La íntima relación entre poesía y rebelión se remonta a tiempos inmemoriales (probablemente por la innegable capacidad que tiene este arte de comunicar ideas poderosas y valientes). Desde los líricos satíricos latinos, hasta los poetas malditos franceses, el ir en contra de lo establecido siempre ha tenido una poética implícita y encantadora. Este es el caso de los goliardos, jóvenes clérigos y estudiantes universitarios que vagaron por Europa durante la Edad Media, poetas que vivieron vidas licenciosas (o, tal vez, simplemente libres) y plasmaron a través del arte sus posturas en cuanto al amor físico, los placeres terrenales y las corruptas políticas de su era; fueron, probablemente, los rebeldes más cautivadores del medievo europeo.

Durante los siglos XII y XIII nacieron en Europa las grandes universidades, ligadas con las distintas órdenes religiosas de aquel entonces, y fue en este contexto que existieron los goliardos, jóvenes estudiantes y sacerdotes (sin verdaderas inclinaciones religiosas) que utilizaron su cultura y educación para escribir poesía, casi siempre en latín, que celebraba lo que entonces eran considerados placeres terrenales, prácticas alejadas de la vida piadosa que se consideraba ejemplar.

En algunos casos, estos poetas eran los hermanos menores dentro de familias adineradas que, de acuerdo a lo que se acostumbraba, heredaban su riqueza y propiedades a los hermanos mayores, los primogénitos. Los rebeldes goliardos solían viajar por la ciudades europeas cantando sus poemas y consiguiendo así medios para sobrevivir, y a pesar de su cercanía con la vida religiosa, vivieron vidas dedicadas a disfrutar la bebida, la naturaleza, el sexo y plantearon críticas severas, pero llenas de humor, a las crecientes contradicciones que la Iglesia y los estados medievales encarnaban.

carmina_burana
Uno de los ejemplos más hermosos y conocidos de poesía goliárdica es Carmina Burana, cuyo nombre (que podría traducirse como “canciones de Bura”) hace referencia a una serie de piezas líricas halladas en la Abadía de Bura Sancti Benedicti, en la región alemana de Baviera. Esta colección de alrededor de 300 poemas fue escrita mayormente en latín, aunque hay algunos de ellos en francés antiguo, provenzal y alemán medio; además, varios de ellos venían acompañados de partituras musicales. Este manuscrito fue recuperado a inicios del siglo XIX y, en 1936, el alemán Carl Orff seleccionó 24 de estos poemas para musicalizarlos, resultando en las piezas sinfónicas que conocemos hoy como Carmina Burana.

La figura del goliardo es tan atractiva porque nos remite, en términos arquetípicos, a la figura de Prometeo, el entrañable titán que retó a los dioses para regalar el fuego al hombre; también podría recordarnos a los wanderers del mundo escandinavo y anglosajón: viajeros y aventureros que usaron su sabiduría para crear y cuestionar las leyes del mundo que habitaban. La vida que, se cree, vivieron los goliardos medievales podría idealizarse fácilmente, pero más allá de ella, su labor como encargados de denunciar la corrupción y defender la belleza de los “placeres mundanos” a través de la poesía y la música no puede sino convertirlos en distinguidos y olvidados héroes.

 

 

*Imágenes: 1) Creative Commons; 2) Carmina Burana, pintura de 1959 / Creative Commons

 

La íntima relación entre poesía y rebelión se remonta a tiempos inmemoriales (probablemente por la innegable capacidad que tiene este arte de comunicar ideas poderosas y valientes). Desde los líricos satíricos latinos, hasta los poetas malditos franceses, el ir en contra de lo establecido siempre ha tenido una poética implícita y encantadora. Este es el caso de los goliardos, jóvenes clérigos y estudiantes universitarios que vagaron por Europa durante la Edad Media, poetas que vivieron vidas licenciosas (o, tal vez, simplemente libres) y plasmaron a través del arte sus posturas en cuanto al amor físico, los placeres terrenales y las corruptas políticas de su era; fueron, probablemente, los rebeldes más cautivadores del medievo europeo.

Durante los siglos XII y XIII nacieron en Europa las grandes universidades, ligadas con las distintas órdenes religiosas de aquel entonces, y fue en este contexto que existieron los goliardos, jóvenes estudiantes y sacerdotes (sin verdaderas inclinaciones religiosas) que utilizaron su cultura y educación para escribir poesía, casi siempre en latín, que celebraba lo que entonces eran considerados placeres terrenales, prácticas alejadas de la vida piadosa que se consideraba ejemplar.

En algunos casos, estos poetas eran los hermanos menores dentro de familias adineradas que, de acuerdo a lo que se acostumbraba, heredaban su riqueza y propiedades a los hermanos mayores, los primogénitos. Los rebeldes goliardos solían viajar por la ciudades europeas cantando sus poemas y consiguiendo así medios para sobrevivir, y a pesar de su cercanía con la vida religiosa, vivieron vidas dedicadas a disfrutar la bebida, la naturaleza, el sexo y plantearon críticas severas, pero llenas de humor, a las crecientes contradicciones que la Iglesia y los estados medievales encarnaban.

carmina_burana
Uno de los ejemplos más hermosos y conocidos de poesía goliárdica es Carmina Burana, cuyo nombre (que podría traducirse como “canciones de Bura”) hace referencia a una serie de piezas líricas halladas en la Abadía de Bura Sancti Benedicti, en la región alemana de Baviera. Esta colección de alrededor de 300 poemas fue escrita mayormente en latín, aunque hay algunos de ellos en francés antiguo, provenzal y alemán medio; además, varios de ellos venían acompañados de partituras musicales. Este manuscrito fue recuperado a inicios del siglo XIX y, en 1936, el alemán Carl Orff seleccionó 24 de estos poemas para musicalizarlos, resultando en las piezas sinfónicas que conocemos hoy como Carmina Burana.

La figura del goliardo es tan atractiva porque nos remite, en términos arquetípicos, a la figura de Prometeo, el entrañable titán que retó a los dioses para regalar el fuego al hombre; también podría recordarnos a los wanderers del mundo escandinavo y anglosajón: viajeros y aventureros que usaron su sabiduría para crear y cuestionar las leyes del mundo que habitaban. La vida que, se cree, vivieron los goliardos medievales podría idealizarse fácilmente, pero más allá de ella, su labor como encargados de denunciar la corrupción y defender la belleza de los “placeres mundanos” a través de la poesía y la música no puede sino convertirlos en distinguidos y olvidados héroes.

 

 

*Imágenes: 1) Creative Commons; 2) Carmina Burana, pintura de 1959 / Creative Commons