La historia no siempre es justa. Junto a nombres que todos reconocemos de inmediato –como el de Fernando de Magallanes o Bernal Díaz del Castillo–, se encuentran otros no menos asombrosos pero injustamente olvidados. Tal es el caso de Francisco Hernández, natural de Toledo, probablemente uno de los eruditos más notables de su tiempo y, con todo, ahora conocido apenas por un puñado de especialistas

Para la imaginación europea el descubrimiento de todo un continente desencadenó un proceso que bien podría compararse a una expansión de conciencia. Como si de pronto, en la casa donde siempre vivimos, abriéramos una puerta que nunca nos habíamos atrevido a cruzar o que ni siquiera habíamos notado, y descubriéramos que conduce a un jardín enorme y exuberante. En parte, eso fue América para los europeos del siglo XV.

En este sentido, las historias de los exploradores que registraron las maravillas del “Nuevo Mundo” son conocidas e incluso cabe calificarlas de legendarias. Pocos se han encontrado en la envidiable situación de mirar por primera vez algo que una buena parte de la humanidad nunca había visto antes, de describirlo, saborearlo, olerlo. En una palabra: de sentir por vez primera el asalto de la sorpresa en la vista de un animal desconocido, el improbable olor y el sabor de una flor o un fruto cuyas formas nunca se habían observado, el tránsito por paisajes que se ofrecían por vez primera a su percepción e incluso el trato con personas con una visión del mundo radicalmente distinta.

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Hernández comenzó a destacar cuando, a mediados del siglo XVI, tradujo los 37 tomos de la Historia natural de Plinio, trabajo por cual comenzó a ganar el reconocimiento que eventualmente lo llevaría a la corte, cuando en 1565 Felipe II lo nombró médico del rey. Más tarde, en 1571 y también por nombramiento del rey, Hernández encabezó la primera expedición científica de Europa hacia América, en calidad de “protomédico general de nuestras Indias, islas y tierra firme del mar Océano”. Durante 7 años, el científico viajó por la Nueva España acompañado de su hijo y geógrafos, pintores, botánicos y médicos indígenas, con quienes registró la flora y fauna de la zona y, notablemente, Francisco-Hernandez1las propiedades medicinales de las especies observadas.

Por sus anotaciones, la obra de Hernández podría mirarse como un trabajo de reinvención de la realidad. Un mundo existía, América, pero como decíamos al inicio, para los ojos de los europeos es como si este hubiera surgido de la nada y en un instante, pero ya completamente creado –como en ciertas fantasías del folclor universal en que un personaje es capaz de construir un palacio de la noche a la mañana.

En la versión abreviada de Nardi Antonio Recchi, el libro abunda en ilustraciones detalladas de las plantas y animales registrados por el médico y su equipo. En varios casos la descripción en latín está coronada por el nombre de la planta o el animal en náhuatl, una síntesis peculiar en donde lo imaginario irrumpe en el corazón mismo de la metodología científica por medio de sonidos difícilmente pronunciables y palabras desconocidas.

En este sentido, es posible que más allá de su valor histórico y científico, el trabajo de Hernández tenga relevancia en otro ámbito quizá menos evidente pero no por ello menos decisivo. Un terreno más o menos azaroso en donde no siempre quedan huellas materiales de los efectos causados sin que ello mine su realidad: la imaginación.

De manera precisa y lúcida, el historiador mexicano Edmundo O’Gorman llamó “la invención de América” al proceso cultural por el que la conciencia europea comenzó a percibir dicho continente. Al “descubrimiento” con que usualmente se habla del encuentro de ambas identidades, O’Gorman opuso ese concepto que más bien evoca las capacidades de la fabulación. Explorar, después de todo, parece ser la acción de inventar al paso, de imaginar el “podría ser” de lo que ya es, inventar un nombre incluso si este ya existe. Esto es precisamente lo que Francisco Hernández hizo, quizá como ningún otro, en la Nueva España.

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Imágenes: Francisco Hernandez, Nova plantarum, animalium et mineralium Mexicanorum historia, Roma, 1651.

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La historia no siempre es justa. Junto a nombres que todos reconocemos de inmediato –como el de Fernando de Magallanes o Bernal Díaz del Castillo–, se encuentran otros no menos asombrosos pero injustamente olvidados. Tal es el caso de Francisco Hernández, natural de Toledo, probablemente uno de los eruditos más notables de su tiempo y, con todo, ahora conocido apenas por un puñado de especialistas

Para la imaginación europea el descubrimiento de todo un continente desencadenó un proceso que bien podría compararse a una expansión de conciencia. Como si de pronto, en la casa donde siempre vivimos, abriéramos una puerta que nunca nos habíamos atrevido a cruzar o que ni siquiera habíamos notado, y descubriéramos que conduce a un jardín enorme y exuberante. En parte, eso fue América para los europeos del siglo XV.

En este sentido, las historias de los exploradores que registraron las maravillas del “Nuevo Mundo” son conocidas e incluso cabe calificarlas de legendarias. Pocos se han encontrado en la envidiable situación de mirar por primera vez algo que una buena parte de la humanidad nunca había visto antes, de describirlo, saborearlo, olerlo. En una palabra: de sentir por vez primera el asalto de la sorpresa en la vista de un animal desconocido, el improbable olor y el sabor de una flor o un fruto cuyas formas nunca se habían observado, el tránsito por paisajes que se ofrecían por vez primera a su percepción e incluso el trato con personas con una visión del mundo radicalmente distinta.

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Hernández comenzó a destacar cuando, a mediados del siglo XVI, tradujo los 37 tomos de la Historia natural de Plinio, trabajo por cual comenzó a ganar el reconocimiento que eventualmente lo llevaría a la corte, cuando en 1565 Felipe II lo nombró médico del rey. Más tarde, en 1571 y también por nombramiento del rey, Hernández encabezó la primera expedición científica de Europa hacia América, en calidad de “protomédico general de nuestras Indias, islas y tierra firme del mar Océano”. Durante 7 años, el científico viajó por la Nueva España acompañado de su hijo y geógrafos, pintores, botánicos y médicos indígenas, con quienes registró la flora y fauna de la zona y, notablemente, Francisco-Hernandez1las propiedades medicinales de las especies observadas.

Por sus anotaciones, la obra de Hernández podría mirarse como un trabajo de reinvención de la realidad. Un mundo existía, América, pero como decíamos al inicio, para los ojos de los europeos es como si este hubiera surgido de la nada y en un instante, pero ya completamente creado –como en ciertas fantasías del folclor universal en que un personaje es capaz de construir un palacio de la noche a la mañana.

En la versión abreviada de Nardi Antonio Recchi, el libro abunda en ilustraciones detalladas de las plantas y animales registrados por el médico y su equipo. En varios casos la descripción en latín está coronada por el nombre de la planta o el animal en náhuatl, una síntesis peculiar en donde lo imaginario irrumpe en el corazón mismo de la metodología científica por medio de sonidos difícilmente pronunciables y palabras desconocidas.

En este sentido, es posible que más allá de su valor histórico y científico, el trabajo de Hernández tenga relevancia en otro ámbito quizá menos evidente pero no por ello menos decisivo. Un terreno más o menos azaroso en donde no siempre quedan huellas materiales de los efectos causados sin que ello mine su realidad: la imaginación.

De manera precisa y lúcida, el historiador mexicano Edmundo O’Gorman llamó “la invención de América” al proceso cultural por el que la conciencia europea comenzó a percibir dicho continente. Al “descubrimiento” con que usualmente se habla del encuentro de ambas identidades, O’Gorman opuso ese concepto que más bien evoca las capacidades de la fabulación. Explorar, después de todo, parece ser la acción de inventar al paso, de imaginar el “podría ser” de lo que ya es, inventar un nombre incluso si este ya existe. Esto es precisamente lo que Francisco Hernández hizo, quizá como ningún otro, en la Nueva España.

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Imágenes: Francisco Hernandez, Nova plantarum, animalium et mineralium Mexicanorum historia, Roma, 1651.

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