Cada año el 31 de octubre, mientras los pequeños fantasmas y las brujas desfilan por las calles, se están recreando antiguas costumbres folclóricas que hacen homenaje a los espíritus del otro mundo. Es curioso como esta fecha es casi exactamente la misma en distintas culturas precristianas que celebraban y daban paso a los muertos en su camino al más allá. Halloween tiene su origen en un antiguo festival celta llamado Samhain, que marcaba el comienzo del invierno y el día en que los espíritus se mezclaban con la gente; el Día de Muertos, por su lado, se celebra el 2 de noviembre en México y tiene un origen mesoamericano que coincide con las celebraciones católicas del Día de los Fieles Difuntos y Todos los Santos. Sin duda algo especial ocurre en estas fechas, pero lo verdaderamente fascinante es que en la actualidad el rito se haya transformado en ocasión de juego, en una recreación casi inconsciente de tiempos en que los vivos y los muertos convivían por conveniencia mutua.

Los celtas creían que en Samhain, más que en cualquier otro momento del año, los fantasmas de los muertos podían deambular entre los vivos, porque ese día viajaban al más allá. Entonces encendían fogatas y hacían libaciones de animales para ayudarlos en su trayecto, pero más aún para mantenerlos en buena relación con los vivos. Ese día los demonios estaban sueltos (incluidos hadas, fantasmas y duendes) y había que tenerlos satisfechos. De acuerdo al libro American Folklore: An Encyclopedia, las creencias y disfraces de Halloween llegaron a Estados Unidos con los primeros inmigrantes irlandeses, aquellos que se establecieron allí en la primera mitad del siglo XIX huyendo de la gran hambruna.

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Desde entonces, esta celebración con origen poco menos que escalofriante se convirtió en un juego normalizado que en otro momento del año no sería ideológicamente tolerado. El simbolismo de los espíritus, los demonios y la hechicería es tan básico para la psique humana que aún en la actualidad tiene que ser satisfecho de una manera u otra. Probablemente por ello Halloween es tan estimulante, tanto para el escéptico como para el supersticioso o el ingenuo: su espíritu lúdico nos permite soportar la idea de que los espíritus y demonios vaguen por el reino de las cosas. En Halloween asumimos el reino de los espíritus de la única manera en que podemos: como un juego en el que nosotros somos los otros.

Halloween es entonces la gran puesta en escena de la modernidad laica, en una fecha a todas luces proverbial: es la noche de las posibilidades reversibles y los roles invertidos; nosotros somos las brujas, los demonios y todo el imaginario sobrenatural que hemos coleccionado con los años, y los muertos pasan desapercibidos. Incluso regalamos dulces a los pequeños fantasmas, que antes era comida para aplacar a los espíritus hambrientos. Esta noche el público hace una representación alegórica –aunque la mayoría sin saberlo– de un rito de paso entre este mundo y el otro, y así, en un gran baile de máscaras, los muertos son al fin los convidados de los vivos.

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Cada año el 31 de octubre, mientras los pequeños fantasmas y las brujas desfilan por las calles, se están recreando antiguas costumbres folclóricas que hacen homenaje a los espíritus del otro mundo. Es curioso como esta fecha es casi exactamente la misma en distintas culturas precristianas que celebraban y daban paso a los muertos en su camino al más allá. Halloween tiene su origen en un antiguo festival celta llamado Samhain, que marcaba el comienzo del invierno y el día en que los espíritus se mezclaban con la gente; el Día de Muertos, por su lado, se celebra el 2 de noviembre en México y tiene un origen mesoamericano que coincide con las celebraciones católicas del Día de los Fieles Difuntos y Todos los Santos. Sin duda algo especial ocurre en estas fechas, pero lo verdaderamente fascinante es que en la actualidad el rito se haya transformado en ocasión de juego, en una recreación casi inconsciente de tiempos en que los vivos y los muertos convivían por conveniencia mutua.

Los celtas creían que en Samhain, más que en cualquier otro momento del año, los fantasmas de los muertos podían deambular entre los vivos, porque ese día viajaban al más allá. Entonces encendían fogatas y hacían libaciones de animales para ayudarlos en su trayecto, pero más aún para mantenerlos en buena relación con los vivos. Ese día los demonios estaban sueltos (incluidos hadas, fantasmas y duendes) y había que tenerlos satisfechos. De acuerdo al libro American Folklore: An Encyclopedia, las creencias y disfraces de Halloween llegaron a Estados Unidos con los primeros inmigrantes irlandeses, aquellos que se establecieron allí en la primera mitad del siglo XIX huyendo de la gran hambruna.

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Desde entonces, esta celebración con origen poco menos que escalofriante se convirtió en un juego normalizado que en otro momento del año no sería ideológicamente tolerado. El simbolismo de los espíritus, los demonios y la hechicería es tan básico para la psique humana que aún en la actualidad tiene que ser satisfecho de una manera u otra. Probablemente por ello Halloween es tan estimulante, tanto para el escéptico como para el supersticioso o el ingenuo: su espíritu lúdico nos permite soportar la idea de que los espíritus y demonios vaguen por el reino de las cosas. En Halloween asumimos el reino de los espíritus de la única manera en que podemos: como un juego en el que nosotros somos los otros.

Halloween es entonces la gran puesta en escena de la modernidad laica, en una fecha a todas luces proverbial: es la noche de las posibilidades reversibles y los roles invertidos; nosotros somos las brujas, los demonios y todo el imaginario sobrenatural que hemos coleccionado con los años, y los muertos pasan desapercibidos. Incluso regalamos dulces a los pequeños fantasmas, que antes era comida para aplacar a los espíritus hambrientos. Esta noche el público hace una representación alegórica –aunque la mayoría sin saberlo– de un rito de paso entre este mundo y el otro, y así, en un gran baile de máscaras, los muertos son al fin los convidados de los vivos.

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