Tal parece que Benjamín Franklin, una de las figuras más dinámicas e importantes en la historia de Estados Unidos, no solo quiso liderar misiones diplomáticas o establecer instituciones nacionales, o incluso conducir experimentos científicos; quiso legar al mundo una suerte de manual de comportamiento y “bienestar” que va de lo más general a lo más puramente íntimo. Siempre, por supuesto, bajo la densa sombra de su moral.

Tenemos sus consejos para conseguir un amante, que incluyen algunas de las líneas más irrisorias y a su ver “sensatas” en el tema, y en este caso, no obstante, un fascinante ensayo que enumera consejos para tener sueños placenteros, que está al margen de su moral y es sobre todo altamente útil y fresco.

“El arte de procurar sueños placenteros”, publicado en 1786, incluye una breve disertación sobre lo ligada que está la salud física a la imaginación, a la cual Franklin le confiere un innegable poder sobre nuestro bienestar. Pasamos tanto tiempo de nuestra vida dormidos, dice, que se torna consecuente obtener placer de los sueños y no dolor, porque ya sea real u onírico, “el dolor es dolor y el placer es placer”.

Si mientras dormimos podemos tener sueños placenteros, tanto de ello se añade al placer y a la ligereza de la vida. Lo primero, dice, es mantenerse sano mediante el ejercicio y la comida, porque en la enfermedad, la imaginación se encuentra perturbada y desagradable, a veces incluso terrible.

El ejercicio debe preceder al alimento, no seguirlo inmediatamente; el primero promueve, el último, a menos que sea moderado, obstruye la digestión. Si después del ejercicio nos alimentamos moderadamente, la digestión será fácil y buena, el cuerpo ligero, el temperamento alegre y todas las funciones animales llevadas a cabo en acorde con esto. El sueño, cuando le sigue, será natural y pacífico, mientras que la indolencia, con el estómago lleno, ocasiona pesadillas y horrores inexplicables; nos caemos de precipicios, nos asaltan bestias salvajes, asesinos y demonios, y experimentamos una variedad de angustias.

Observemos, sin embargo, que la cantidad de alimento y ejercicio sean relativos: aquellos que se mueven mucho pueden, y de hecho deben, comer más; aquellos que hacen poco ejercicio deben comer poco.

Otra de las maneras para provocar sueños placenteros es, de acuerdo a Franklin, tener un constante suministro de aire fresco en la recámara.

Ha sido un gran error que las recámaras estén perfectamente cerradas y las camas rodeadas de cortinas. Ningún viento externo que pueda llegar a ti es tan malsano como el aire estancado, a menudo respirado, de un cuarto cerrado.

En este punto se extiende bastante para implicar que, cuando el cuerpo está agitado debido al calor, al sudor o a la falta de aire fresco, la mente inmediatamente se ve perturbada, “y varias ideas desagradables de todo tipo serán las consecuencias naturales. Los siguientes son los “remedios, preventivos y curativos, para tener dulces sueños”:

1) Al comer moderadamente se produce menos materia para perspirar en su debido tiempo. Entonces las sábanas la reciben por más tiempo antes de saturarse, y así podemos dormir más tiempo antes de perturbarnos porque ellas [las sábanas] se rehúsan a recibir más.

2) Utilizar sábanas más delgadas y porosas, que recibirán con más facilidad la materia que perspiramos porque pasará a través de ellas. Así estaremos menos incómodos y todo será tolerable por más tiempo.

3) Cuando te despiertes debido a esta agitación y encuentres que no puedes regresar al sueño, levántate de la cama, golpea y voltea tu almohada, agita bien las sábanas con al menos 20 agitaciones y luego deja la cama destapada para que se enfríe; mientras tanto tú, sin ropa, camina por tu recámara hasta que tu piel haya tenido tiempo de descargar su peso, lo cual hará más rápido ya que el aire será más seco y más frío.

Cuando comiences a sentir desagradable el aire frío, regresa a tu cama y pronto estarás dormido. Todas las escenas presentadas a tu antojo serán dulces y placenteras.

Benjamin concluye con la premisa necesaria que uno tendría que preservar sobre todas las cosas para dormir bien: una buena consciencia.

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Tal parece que Benjamín Franklin, una de las figuras más dinámicas e importantes en la historia de Estados Unidos, no solo quiso liderar misiones diplomáticas o establecer instituciones nacionales, o incluso conducir experimentos científicos; quiso legar al mundo una suerte de manual de comportamiento y “bienestar” que va de lo más general a lo más puramente íntimo. Siempre, por supuesto, bajo la densa sombra de su moral.

Tenemos sus consejos para conseguir un amante, que incluyen algunas de las líneas más irrisorias y a su ver “sensatas” en el tema, y en este caso, no obstante, un fascinante ensayo que enumera consejos para tener sueños placenteros, que está al margen de su moral y es sobre todo altamente útil y fresco.

“El arte de procurar sueños placenteros”, publicado en 1786, incluye una breve disertación sobre lo ligada que está la salud física a la imaginación, a la cual Franklin le confiere un innegable poder sobre nuestro bienestar. Pasamos tanto tiempo de nuestra vida dormidos, dice, que se torna consecuente obtener placer de los sueños y no dolor, porque ya sea real u onírico, “el dolor es dolor y el placer es placer”.

Si mientras dormimos podemos tener sueños placenteros, tanto de ello se añade al placer y a la ligereza de la vida. Lo primero, dice, es mantenerse sano mediante el ejercicio y la comida, porque en la enfermedad, la imaginación se encuentra perturbada y desagradable, a veces incluso terrible.

El ejercicio debe preceder al alimento, no seguirlo inmediatamente; el primero promueve, el último, a menos que sea moderado, obstruye la digestión. Si después del ejercicio nos alimentamos moderadamente, la digestión será fácil y buena, el cuerpo ligero, el temperamento alegre y todas las funciones animales llevadas a cabo en acorde con esto. El sueño, cuando le sigue, será natural y pacífico, mientras que la indolencia, con el estómago lleno, ocasiona pesadillas y horrores inexplicables; nos caemos de precipicios, nos asaltan bestias salvajes, asesinos y demonios, y experimentamos una variedad de angustias.

Observemos, sin embargo, que la cantidad de alimento y ejercicio sean relativos: aquellos que se mueven mucho pueden, y de hecho deben, comer más; aquellos que hacen poco ejercicio deben comer poco.

Otra de las maneras para provocar sueños placenteros es, de acuerdo a Franklin, tener un constante suministro de aire fresco en la recámara.

Ha sido un gran error que las recámaras estén perfectamente cerradas y las camas rodeadas de cortinas. Ningún viento externo que pueda llegar a ti es tan malsano como el aire estancado, a menudo respirado, de un cuarto cerrado.

En este punto se extiende bastante para implicar que, cuando el cuerpo está agitado debido al calor, al sudor o a la falta de aire fresco, la mente inmediatamente se ve perturbada, “y varias ideas desagradables de todo tipo serán las consecuencias naturales. Los siguientes son los “remedios, preventivos y curativos, para tener dulces sueños”:

1) Al comer moderadamente se produce menos materia para perspirar en su debido tiempo. Entonces las sábanas la reciben por más tiempo antes de saturarse, y así podemos dormir más tiempo antes de perturbarnos porque ellas [las sábanas] se rehúsan a recibir más.

2) Utilizar sábanas más delgadas y porosas, que recibirán con más facilidad la materia que perspiramos porque pasará a través de ellas. Así estaremos menos incómodos y todo será tolerable por más tiempo.

3) Cuando te despiertes debido a esta agitación y encuentres que no puedes regresar al sueño, levántate de la cama, golpea y voltea tu almohada, agita bien las sábanas con al menos 20 agitaciones y luego deja la cama destapada para que se enfríe; mientras tanto tú, sin ropa, camina por tu recámara hasta que tu piel haya tenido tiempo de descargar su peso, lo cual hará más rápido ya que el aire será más seco y más frío.

Cuando comiences a sentir desagradable el aire frío, regresa a tu cama y pronto estarás dormido. Todas las escenas presentadas a tu antojo serán dulces y placenteras.

Benjamin concluye con la premisa necesaria que uno tendría que preservar sobre todas las cosas para dormir bien: una buena consciencia.

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