Hakim Bey llegó al mundo como Peter Lamborn Wilson en 1945. De sus primeros años poco se sabe, sólo que muy pronto viajó por el mundo y se empapó de la filosofía de Medio Oriente, especialmente de los místicos y poetas turcos y árabes del periodo clásico, a quienes tradujo al inglés. De hecho, Hakim Bey quiere decir “El Señor Juez” en turco, y algunos quisieran asociar el sonido de su nombre al de hacker, pues Bey es considerado de manera unánime el “padre espiritual” del movimiento hacker.

Explicar resumidamente el trabajo que ha consumido los años de Hakim Bey sería una labor brutal; encerrarlo en una categoría única, imposible. No es sólo poeta, ensayista, conferencista, escritor de fanzines y editor, sino también teórico del caos, filósofo político, historiador (debido a la falta de fuentes al respecto hizo una historia de la economía pirata en el Caribe del siglo XVII, lo que inspiró su concepto de “zonas temporales autónomas” posteriormente), y terrorista poético, aunque él se define con el abarcador título de “anarquista ontológico.”

Su anti-filosofía está basada en relecturas de clásicos del pensamiento disidente, como Fourier, Stirner y Nietszche, de quien rescata la gremialidad de la marginalidad, la necesidad de agrupación y organización de aquellos dejados de lado por el Estado y el pensamiento hegemónico, pero a diferencia de los marxistas o los comunistas, Bey no aboga por un nuevo tipo de Estado nacional, sino por una “ley natural” expresada a través de formas gremiales de convivencia y participación que vuelvan inoperante la representación política de los Estados-nación democráticos. Lo suyo, no lo dudemos, rescata de anarquistas clásicos como Feyerabend y Prudhon la noción de que la organización horizontal de pequeños grupos autorregulados eventualmente produce por sí misma una noción de orden de la que, sin embargo, nadie puede dar cuenta. Bey aboga no por abolir el caos –el estado natural del universo– sino por vivir en los resquicios, las grietas y las áreas grises del caos; utilizar el caos como una fuerza motora capaz de cambiar la sociedad.

Este caos no se expresa de maneras radicales contra el orden político (reconociéndolo de este modo y reforzándolo, como en el terrorismo “tradicional”, digamos, como el del 9/11 o los ataques suicidas en áreas públicas), sino a radicalizar el orden de los sentimientos y el compañerismo:

Si te besara lo llamarían un acto de terrorismo. Entonces llevemos a la cama nuestras pistolas, despertemos a la ciudad a medianoche como bandidos ebrios celebrando con una balacera, el mensaje del sabor del caos.

Pero, ¿hemos de confiar en las teorías económicas de un poeta? ¿Qué lo diferencia, por ejemplo, de los situacionistas, de los vanguardistas, de la pléyade de comentadores de los movimientos económicos y de los ingenieros sociales, algunos tan nocivos como los que abogan por la eugenesia y otras formas de fascismo que harían palidecer al Tercer Reich? Hakim Bey es interesante porque no pide de su lector una “conversión” total, ni siquiera una confianza considerable: simplemente pide que ponga atención al orden de la realidad inmediata y circundante. Todo lo que Bey expresa en sus teorías parte no de un utópico “estado ideal” al que la sociedad habría de llegar tarde o temprano –como el comunismo utópico– sino en revalorizar los esfuerzos pasados y presentes por nuevas formas de organización –formas que ya están entre nosotros.

Si Bey fuese un profeta tendríamos que decir que se trata de un profeta del presente: su causa es la inoculación contra lo que llama “la Religión de la Información”, una nueva forma de control impulsada por la tecnocracia a través de la red. Si bien es cierto que “la información quiere ser libre”, es preciso dudar de la forma en que los poseedores de los medios de producción de la información la liberan. La grieta es para aquellos rebeldes que pueden vivir al margen no sólo de los mecanismos de intercambio económico, sino también para quienes pueden desprogramarse y reprogramarse de una cultura de consumidores y espectadores a una de generadores y participantes. Como él mismo afirma:

 …siendo una vez la imagen del Cielo en la Tierra, el Estado consiste ahora en la administración de imágenes. Ya no es una “fuerza”, sino la desmembrada conducción de información. Así como la cosmología justificó la dominación babilonia, la ciencia moderna sirve a los fines del Estado Terminal, el Estado post-nuclear, el “Estado Información”.

Construir zonas temporales autónomas (como las islas de los piratas en el mapa de la economía imperialista de los siglos XVI al XVIII), incentivar el potlach como intercambio lúdico, construir una idea de la historia como palimpsesto en lugar de línea (es decir, como presentes confluyentes en un mismo instante –este– en lugar de dar la idea de sucesos recurrentes, eternos retornos o causalidades) son una serie de operaciones de desprogramación mental que tienen consecuencias en el mundo de las relaciones. Hakim Bey sin duda es uno de los pensadores más necesarios para entender y resistir los primeros embates del siglo XXI.

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Hakim Bey llegó al mundo como Peter Lamborn Wilson en 1945. De sus primeros años poco se sabe, sólo que muy pronto viajó por el mundo y se empapó de la filosofía de Medio Oriente, especialmente de los místicos y poetas turcos y árabes del periodo clásico, a quienes tradujo al inglés. De hecho, Hakim Bey quiere decir “El Señor Juez” en turco, y algunos quisieran asociar el sonido de su nombre al de hacker, pues Bey es considerado de manera unánime el “padre espiritual” del movimiento hacker.

Explicar resumidamente el trabajo que ha consumido los años de Hakim Bey sería una labor brutal; encerrarlo en una categoría única, imposible. No es sólo poeta, ensayista, conferencista, escritor de fanzines y editor, sino también teórico del caos, filósofo político, historiador (debido a la falta de fuentes al respecto hizo una historia de la economía pirata en el Caribe del siglo XVII, lo que inspiró su concepto de “zonas temporales autónomas” posteriormente), y terrorista poético, aunque él se define con el abarcador título de “anarquista ontológico.”

Su anti-filosofía está basada en relecturas de clásicos del pensamiento disidente, como Fourier, Stirner y Nietszche, de quien rescata la gremialidad de la marginalidad, la necesidad de agrupación y organización de aquellos dejados de lado por el Estado y el pensamiento hegemónico, pero a diferencia de los marxistas o los comunistas, Bey no aboga por un nuevo tipo de Estado nacional, sino por una “ley natural” expresada a través de formas gremiales de convivencia y participación que vuelvan inoperante la representación política de los Estados-nación democráticos. Lo suyo, no lo dudemos, rescata de anarquistas clásicos como Feyerabend y Prudhon la noción de que la organización horizontal de pequeños grupos autorregulados eventualmente produce por sí misma una noción de orden de la que, sin embargo, nadie puede dar cuenta. Bey aboga no por abolir el caos –el estado natural del universo– sino por vivir en los resquicios, las grietas y las áreas grises del caos; utilizar el caos como una fuerza motora capaz de cambiar la sociedad.

Este caos no se expresa de maneras radicales contra el orden político (reconociéndolo de este modo y reforzándolo, como en el terrorismo “tradicional”, digamos, como el del 9/11 o los ataques suicidas en áreas públicas), sino a radicalizar el orden de los sentimientos y el compañerismo:

Si te besara lo llamarían un acto de terrorismo. Entonces llevemos a la cama nuestras pistolas, despertemos a la ciudad a medianoche como bandidos ebrios celebrando con una balacera, el mensaje del sabor del caos.

Pero, ¿hemos de confiar en las teorías económicas de un poeta? ¿Qué lo diferencia, por ejemplo, de los situacionistas, de los vanguardistas, de la pléyade de comentadores de los movimientos económicos y de los ingenieros sociales, algunos tan nocivos como los que abogan por la eugenesia y otras formas de fascismo que harían palidecer al Tercer Reich? Hakim Bey es interesante porque no pide de su lector una “conversión” total, ni siquiera una confianza considerable: simplemente pide que ponga atención al orden de la realidad inmediata y circundante. Todo lo que Bey expresa en sus teorías parte no de un utópico “estado ideal” al que la sociedad habría de llegar tarde o temprano –como el comunismo utópico– sino en revalorizar los esfuerzos pasados y presentes por nuevas formas de organización –formas que ya están entre nosotros.

Si Bey fuese un profeta tendríamos que decir que se trata de un profeta del presente: su causa es la inoculación contra lo que llama “la Religión de la Información”, una nueva forma de control impulsada por la tecnocracia a través de la red. Si bien es cierto que “la información quiere ser libre”, es preciso dudar de la forma en que los poseedores de los medios de producción de la información la liberan. La grieta es para aquellos rebeldes que pueden vivir al margen no sólo de los mecanismos de intercambio económico, sino también para quienes pueden desprogramarse y reprogramarse de una cultura de consumidores y espectadores a una de generadores y participantes. Como él mismo afirma:

 …siendo una vez la imagen del Cielo en la Tierra, el Estado consiste ahora en la administración de imágenes. Ya no es una “fuerza”, sino la desmembrada conducción de información. Así como la cosmología justificó la dominación babilonia, la ciencia moderna sirve a los fines del Estado Terminal, el Estado post-nuclear, el “Estado Información”.

Construir zonas temporales autónomas (como las islas de los piratas en el mapa de la economía imperialista de los siglos XVI al XVIII), incentivar el potlach como intercambio lúdico, construir una idea de la historia como palimpsesto en lugar de línea (es decir, como presentes confluyentes en un mismo instante –este– en lugar de dar la idea de sucesos recurrentes, eternos retornos o causalidades) son una serie de operaciones de desprogramación mental que tienen consecuencias en el mundo de las relaciones. Hakim Bey sin duda es uno de los pensadores más necesarios para entender y resistir los primeros embates del siglo XXI.

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