Dos enormes zorros, uno a cada lado de la entrada, son los guardianes de uno de los templos más espectaculares del mundo, el Fushimi Inari-Taisha. Este enorme santuario, ubicado en el monte Inariyama, a las afueras de Kioto, está decorado con más de 10,000 puertas tradicionales japonesas o torii, simbólicas fronteras entre lo mundano y lo sagrado.

Las primeras estructuras que conforman este mágico laberinto fueron construidas en el año 711 d. C., durante el periodo Heian, y el templo principal que hoy se erige en la entrada del santuario data del año 1499. El Fushimi Inari-Taisha es un templo dedicado a la deidad del arroz, Inari, que en el panteón shinto —religión nativa de Japón, basada en la adoración de los espíritus de la naturaleza— goza de un lugar privilegiado, y es el patrón de los comerciantes y hombres de negocios.

El santuario principal está al pie del monte y los caminos que ascienden a su cima, decorados con miles de torii que han sido donadas por los fieles, se extienden por más de 4 kilómetros y llevan a templos menores y más de 32,000 pequeños altares o bunsha, que habitan silenciosamente las alturas.

El templo a Inari también está lleno de imágenes y esculturas de zorros (kitsune, en japonés), espíritus de la mitología nipona y mensajeros del dios Inari. Esta personificación responde a que era frecuente encontrar zorros rondando los graneros de arroz, y es la razón por la que muchas veces este animal sagrado es representado sosteniendo una llave en el hocico, la llave del granero. Sin embargo, el icono principal de adoración de este templo, que cada año reúne a millones de fieles, es un espejo, paradoja que invita a una profunda reflexión.

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La leyenda de la creación del Fushimi Inari-Taisha cuenta que hace muchísimos años Irogu no Hatanokimi, una aristócrata, se encontraba practicando con un arco tiro al blanco, usando como diana un mochi (pastel de arroz). De un momento a otro, el pastel se convirtió en un inmenso cisne que alzó el vuelo para después posarse en la cima de un monte. Ahí el ave se transformó en plantas de arroz, que crecieron para convertirse en una fértil cosecha. Hatanokimi entendió el suceso como un mensaje de los dioses y construyó en ese lugar un templo para el dios Inari. Se sabe que probablemente este sitio no sea en el que se encuentra el templo en la actualidad, pues éste fue cambiado de lugar en el año 816.

Las hermosas puertas que adornan los caminos de este magnífico templo, un laberinto sagrado de color bermellón, son portales que comunican dos mundos y hacen de este espacio un paisaje inigualable y extraño, poblado de símbolos que ostentan el elegante e incomparable espíritu de Japón y su gran amor por la naturaleza y por la belleza.

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*Imágenes: 1, 2) Wikimedia Commons; 3) Pixabay / Dominio Público

Dos enormes zorros, uno a cada lado de la entrada, son los guardianes de uno de los templos más espectaculares del mundo, el Fushimi Inari-Taisha. Este enorme santuario, ubicado en el monte Inariyama, a las afueras de Kioto, está decorado con más de 10,000 puertas tradicionales japonesas o torii, simbólicas fronteras entre lo mundano y lo sagrado.

Las primeras estructuras que conforman este mágico laberinto fueron construidas en el año 711 d. C., durante el periodo Heian, y el templo principal que hoy se erige en la entrada del santuario data del año 1499. El Fushimi Inari-Taisha es un templo dedicado a la deidad del arroz, Inari, que en el panteón shinto —religión nativa de Japón, basada en la adoración de los espíritus de la naturaleza— goza de un lugar privilegiado, y es el patrón de los comerciantes y hombres de negocios.

El santuario principal está al pie del monte y los caminos que ascienden a su cima, decorados con miles de torii que han sido donadas por los fieles, se extienden por más de 4 kilómetros y llevan a templos menores y más de 32,000 pequeños altares o bunsha, que habitan silenciosamente las alturas.

El templo a Inari también está lleno de imágenes y esculturas de zorros (kitsune, en japonés), espíritus de la mitología nipona y mensajeros del dios Inari. Esta personificación responde a que era frecuente encontrar zorros rondando los graneros de arroz, y es la razón por la que muchas veces este animal sagrado es representado sosteniendo una llave en el hocico, la llave del granero. Sin embargo, el icono principal de adoración de este templo, que cada año reúne a millones de fieles, es un espejo, paradoja que invita a una profunda reflexión.

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La leyenda de la creación del Fushimi Inari-Taisha cuenta que hace muchísimos años Irogu no Hatanokimi, una aristócrata, se encontraba practicando con un arco tiro al blanco, usando como diana un mochi (pastel de arroz). De un momento a otro, el pastel se convirtió en un inmenso cisne que alzó el vuelo para después posarse en la cima de un monte. Ahí el ave se transformó en plantas de arroz, que crecieron para convertirse en una fértil cosecha. Hatanokimi entendió el suceso como un mensaje de los dioses y construyó en ese lugar un templo para el dios Inari. Se sabe que probablemente este sitio no sea en el que se encuentra el templo en la actualidad, pues éste fue cambiado de lugar en el año 816.

Las hermosas puertas que adornan los caminos de este magnífico templo, un laberinto sagrado de color bermellón, son portales que comunican dos mundos y hacen de este espacio un paisaje inigualable y extraño, poblado de símbolos que ostentan el elegante e incomparable espíritu de Japón y su gran amor por la naturaleza y por la belleza.

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*Imágenes: 1, 2) Wikimedia Commons; 3) Pixabay / Dominio Público