Se puede pensar en Fritjof Schuon como uno de los últimos sabios de la era moderna. Su porte magnánimo, su imperturbable elegancia, la justeza de su palabra y lo preclaro de su pensamiento, nos hacen pensar en esos individuos remotos e iluminados de los que nos hablan los textos sagrados. Con la diferencia de que Schuon vivió y murió en pleno siglo veinte, lo que envuelve sus enseñanzas en un halo de extraña atemporalidad.

Influenciado en su juventud por el pensamiento del filósofo orientalista René Guénon, Schuon estudió a profundidad las diferentes corrientes religiosas, tanto de Oriente como de Occidente, para destilar aquello que, junto a otros representantes como el propio Guénon o el también orientalista Ananda Coomaraswamy, fue llamado Religio perennis. Lo importante para estos autores era la corriente universal que subyace en todas las religiones humanas, independientemente de su credo. Y esa esencia o conocimiento perenne podía reducirse, según Schuon, al discernimiento entre lo Real y lo Ilusorio, lo permanente y lo impermanente, Âtma y Mâyâ.

La verdad es una, viene a decirnos Schuon, pero al ser manifestada a través del intelecto humano, al que es dada una Revelación, adopta múltiples formas (del mismo modo que existe una pluralidad de figuras geométricas para dar cuenta de la naturaleza única del espacio).

Existen numerosas entrevistas filmadas de Fritjof Schuon. En el último periodo de su vida, el filósofo, pintor y poeta, recibió en su casa a multitud de seguidores que anhelaban conocer de primera mano las opiniones del maestro acerca de cuestiones fundamentales de la vida. Una y otra vez, el sabio repetía los rasgos esenciales de su pensamiento, dando una especial importancia a la oración. Rezar de manera canónica, de manera personal, o mediante el acto contemplativo que instaura la oración en el corazón, era para Schuon la única vía para acercarse al Absoluto.

En plena era de relativismo moral y cientifismo, Schuon ofrecía las claves para una honda comprensión de lo humano y lo divino, recuperando la idea de una religión primordial, purificada de las excrecencias históricas y dogmáticas de las diferentes instituciones. Dignidad, nobleza, belleza, y humildad, son algunas de las virtudes que Schuon trataba de rescatar en un tiempo que ya zozobraba en las aguas de la descreída postmodernidad.

En una de esas entrevistas, a la petición de que definiera la humildad, una virtud tan lastrada por la noción cristiana del sacrificio y tan escasa en las relaciones interpersonales de nuestro tiempo, Schuon respondió categórico: “la objetividad con uno mismo”.

 
 

 

 

Imagen: Dominio público

Se puede pensar en Fritjof Schuon como uno de los últimos sabios de la era moderna. Su porte magnánimo, su imperturbable elegancia, la justeza de su palabra y lo preclaro de su pensamiento, nos hacen pensar en esos individuos remotos e iluminados de los que nos hablan los textos sagrados. Con la diferencia de que Schuon vivió y murió en pleno siglo veinte, lo que envuelve sus enseñanzas en un halo de extraña atemporalidad.

Influenciado en su juventud por el pensamiento del filósofo orientalista René Guénon, Schuon estudió a profundidad las diferentes corrientes religiosas, tanto de Oriente como de Occidente, para destilar aquello que, junto a otros representantes como el propio Guénon o el también orientalista Ananda Coomaraswamy, fue llamado Religio perennis. Lo importante para estos autores era la corriente universal que subyace en todas las religiones humanas, independientemente de su credo. Y esa esencia o conocimiento perenne podía reducirse, según Schuon, al discernimiento entre lo Real y lo Ilusorio, lo permanente y lo impermanente, Âtma y Mâyâ.

La verdad es una, viene a decirnos Schuon, pero al ser manifestada a través del intelecto humano, al que es dada una Revelación, adopta múltiples formas (del mismo modo que existe una pluralidad de figuras geométricas para dar cuenta de la naturaleza única del espacio).

Existen numerosas entrevistas filmadas de Fritjof Schuon. En el último periodo de su vida, el filósofo, pintor y poeta, recibió en su casa a multitud de seguidores que anhelaban conocer de primera mano las opiniones del maestro acerca de cuestiones fundamentales de la vida. Una y otra vez, el sabio repetía los rasgos esenciales de su pensamiento, dando una especial importancia a la oración. Rezar de manera canónica, de manera personal, o mediante el acto contemplativo que instaura la oración en el corazón, era para Schuon la única vía para acercarse al Absoluto.

En plena era de relativismo moral y cientifismo, Schuon ofrecía las claves para una honda comprensión de lo humano y lo divino, recuperando la idea de una religión primordial, purificada de las excrecencias históricas y dogmáticas de las diferentes instituciones. Dignidad, nobleza, belleza, y humildad, son algunas de las virtudes que Schuon trataba de rescatar en un tiempo que ya zozobraba en las aguas de la descreída postmodernidad.

En una de esas entrevistas, a la petición de que definiera la humildad, una virtud tan lastrada por la noción cristiana del sacrificio y tan escasa en las relaciones interpersonales de nuestro tiempo, Schuon respondió categórico: “la objetividad con uno mismo”.

 
 

 

 

Imagen: Dominio público