De los vastos espacios que componen la superficie terrestre, el cielo y el mar han sido las profundidades predilectas de los exploradores. El cielo, trazado únicamente por nubes durante el día, ha sido y sigue siendo la brújula más efectiva durante la noche, cuando se colma de constelaciones. Para los marineros, el cielo estrellado aseguraba una ruta; para los primeros filósofos, aportaba pruebas a hipótesis sobre las dimensiones astronómicas del universo; para místicos y religiosos, era una expresión de la voluntad divina y un macrocosmos, una guía para predecir los destinos individuales e incluso diagnosticar enfermedades. El mar, su contraparte y espejo, siempre ha sido más amenazante, quizá por haber sido más transitado: el mar fue durante siglos el lugar de la aventura y la travesía; la conquista, la guerra, y el comercio. A pesar de la familiaridad con que los marineros recorrían los mares, sus profundidades permanecieron siendo un misterio durante siglos y, hay que aceptarlo, lo siguen siendo hoy en día.

La cartografía medieval y renacentista es un ejemplo muy interesante de cómo el miedo a lo desconocido y ese peligro real que es la fuerza de los elementos naturales se proyectó, gráficamente, en figuras fantasiosas como los monstruos marinos. Situados en costas y estrechos donde la probabilidad de naufragio era muy alta (pensemos en Caribdis y Escila) o en las extensiones desconocidas (terra incognita) o poco exploradas, los monstruos marinos son a la vez elementos decorativos exquisitos, documentos zoológicos imprecisos y elementos indispensables para descifrar una cosmovisión.

En algunos casos no había una representación pictórica del monstruo, pero sí cabía la advertencia: hic sunt dracones (“aquí hay dragones”), indicación que puede leerse en algunos mappaemundi y que señala los mares desconocidos. La cartografía con seres fantásticos se convirtió incluso en una estrategia político-comercial: en el mapa del mar noruego de Olaus Magnus de 1539, la península escandinava aparece rodeada de seres temibles, una estrategia para disuadir a los pescadores extranjeros de aventurarse a esas tierras y mermar la pesca nacional.

¿Qué monstruos acechaban a las embarcaciones antiguas? Muchas veces eran criaturas que en la actualidad situamos fuera de los bestiarios, como las ballenas, los delfines y las morsas, pero que por ser en ese entonces un avistamiento poco común, eran consideradas monstruosas. Chet van Duzer resalta este hecho: mientras que los monstruos de la cartografía nadan en la superficie, de tal manera que revelan su forma de cuerpo completo, o al menos se muestran de tal manera que el resto puede intuirse fácilmente, la experiencia de los navegantes era mucho más difusa y efímera y, por ello, aterradora; los monstruos de los mapas, en cambio, están perfectamente delineados: son, extrañamente, una forma de volver familiar lo desconocido, aprehender lo incomprensible.

Otras veces, la creación de monstruos por parte de los artistas cartógrafos (hay que recordar que los mapas medievales se hacían a mano, bajo pedido y los más vistosos muchas veces eran exhibidos como una muestra de estatus social, más que utilizados para la navegación) se basaban en preceptos teogónicos acerca de la fisonomía del reino animal. Así, de la idea de que a cada ser terrestre le correspondía un equivalente marino, expresada, por ejemplo, por Plinio, resulta la abundancia de seres híbridos (pez-perro, pez-gallina, pez-león e incluso pez-cabra). Quizá esta noción esté arraigada también en la creación de seres mitológicos, mitad humanos, mitad peces, como las sirenas y tritones; a mediados del siglo XVI, la imaginación aguda de Giacomo Gastaldi lleva esta hibridación a un terreno más movedizo, el de la estratificación social, con la inserción de monjes y obispos acuáticos en una esquina de su Cosmographia Universalis et Exactissima iuxta postremam neotericorum traditionem, figuras que serán reiteradas por otros artistas contemporáneos y reproducidas siglos después por científicos como Gaspar Schott y Johann Zahn.

Este breve recorrido por la diversidad de criaturas que poblaron los mapas antiguos muestra claramente que la curiosidad por las profundidades marinas es una constante en la historia del hombre y ha sido abordada desde muy diversos ángulos; la presencia inquietante y, a la vez, deseada, de los monstruos marinos en la cartografía medieval no responde a un afán por trazar un territorio físico, sino a un impulso por poblar y dilucidar el mapa de otros paisajes imposibles de ubicar geográficamente, los de nuestra propia psique.

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Aurelia Cortés Peyron

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De los vastos espacios que componen la superficie terrestre, el cielo y el mar han sido las profundidades predilectas de los exploradores. El cielo, trazado únicamente por nubes durante el día, ha sido y sigue siendo la brújula más efectiva durante la noche, cuando se colma de constelaciones. Para los marineros, el cielo estrellado aseguraba una ruta; para los primeros filósofos, aportaba pruebas a hipótesis sobre las dimensiones astronómicas del universo; para místicos y religiosos, era una expresión de la voluntad divina y un macrocosmos, una guía para predecir los destinos individuales e incluso diagnosticar enfermedades. El mar, su contraparte y espejo, siempre ha sido más amenazante, quizá por haber sido más transitado: el mar fue durante siglos el lugar de la aventura y la travesía; la conquista, la guerra, y el comercio. A pesar de la familiaridad con que los marineros recorrían los mares, sus profundidades permanecieron siendo un misterio durante siglos y, hay que aceptarlo, lo siguen siendo hoy en día.

La cartografía medieval y renacentista es un ejemplo muy interesante de cómo el miedo a lo desconocido y ese peligro real que es la fuerza de los elementos naturales se proyectó, gráficamente, en figuras fantasiosas como los monstruos marinos. Situados en costas y estrechos donde la probabilidad de naufragio era muy alta (pensemos en Caribdis y Escila) o en las extensiones desconocidas (terra incognita) o poco exploradas, los monstruos marinos son a la vez elementos decorativos exquisitos, documentos zoológicos imprecisos y elementos indispensables para descifrar una cosmovisión.

En algunos casos no había una representación pictórica del monstruo, pero sí cabía la advertencia: hic sunt dracones (“aquí hay dragones”), indicación que puede leerse en algunos mappaemundi y que señala los mares desconocidos. La cartografía con seres fantásticos se convirtió incluso en una estrategia político-comercial: en el mapa del mar noruego de Olaus Magnus de 1539, la península escandinava aparece rodeada de seres temibles, una estrategia para disuadir a los pescadores extranjeros de aventurarse a esas tierras y mermar la pesca nacional.

¿Qué monstruos acechaban a las embarcaciones antiguas? Muchas veces eran criaturas que en la actualidad situamos fuera de los bestiarios, como las ballenas, los delfines y las morsas, pero que por ser en ese entonces un avistamiento poco común, eran consideradas monstruosas. Chet van Duzer resalta este hecho: mientras que los monstruos de la cartografía nadan en la superficie, de tal manera que revelan su forma de cuerpo completo, o al menos se muestran de tal manera que el resto puede intuirse fácilmente, la experiencia de los navegantes era mucho más difusa y efímera y, por ello, aterradora; los monstruos de los mapas, en cambio, están perfectamente delineados: son, extrañamente, una forma de volver familiar lo desconocido, aprehender lo incomprensible.

Otras veces, la creación de monstruos por parte de los artistas cartógrafos (hay que recordar que los mapas medievales se hacían a mano, bajo pedido y los más vistosos muchas veces eran exhibidos como una muestra de estatus social, más que utilizados para la navegación) se basaban en preceptos teogónicos acerca de la fisonomía del reino animal. Así, de la idea de que a cada ser terrestre le correspondía un equivalente marino, expresada, por ejemplo, por Plinio, resulta la abundancia de seres híbridos (pez-perro, pez-gallina, pez-león e incluso pez-cabra). Quizá esta noción esté arraigada también en la creación de seres mitológicos, mitad humanos, mitad peces, como las sirenas y tritones; a mediados del siglo XVI, la imaginación aguda de Giacomo Gastaldi lleva esta hibridación a un terreno más movedizo, el de la estratificación social, con la inserción de monjes y obispos acuáticos en una esquina de su Cosmographia Universalis et Exactissima iuxta postremam neotericorum traditionem, figuras que serán reiteradas por otros artistas contemporáneos y reproducidas siglos después por científicos como Gaspar Schott y Johann Zahn.

Este breve recorrido por la diversidad de criaturas que poblaron los mapas antiguos muestra claramente que la curiosidad por las profundidades marinas es una constante en la historia del hombre y ha sido abordada desde muy diversos ángulos; la presencia inquietante y, a la vez, deseada, de los monstruos marinos en la cartografía medieval no responde a un afán por trazar un territorio físico, sino a un impulso por poblar y dilucidar el mapa de otros paisajes imposibles de ubicar geográficamente, los de nuestra propia psique.

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Aurelia Cortés Peyron

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