Henri Cartier-Bresson tuvo una lucidez insólita entre las personas creativas de la historia. Baste ver cómo en sus fotografías todo hace perfecto sentido, aunque los encuadres sean extraños o de pronto haya inesperados fragmentos de formas en las esquinas de alguna de sus imágenes.

Lo anterior quizá se debe a que en sus fotografías la geometría dialoga consigo misma y en un solo momento crea un lenguaje coherente y en ocasiones, incluso, epifánico. Nadie captó tan bien el arte esencial de la fotografía en la década de 1920 y 1930, con tanta inteligencia y consistencia, como Henri Cartier-Bresson. La suya fue una maestría que sentó bases para la apreciación del arte de la fotografía.

En la fotografía hay una nueva clase de plasticidad, producto de líneas instantáneas hechas por movimientos del sujeto. Trabajamos en unísono con el movimiento como si fuera un presentimiento de la manera en que la vida misma se desdobla. Pero dentro del movimiento hay un momento en el cual los elementos que se mueven están en balance. La fotografía debe asir ese momento y guardar inmóvil su equilibrio.

Bresson amó a pintores como Paolo Uccello y Piero della Francesca porque eran pintores de las proporciones divinas. “Como ellos, soñaba con diagonales y proporciones, y se obsesionó con la mística de las medidas, como si el mundo fuera simplemente el producto de combinaciones numéricas”, escribió Pierre Assouline en su libro Henri Cartier-Bresson: una biografía. Al mismo tiempo, Bresson frecuentaba al surrealista André Breton y se sentaba con él en el Café de la Place Blanche a dialogar sobre la vida, la suerte, la intuición y el papel de la expresión espontánea (esta última siendo nave principal del movimiento surrealista). Así, Bresson llegó a considerarse a sí mismo más que un foto-reportero como un surrealista con una cámara en la mano.

Solo, el surrealista deambula las calles sin destino pero con un premeditado estado de alerta para el detalle inesperado que liberará una realidad maravillosa y persuasiva justo debajo de la superficie banal de la existencia ordinaria.

Durante el próximo siglo deambularía por el mundo con su ávida Leica, listo para “congelar la eternidad en un momento”. El fotógrafo atestiguó algunos de los mayores eventos del siglo XX (como la muerte de Gandhi y la conquista comunista en China en 1949), y retrató momentos cotidianos que dominó en sus instantes de perfección geométrica, lleno de goce físico e intelectual. “Fue el Tolstoi de la fotografía”, apuntó Richard Avedon poco después de su muerte en 2004. “Con profunda humanidad, fue el testigo del siglo XX”.

El filme de 18 minutos titulado Henri Cartier-Bresson: The Decisive Moment muestra una selección de sus fotografías icónicas acompañadas por los lúcidos comentarios del fotógrafo mismo.

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Henri Cartier-Bresson tuvo una lucidez insólita entre las personas creativas de la historia. Baste ver cómo en sus fotografías todo hace perfecto sentido, aunque los encuadres sean extraños o de pronto haya inesperados fragmentos de formas en las esquinas de alguna de sus imágenes.

Lo anterior quizá se debe a que en sus fotografías la geometría dialoga consigo misma y en un solo momento crea un lenguaje coherente y en ocasiones, incluso, epifánico. Nadie captó tan bien el arte esencial de la fotografía en la década de 1920 y 1930, con tanta inteligencia y consistencia, como Henri Cartier-Bresson. La suya fue una maestría que sentó bases para la apreciación del arte de la fotografía.

En la fotografía hay una nueva clase de plasticidad, producto de líneas instantáneas hechas por movimientos del sujeto. Trabajamos en unísono con el movimiento como si fuera un presentimiento de la manera en que la vida misma se desdobla. Pero dentro del movimiento hay un momento en el cual los elementos que se mueven están en balance. La fotografía debe asir ese momento y guardar inmóvil su equilibrio.

Bresson amó a pintores como Paolo Uccello y Piero della Francesca porque eran pintores de las proporciones divinas. “Como ellos, soñaba con diagonales y proporciones, y se obsesionó con la mística de las medidas, como si el mundo fuera simplemente el producto de combinaciones numéricas”, escribió Pierre Assouline en su libro Henri Cartier-Bresson: una biografía. Al mismo tiempo, Bresson frecuentaba al surrealista André Breton y se sentaba con él en el Café de la Place Blanche a dialogar sobre la vida, la suerte, la intuición y el papel de la expresión espontánea (esta última siendo nave principal del movimiento surrealista). Así, Bresson llegó a considerarse a sí mismo más que un foto-reportero como un surrealista con una cámara en la mano.

Solo, el surrealista deambula las calles sin destino pero con un premeditado estado de alerta para el detalle inesperado que liberará una realidad maravillosa y persuasiva justo debajo de la superficie banal de la existencia ordinaria.

Durante el próximo siglo deambularía por el mundo con su ávida Leica, listo para “congelar la eternidad en un momento”. El fotógrafo atestiguó algunos de los mayores eventos del siglo XX (como la muerte de Gandhi y la conquista comunista en China en 1949), y retrató momentos cotidianos que dominó en sus instantes de perfección geométrica, lleno de goce físico e intelectual. “Fue el Tolstoi de la fotografía”, apuntó Richard Avedon poco después de su muerte en 2004. “Con profunda humanidad, fue el testigo del siglo XX”.

El filme de 18 minutos titulado Henri Cartier-Bresson: The Decisive Moment muestra una selección de sus fotografías icónicas acompañadas por los lúcidos comentarios del fotógrafo mismo.

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