Fujiko Nakaya (Sapporo, Japón, 1933) es de las pocas artistas en el mundo que utiliza la niebla para hacer arte. Se trata un de medio que, además de su efímera naturaleza, tiene una presencia fantasmagórica, movediza, borrosa —y es capaz de dotar a casi lo que la rodea de cualidades similares. Así, podría decirse que ella no trabaja con la niebla (como si ésta fuera una herramienta), sino más bien colabora sutilmente en un fenómeno mitad meteorológico y mitad artístico.

De padre físico (el primer científico en hacer copos de nieve artificiales), Nakaya emigró con su familia a Estados Unidos donde estudió arte a comienzos de la década de 1950; volvería a su país natal en 1960. Los inicios de su carrera ya perfilaban su posterior fijación con la naturaleza —pintaba flores marchitas— y, especialmente, por los fenómenos del clima: en sus etapas tempranas solía hacer pinturas de nubes.

La primera instalación meteorológica de la japonesa, esa que la convertiría en una artista de la niebla, se dio cuando fue parte de Experiments in Art and Technology (EAT), una organización que promovía las colaboraciones entre artistas y científicos, generalmente ingenieros. En 1970, la EAT, diseñó el pabellón de Pepsi-Cola en la Expo de 1970 en Osaka, la primera exposición internacional realizada en aquella ciudad y un suceso totalmente trascendente para la vanguardia artística de Japón. Fue entonces cuando Nakaya decidió inundar un pabellón entero de niebla con ayuda de un físico atmosférico llamado Thomas Mee.

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A partir de esto, la japonesa ha usado la tecnología que se desarrolló para esa primera pieza, con algunas modificaciones, en sus siguientes instalaciones de niebla. En las décadas siguientes, Nakaya ganó fama internacional como videoartista y también como defensora de las artes alternativas. A la par, continuó con sus espectaculares instalaciones de niebla, que viajaron por Estados Unidos, Europa, Japón y Australia. En 1990, trabajó con el arquitecto Atsushi Kitagawara para crear un parque que envolviera en densa neblina a quienes lo visitaban dos veces cada hora —una pieza que permitía que los visitantes se perdieran y reencontraran entre las nubes, y que hablaba silenciosamente sobre la muerte y el renacimiento.

El arte de Nakaya consiste en varias decisiones: la ubicación de los tubos que emiten la incorpórea sustancia dentro de un espacio específico, los tiempos de emisión y el volumen y densidad de la niebla. Estos son los parámetros que ella domina y que juntos resultan en composiciones hechas, simplemente, de diminutas gotas flotantes de agua.

Sucesos que oscilan entre el Land Art y el arte conceptual, las esculturas de Nakaya no son objetos hermosos que se pueden ver o exhibir propiamente: hay que entrar en ellas y, como las aguas de un río o un mar, siempre son distintas para cada uno que las habita. Para la artista japonesa la niebla es, sobre todo, un medio de transmisión de la luz y la sombra (física y metafóricamente), y sus instalaciones nebulosas están ahí para transformar los espacios, inundarlos de un mar suspendido en el aire, como hermosas visiones de aquello que no se puede ver.

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Imágenes: 1) Philip Maiwald-Wikimedia Commons 2) Bertie Mabootoo-Wikimedia Commons 3) Pete D-flickr

Fujiko Nakaya (Sapporo, Japón, 1933) es de las pocas artistas en el mundo que utiliza la niebla para hacer arte. Se trata un de medio que, además de su efímera naturaleza, tiene una presencia fantasmagórica, movediza, borrosa —y es capaz de dotar a casi lo que la rodea de cualidades similares. Así, podría decirse que ella no trabaja con la niebla (como si ésta fuera una herramienta), sino más bien colabora sutilmente en un fenómeno mitad meteorológico y mitad artístico.

De padre físico (el primer científico en hacer copos de nieve artificiales), Nakaya emigró con su familia a Estados Unidos donde estudió arte a comienzos de la década de 1950; volvería a su país natal en 1960. Los inicios de su carrera ya perfilaban su posterior fijación con la naturaleza —pintaba flores marchitas— y, especialmente, por los fenómenos del clima: en sus etapas tempranas solía hacer pinturas de nubes.

La primera instalación meteorológica de la japonesa, esa que la convertiría en una artista de la niebla, se dio cuando fue parte de Experiments in Art and Technology (EAT), una organización que promovía las colaboraciones entre artistas y científicos, generalmente ingenieros. En 1970, la EAT, diseñó el pabellón de Pepsi-Cola en la Expo de 1970 en Osaka, la primera exposición internacional realizada en aquella ciudad y un suceso totalmente trascendente para la vanguardia artística de Japón. Fue entonces cuando Nakaya decidió inundar un pabellón entero de niebla con ayuda de un físico atmosférico llamado Thomas Mee.

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A partir de esto, la japonesa ha usado la tecnología que se desarrolló para esa primera pieza, con algunas modificaciones, en sus siguientes instalaciones de niebla. En las décadas siguientes, Nakaya ganó fama internacional como videoartista y también como defensora de las artes alternativas. A la par, continuó con sus espectaculares instalaciones de niebla, que viajaron por Estados Unidos, Europa, Japón y Australia. En 1990, trabajó con el arquitecto Atsushi Kitagawara para crear un parque que envolviera en densa neblina a quienes lo visitaban dos veces cada hora —una pieza que permitía que los visitantes se perdieran y reencontraran entre las nubes, y que hablaba silenciosamente sobre la muerte y el renacimiento.

El arte de Nakaya consiste en varias decisiones: la ubicación de los tubos que emiten la incorpórea sustancia dentro de un espacio específico, los tiempos de emisión y el volumen y densidad de la niebla. Estos son los parámetros que ella domina y que juntos resultan en composiciones hechas, simplemente, de diminutas gotas flotantes de agua.

Sucesos que oscilan entre el Land Art y el arte conceptual, las esculturas de Nakaya no son objetos hermosos que se pueden ver o exhibir propiamente: hay que entrar en ellas y, como las aguas de un río o un mar, siempre son distintas para cada uno que las habita. Para la artista japonesa la niebla es, sobre todo, un medio de transmisión de la luz y la sombra (física y metafóricamente), y sus instalaciones nebulosas están ahí para transformar los espacios, inundarlos de un mar suspendido en el aire, como hermosas visiones de aquello que no se puede ver.

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Imágenes: 1) Philip Maiwald-Wikimedia Commons 2) Bertie Mabootoo-Wikimedia Commons 3) Pete D-flickr