanes.

El éxito en el tratamiento se tradujo en una inmediata fama para Mesmer, aunque no exenta de controversia. La polémica en torno a sus procedimientos le llevó a trasladarse a París en 1777. Ya ahí, abrió su propia clínica con gran éxito. Su tratamiento estaba basado en la supuesta existencia de fluidos magnéticos que, presentes en el interior del cuerpo humano, se encuentran interconectados con cada elemento del universo. Así, la enfermedad estaría provocada por la interrupción, bloqueo o desequilibrio de estos flujos.

Tras su primera prueba con imanes, Mesmer se dio cuenta de que el propio médico, al poseer el mismo este flujo magnético, podía, con la simple imposición de sus manos, conectar los fluidos del paciente con los del universo, y restablecer así su salud. El llamado magnetismo animal era así canalizado y, a través de una “crisis magnética”, el paciente era sanado.

Las innatas cualidades comerciales del médico alemán le llevaron a desarrollar, ante la desconcertante afluencia de personas a su clínica, un aparejo llamado baquet, capaz de concentrar el fluido magnético y tratar a veinte pacientes a la vez.

Hacia 1785 varios episodios provocaron la caída de Mesmer. Por un lado, una sucesión de fracasos terapéuticos; por otro, la publicación de los resultados obtenidos en una investigación oficial acerca de sus experimentos, donde se concluía que no existía prueba alguna de la existencia de tal fluido magnético.

A pesar de las justificadas dudas a las que aludía Poe en su relato, y al halo de oscurantismo y misterio que recubre las teorías de Mesmer, el desarrollo de sus propuestas a manos de algunos sucesores favoreció el desarrollo de la psicoterapia moderna. El mesmerismo, ampliado por descubrimientos sucesivos y continuas rectificaciones, extiende su influjo hasta Sigmund Freud. Curiosamente, la defensa, real o literaria, que Poe hace de él en su relato, resultó ser, como tantas otras cosas apuntadas por el poeta norteamericano, profética.

Aunque la teoría del mesmerismo esté aún envuelta en dudas, sus sobrecogedoras realidades son ya casi universalmente admitidas.

Así da comienzo el fantástico relato de Edgar Alan Poe, Revelación mesmérica. En él, el escritor se sirve de una de las novedades médicas de la época para urdir una historia fantástica acerca de cierto estado visionario. Y la novedad médica en la que se basa es, precisamente, la que Franz Anton Mesmer propuso a comienzos del siglo XVIII. Una teoría que, como muy bien apuntó Poe, siempre estuvo envuelta e dudas, aunque en el momento fueron admitidas algunas de sus realidades.

Franz Anton Mesmer nació el 23 de mayo de 1734 Iznang, Alemania. En 1759 realizó estudios de medicina en la Universidad de Viena. En su temprana tesis De planetarum influxu in corpus humanum Mesmer estudió el influjo de la luna y los astros en el cuerpo humano y su correspondiente influencia en diversas enfermedades. En consonancia con sus postulados, Mesmer trató de curar a una joven paciente, Fraulein Oesterlin, que sufría graves y periódicas dolencias físicas. Poniendo en relación la periodicidad de los padecimientos de Oesterlin con los movimientos de las mareas, Mesmer dedujo que produciendo una marea artificial en su paciente lograría acabar con su enfermedad. El 28 de julio de 1774, hizo tomar a su paciente una solución de hierro, magnetizando interiormente su estómago y piernas para después irradiar su cuerpo con potentes imanes.

El éxito en el tratamiento se tradujo en una inmediata fama para Mesmer, aunque no exenta de controversia. La polémica en torno a sus procedimientos le llevó a trasladarse a París en 1777. Ya ahí, abrió su propia clínica con gran éxito. Su tratamiento estaba basado en la supuesta existencia de fluidos magnéticos que, presentes en el interior del cuerpo humano, se encuentran interconectados con cada elemento del universo. Así, la enfermedad estaría provocada por la interrupción, bloqueo o desequilibrio de estos flujos.

Tras su primera prueba con imanes, Mesmer se dio cuenta de que el propio médico, al poseer el mismo este flujo magnético, podía, con la simple imposición de sus manos, conectar los fluidos del paciente con los del universo, y restablecer así su salud. El llamado magnetismo animal era así canalizado y, a través de una “crisis magnética”, el paciente era sanado.

Las innatas cualidades comerciales del médico alemán le llevaron a desarrollar, ante la desconcertante afluencia de personas a su clínica, un aparejo llamado baquet, capaz de concentrar el fluido magnético y tratar a veinte pacientes a la vez.

Hacia 1785 varios episodios provocaron la caída de Mesmer. Por un lado, una sucesión de fracasos terapéuticos; por otro, la publicación de los resultados obtenidos en una investigación oficial acerca de sus experimentos, donde se concluía que no existía prueba alguna de la existencia de tal fluido magnético.

A pesar de las justificadas dudas a las que aludía Poe en su relato, y al halo de oscurantismo y misterio que recubre las teorías de Mesmer, el desarrollo de sus propuestas a manos de algunos sucesores favoreció el desarrollo de la psicoterapia moderna. El mesmerismo, ampliado por descubrimientos sucesivos y continuas rectificaciones, extiende su influjo hasta Sigmund Freud. Curiosamente, la defensa, real o literaria, que Poe hace de él en su relato, resultó ser, como tantas otras cosas apuntadas por el poeta norteamericano, profética.

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