Nacido en 1895 en Nueva Inglaterra, Buckminster Fuller fue lo que se conoce como un soñador práctico. Un visionario que operaba como un filósofo del pragmatismo y demostraba sus ideas en la forma de “artefactos”. Sus esquemas muchas veces tenían una cualidad alucinatoria asociada con la ciencia ficción (incluso acuñó neologismos como “efimeralización”), pero por esta misma razón, su figura siempre fue y ha permanecido fresca.

Bucky se movió de una disciplina a otra, y sus diseños iban enfocados a resolver problemas globales como vivienda, refugio, transporte, educación, energía, destrucción ecológica y pobreza, para el 100% de la humanidad, como él mismo recalcaba. Además de su artefacto más conocido, el domo geodésico, Fuller sostuvo 28 patentes, escribió 28 libros y recibió 47 títulos honorarios.

Entre la miríada de cosas que hizo, Fuller también redefinió la palabra “Universo” (escribiéndolo así con mayúscula y sin el definitivo “el”). Cuando se refería a esta palabra incluía las especializaciones de la ciencia y nuestras capacidades y experiencias metafísicas. En todo eso pensaba cuando decía Universo, además de lo que el término ya entraña. Pero dejémoslo hablar a él:

Aun no encontramos ningún registro en que el hombre haya definido el universo exitosamente –científica e inteligiblemente- que incluya los eventos no-idénticos, no-simultáneos y solo parcialmente traslapados, micro-macro, siempre y en todas partes transformándose, físicos y metafísicos, e omni-complementarios.

Por más complicado que lo anterior parezca, solo sugiere que la visión que tenemos del cosmos es incompleta: está reducida a propiedades físicas, interacciones aisladas y leyes matemáticas, dejando fuera la metafísica que es la que conecta y orquesta todo lo anterior. Pero nada lo explica más claro que su propia figura multidimensional: Bucky pasó su vida entre la arquitectura, el diseño, la geometría, la ingeniería, la ciencia, la cartografía y la educación, y en resistencia a títulos de especialización para describir su trabajo, prefirió simplemente decir que era un “científico integral y anticipatorio del diseño”. Con ello quería advertir al mundo que el reduccionismo o la sobre-especialización (tendencia cada vez más arraigada en la academia) es una ilusión peligrosa por que “separa” la naturaleza en partes, en lugar de contemplarla como un sistema completo. Una de las cosas que notoriamente afirmó es que “el todo siempre es más que la suma de sus partes”.

Bucky creía en el ser humano mucho más de lo que la ciencia jamás lo ha hecho. Su visión de Universo implica que somos capaces de comprender las “relaciones de los principios eternos” y aplicarlos en apoyo a la integridad, eternamente regenerativa. El Instituto Buckminster Fuller se creó hace treinta años para alentar a los participantes a concebir y aplicar estrategias de transformación basadas en el sistema integral de Bucky, en el que convergen todas las disciplinas al mismo tiempo y en el mismo lugar.

Yo no me propuse diseñar una casa que colgara de un poste, ni un nuevo tipo de automóvil, ni inventar un nuevo sistema de proyección de mapas, ni desarrollar domos geodésicos. Yo comencé por Universo como una organización de sistemas de energía en el cual todas nuestras experiencias y posibles experiencias son solo instancias locales. Pude haber terminado con un par de pantuflas voladoras.

Nacido en 1895 en Nueva Inglaterra, Buckminster Fuller fue lo que se conoce como un soñador práctico. Un visionario que operaba como un filósofo del pragmatismo y demostraba sus ideas en la forma de “artefactos”. Sus esquemas muchas veces tenían una cualidad alucinatoria asociada con la ciencia ficción (incluso acuñó neologismos como “efimeralización”), pero por esta misma razón, su figura siempre fue y ha permanecido fresca.

Bucky se movió de una disciplina a otra, y sus diseños iban enfocados a resolver problemas globales como vivienda, refugio, transporte, educación, energía, destrucción ecológica y pobreza, para el 100% de la humanidad, como él mismo recalcaba. Además de su artefacto más conocido, el domo geodésico, Fuller sostuvo 28 patentes, escribió 28 libros y recibió 47 títulos honorarios.

Entre la miríada de cosas que hizo, Fuller también redefinió la palabra “Universo” (escribiéndolo así con mayúscula y sin el definitivo “el”). Cuando se refería a esta palabra incluía las especializaciones de la ciencia y nuestras capacidades y experiencias metafísicas. En todo eso pensaba cuando decía Universo, además de lo que el término ya entraña. Pero dejémoslo hablar a él:

Aun no encontramos ningún registro en que el hombre haya definido el universo exitosamente –científica e inteligiblemente- que incluya los eventos no-idénticos, no-simultáneos y solo parcialmente traslapados, micro-macro, siempre y en todas partes transformándose, físicos y metafísicos, e omni-complementarios.

Por más complicado que lo anterior parezca, solo sugiere que la visión que tenemos del cosmos es incompleta: está reducida a propiedades físicas, interacciones aisladas y leyes matemáticas, dejando fuera la metafísica que es la que conecta y orquesta todo lo anterior. Pero nada lo explica más claro que su propia figura multidimensional: Bucky pasó su vida entre la arquitectura, el diseño, la geometría, la ingeniería, la ciencia, la cartografía y la educación, y en resistencia a títulos de especialización para describir su trabajo, prefirió simplemente decir que era un “científico integral y anticipatorio del diseño”. Con ello quería advertir al mundo que el reduccionismo o la sobre-especialización (tendencia cada vez más arraigada en la academia) es una ilusión peligrosa por que “separa” la naturaleza en partes, en lugar de contemplarla como un sistema completo. Una de las cosas que notoriamente afirmó es que “el todo siempre es más que la suma de sus partes”.

Bucky creía en el ser humano mucho más de lo que la ciencia jamás lo ha hecho. Su visión de Universo implica que somos capaces de comprender las “relaciones de los principios eternos” y aplicarlos en apoyo a la integridad, eternamente regenerativa. El Instituto Buckminster Fuller se creó hace treinta años para alentar a los participantes a concebir y aplicar estrategias de transformación basadas en el sistema integral de Bucky, en el que convergen todas las disciplinas al mismo tiempo y en el mismo lugar.

Yo no me propuse diseñar una casa que colgara de un poste, ni un nuevo tipo de automóvil, ni inventar un nuevo sistema de proyección de mapas, ni desarrollar domos geodésicos. Yo comencé por Universo como una organización de sistemas de energía en el cual todas nuestras experiencias y posibles experiencias son solo instancias locales. Pude haber terminado con un par de pantuflas voladoras.

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