Freya Stark no sólo fue una sofisticada viajera y exploradora inglesa, también fue una escritora de prosa hermosamente moderada que se interesó más por los cambios y transformaciones en las razas humanas que por los objetos encontrados en su camino. Viajó, entre muchos otros lugares, a Siria, Persia, Irak, Palestina y Arabia Saudí y pudo comunicar la vida de las personas: el sufrimiento, la enfermedad o la inseguridad, y la magia del Oriente de una manera que ninguna otra persona de la clase alta inglesa había podido hacer.

Su historia comenzó cuando tenía nueve años y recibió una copia de Las mil y una noches y quedó fascinada con el Oriente. Pero ¿quién que haya leído Las mil y una noches no está infatuayo ya con el Oriente? Ella, a partir de su lectura, aprendió a leer árabe y persa y se fue a Londres a estudiar historia para después, como si el lenguaje le hubiera abierto las puertas del mundo, zarpar en su primer viaje hacia Beirut. Viajaba con Jane Austen y Virgilio en la bolsa y hablaba de los beduinos que “descansan en la superficie del mundo como una gaviota en una ola”. Las cartas que escribió a su familia y amigos fueron recopiladas en nueve volúmenes que se publicaron entre 1974 y 1988.

19412s

Pero más que una “exótica” antropóloga, Stark fue una brillante etnógrafa que atestiguaba sus encuentros con las personas y los acontecimientos extraños que le sucedían a diario. Cuidaba siempre los detalles de su vestuario y portaba clase por las calles, tomando inteligentemente absoluta ventaja de su sexo:

“El mejor y casi el único consuelo de ser mujer es que una siempre puede pretender ser más tonta de lo que es y nadie se sorprende”, decía en una de sus cartas, donde también nos enteramos que vivía rodeada de fantasmas y amores imaginarios como si fuera un personaje de la literatura. Pero además de sus exploraciones, ensoñaciones y recuentos del Islam, Freya aprovechó su posición en el mapa y se ofrecpara ió a ayudar a Inglaterra como propagandista de la Segunda Guerra Mundial.

Durante esta época fundó el Brotherhood of Freedom (Hermandad de la libertad), una organización de simpatizantes Aliados que pretendían convencer a los egipcios que estarían mejor con el diablo Inglés que ya conocían que con el monstruo Axis que no. Se convirtió desde luego en un escándalo y una darling de las comunidades diplomáticas, que la consideraron suficientemente impresionante para mantenerla cerca durante todo el periodo de guerras.

184104

Con todo esto, la importancia de Stark es difícil de trazar, ya que ocupa las fronteras de las literatura, la política y la exploración. Lo cierto es que la insólita combinación que encarnó al ser una valiente leonesa que se aventuró sola al Medio Oriente por una infatuación, y la hipnotizante delicadeza con la que escribió sus bitácoras y su autobiografía es cautivadora, por decir lo menos. Stark, a pesar de su profesada creencia en la superioridad del Imperio Británico, caminaba suavemente por el mundo del pasado y lo traía al presente sin pensar en apropiarse de nada sino en, más bien, capturarlo con palabras en sus diarios: “Siempre he preferido las cosas cuando están vestidas de palabras”.

Sus bitácoras de viaje son en sí mismas un viaje hipnotizante por lugares que todos deberíamos tener la fuerza de visitar. Freya fue la dama que llegó a Oriente no para conquistarlo sino para vivirlo y tener un romance con él.

Uno sólo puede viajar si se deja ir y toma lo que cada lugar ofrece sin tratar de convertirlo en un modelo sano y privado de uno mismo y supongo que esa es la diferencia entre el viaje y el turismo.

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Freya Stark no sólo fue una sofisticada viajera y exploradora inglesa, también fue una escritora de prosa hermosamente moderada que se interesó más por los cambios y transformaciones en las razas humanas que por los objetos encontrados en su camino. Viajó, entre muchos otros lugares, a Siria, Persia, Irak, Palestina y Arabia Saudí y pudo comunicar la vida de las personas: el sufrimiento, la enfermedad o la inseguridad, y la magia del Oriente de una manera que ninguna otra persona de la clase alta inglesa había podido hacer.

Su historia comenzó cuando tenía nueve años y recibió una copia de Las mil y una noches y quedó fascinada con el Oriente. Pero ¿quién que haya leído Las mil y una noches no está infatuayo ya con el Oriente? Ella, a partir de su lectura, aprendió a leer árabe y persa y se fue a Londres a estudiar historia para después, como si el lenguaje le hubiera abierto las puertas del mundo, zarpar en su primer viaje hacia Beirut. Viajaba con Jane Austen y Virgilio en la bolsa y hablaba de los beduinos que “descansan en la superficie del mundo como una gaviota en una ola”. Las cartas que escribió a su familia y amigos fueron recopiladas en nueve volúmenes que se publicaron entre 1974 y 1988.

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Pero más que una “exótica” antropóloga, Stark fue una brillante etnógrafa que atestiguaba sus encuentros con las personas y los acontecimientos extraños que le sucedían a diario. Cuidaba siempre los detalles de su vestuario y portaba clase por las calles, tomando inteligentemente absoluta ventaja de su sexo:

“El mejor y casi el único consuelo de ser mujer es que una siempre puede pretender ser más tonta de lo que es y nadie se sorprende”, decía en una de sus cartas, donde también nos enteramos que vivía rodeada de fantasmas y amores imaginarios como si fuera un personaje de la literatura. Pero además de sus exploraciones, ensoñaciones y recuentos del Islam, Freya aprovechó su posición en el mapa y se ofrecpara ió a ayudar a Inglaterra como propagandista de la Segunda Guerra Mundial.

Durante esta época fundó el Brotherhood of Freedom (Hermandad de la libertad), una organización de simpatizantes Aliados que pretendían convencer a los egipcios que estarían mejor con el diablo Inglés que ya conocían que con el monstruo Axis que no. Se convirtió desde luego en un escándalo y una darling de las comunidades diplomáticas, que la consideraron suficientemente impresionante para mantenerla cerca durante todo el periodo de guerras.

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Con todo esto, la importancia de Stark es difícil de trazar, ya que ocupa las fronteras de las literatura, la política y la exploración. Lo cierto es que la insólita combinación que encarnó al ser una valiente leonesa que se aventuró sola al Medio Oriente por una infatuación, y la hipnotizante delicadeza con la que escribió sus bitácoras y su autobiografía es cautivadora, por decir lo menos. Stark, a pesar de su profesada creencia en la superioridad del Imperio Británico, caminaba suavemente por el mundo del pasado y lo traía al presente sin pensar en apropiarse de nada sino en, más bien, capturarlo con palabras en sus diarios: “Siempre he preferido las cosas cuando están vestidas de palabras”.

Sus bitácoras de viaje son en sí mismas un viaje hipnotizante por lugares que todos deberíamos tener la fuerza de visitar. Freya fue la dama que llegó a Oriente no para conquistarlo sino para vivirlo y tener un romance con él.

Uno sólo puede viajar si se deja ir y toma lo que cada lugar ofrece sin tratar de convertirlo en un modelo sano y privado de uno mismo y supongo que esa es la diferencia entre el viaje y el turismo.

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