¿Has tenido sueños donde te ves a ti mismo haciendo cosas que, mucho después en tu vida, resultan ciertas? La cualidad de recordar los sueños, así como de integrarlos a nuestras vidas como parte de la experiencia vital, es un campo que ha sido dejado de lado por la ciencia, para la que los sueños siguen siendo inexplicables, o bien, simples productos secundarios de las vivencias de la vigilia.

El doctor en antropología Eric Wargo tiene otra forma de afrontar el problema de los sueños: según él, los sueños precognitivos (aquellos donde podemos ver el futuro), así como los fenómenos etiquetados como “parapsicológicos” o misteriosos, no son más que manifestaciones de nuestra propia conciencia —sólo que a través de una larga línea de tiempo.

En otras palabras, los sueños donde vemos el futuro, la serendipia o los deja vú, no son más que manifestaciones de nuestra propia conciencia: mensajes de nosotros hacia nosotros mismos, que sin embargo sufren distorsiones y que, en suma, no parece que puedan afectar los posibles resultados.

El lugar donde los fenómenos del sueño y la física cuántica se unen es el campo de experimentación del antropólogo y escritor Eric Wargo. Para dar sustento a sus teorías (publicadas en el libro Time Loops: Precognition, Retrocausation, and the Unconscious), echa mano de una interpretación novedosa (y en ocasiones problemática) del inconsciente freudiano, aderezado con referencias a la ciencia ficción y física cuántica.

Para ejemplificar este interesante problema, Wargo desarrolla la idea de que los sueños premonitorios funcionan como agujeros de gusano y viajes en el tiempo. Según una conocida paradoja, la cual incluso se ha colado al imaginario de la cultura popular, un viajero del tiempo que regrese al pasado y mate a su abuelo se encontraría con el problema de que probablemente dejaría de existir en ese mismo instante, pues al asesinar a su abuelo o su padre, él jamás habría existido. Pero el físico ruso Igor Novikov argumentó que las leyes físicas incluyen un principio de auto-consistencia, según las cuales, si un objeto viaja de un punto B en el futuro hacia un punto A, en el pasado, su viaje no interfiere con su propia entrada en el agujero de gusano. Lo que ocurriría sería una especie de “darwinismo” cuántico, según el cual el viaje de regreso al punto A, de hecho, facilitaría su posterior entrada en el punto B.

Wargo ejemplifica esta paradoja con una relectura del famoso capítulo II de Sobre la interpretación de los sueños, de Sigmund Freud. Ahí, en resumidas cuentas, Freud describe un sueño que tuvo en 1895: su yo-onírico está observando la boca de una paciente suya, “Irma”, en cuyo interior observa una mancha blanca y partes del conducto nasal, los cuales no deberían ser visibles. A la paciente le cuesta mucho trabajo abrir la boca. Esto llama la atención de Freud y llama a un trío de colegas, quienes revisan a la paciente, y concluyen que las lesiones en la boca de “Irma” se deben a una “jeringa sucia”.

Freud argumentó en su seminal tratado sobre los sueños que la función de estos en la economía libidinal es “realizar” deseos que la mente consciente no puede aceptar. Así, la interpretación clásica del sueño de “Irma” es que Freud se estaba librando a sí mismo de una acusación de mala praxis médica. Pero según Wargo, este sueño de Freud en realidad podría ser un sueño premonitorio de la enfermedad que lo aquejaría tres décadas después: un agresivo cáncer de mandíbula por el cual tendrían que removerle parte de ella, y cuyos efectos habrían de incluir dificultades para abrir la boca, e incluso para hablar. Esto también explicaría los abscesos y la “mancha blanca” al fondo de la lengua. Wargo lo explica así:

“En suma, el sueño más famoso de Freud fue como una pelota de billar enviada hacia su yo más joven por su cerebro de 68 años [cuando los síntomas del cáncer se manifestaron]. La gran bola de billar que lo encaminó a ser el gran pionero del nuevo método llamado psicoanálisis era también un deseo de su yo-futuro de que él hubiera hecho algunas cosas distintas cuando era joven, incluyendo ser menos inflexible a la idea de que los sueños eran sólo realizaciones escondidas de deseos reprimidos. Era una encrucijada de la que no podía salir. Es por eso que digo que no fue coincidencia que su sueño más famoso y significativo se centrara en la circunstancia más grave de su vejez: tenía que ser un tiro particularmente poderoso y significativo para desviarlo en la justa dirección, tantos años antes.”

Revisadas con premura, las teorías de Wargo pueden parecer difíciles de comprender (después de todo, requieren familiaridad con campos del saber muy distintos, desde psicoanálisis freudiano hasta física cuántica). Pero leerlas, con el mismo ímpetu aventurero que él tiene al escribirlas en su famoso blog The Night Shirt), puede llevarnos a recorrer avenidas poco transitadas sobre los fenómenos de la conciencia. Después de todo, su explicación de la precognición ofrece una versión materialista para muchos fenómenos inexplicables, desde la cuestión de Dios hasta el dilema del observador en física de partículas. Además, nos lleva a pensar que la conciencia sigue siendo ese territorio inexplorado del cual (en el pasado tanto como en el futuro), nos encontramos asistiendo a nuestra propia experiencia de aprendizaje.

 

 

Imagen: Creative Commons

¿Has tenido sueños donde te ves a ti mismo haciendo cosas que, mucho después en tu vida, resultan ciertas? La cualidad de recordar los sueños, así como de integrarlos a nuestras vidas como parte de la experiencia vital, es un campo que ha sido dejado de lado por la ciencia, para la que los sueños siguen siendo inexplicables, o bien, simples productos secundarios de las vivencias de la vigilia.

El doctor en antropología Eric Wargo tiene otra forma de afrontar el problema de los sueños: según él, los sueños precognitivos (aquellos donde podemos ver el futuro), así como los fenómenos etiquetados como “parapsicológicos” o misteriosos, no son más que manifestaciones de nuestra propia conciencia —sólo que a través de una larga línea de tiempo.

En otras palabras, los sueños donde vemos el futuro, la serendipia o los deja vú, no son más que manifestaciones de nuestra propia conciencia: mensajes de nosotros hacia nosotros mismos, que sin embargo sufren distorsiones y que, en suma, no parece que puedan afectar los posibles resultados.

El lugar donde los fenómenos del sueño y la física cuántica se unen es el campo de experimentación del antropólogo y escritor Eric Wargo. Para dar sustento a sus teorías (publicadas en el libro Time Loops: Precognition, Retrocausation, and the Unconscious), echa mano de una interpretación novedosa (y en ocasiones problemática) del inconsciente freudiano, aderezado con referencias a la ciencia ficción y física cuántica.

Para ejemplificar este interesante problema, Wargo desarrolla la idea de que los sueños premonitorios funcionan como agujeros de gusano y viajes en el tiempo. Según una conocida paradoja, la cual incluso se ha colado al imaginario de la cultura popular, un viajero del tiempo que regrese al pasado y mate a su abuelo se encontraría con el problema de que probablemente dejaría de existir en ese mismo instante, pues al asesinar a su abuelo o su padre, él jamás habría existido. Pero el físico ruso Igor Novikov argumentó que las leyes físicas incluyen un principio de auto-consistencia, según las cuales, si un objeto viaja de un punto B en el futuro hacia un punto A, en el pasado, su viaje no interfiere con su propia entrada en el agujero de gusano. Lo que ocurriría sería una especie de “darwinismo” cuántico, según el cual el viaje de regreso al punto A, de hecho, facilitaría su posterior entrada en el punto B.

Wargo ejemplifica esta paradoja con una relectura del famoso capítulo II de Sobre la interpretación de los sueños, de Sigmund Freud. Ahí, en resumidas cuentas, Freud describe un sueño que tuvo en 1895: su yo-onírico está observando la boca de una paciente suya, “Irma”, en cuyo interior observa una mancha blanca y partes del conducto nasal, los cuales no deberían ser visibles. A la paciente le cuesta mucho trabajo abrir la boca. Esto llama la atención de Freud y llama a un trío de colegas, quienes revisan a la paciente, y concluyen que las lesiones en la boca de “Irma” se deben a una “jeringa sucia”.

Freud argumentó en su seminal tratado sobre los sueños que la función de estos en la economía libidinal es “realizar” deseos que la mente consciente no puede aceptar. Así, la interpretación clásica del sueño de “Irma” es que Freud se estaba librando a sí mismo de una acusación de mala praxis médica. Pero según Wargo, este sueño de Freud en realidad podría ser un sueño premonitorio de la enfermedad que lo aquejaría tres décadas después: un agresivo cáncer de mandíbula por el cual tendrían que removerle parte de ella, y cuyos efectos habrían de incluir dificultades para abrir la boca, e incluso para hablar. Esto también explicaría los abscesos y la “mancha blanca” al fondo de la lengua. Wargo lo explica así:

“En suma, el sueño más famoso de Freud fue como una pelota de billar enviada hacia su yo más joven por su cerebro de 68 años [cuando los síntomas del cáncer se manifestaron]. La gran bola de billar que lo encaminó a ser el gran pionero del nuevo método llamado psicoanálisis era también un deseo de su yo-futuro de que él hubiera hecho algunas cosas distintas cuando era joven, incluyendo ser menos inflexible a la idea de que los sueños eran sólo realizaciones escondidas de deseos reprimidos. Era una encrucijada de la que no podía salir. Es por eso que digo que no fue coincidencia que su sueño más famoso y significativo se centrara en la circunstancia más grave de su vejez: tenía que ser un tiro particularmente poderoso y significativo para desviarlo en la justa dirección, tantos años antes.”

Revisadas con premura, las teorías de Wargo pueden parecer difíciles de comprender (después de todo, requieren familiaridad con campos del saber muy distintos, desde psicoanálisis freudiano hasta física cuántica). Pero leerlas, con el mismo ímpetu aventurero que él tiene al escribirlas en su famoso blog The Night Shirt), puede llevarnos a recorrer avenidas poco transitadas sobre los fenómenos de la conciencia. Después de todo, su explicación de la precognición ofrece una versión materialista para muchos fenómenos inexplicables, desde la cuestión de Dios hasta el dilema del observador en física de partículas. Además, nos lleva a pensar que la conciencia sigue siendo ese territorio inexplorado del cual (en el pasado tanto como en el futuro), nos encontramos asistiendo a nuestra propia experiencia de aprendizaje.

 

 

Imagen: Creative Commons