La mujer ha sido, hasta ahora, una de las grandes ausentes en la historia de la música. Por el momento no podemos saber si, en efecto, se trata de una ausencia real o si, como parece más probable, la creatividad musical de las mujeres en distintos periodos ha permanecido oculta, disimulada en las obras de sus parejas masculinas o quizá irremediablemente perdida.

En todo caso, se trata de una situación lamentable, pues en la medida en que la mujer, por su condición, posee una sensibilidad diferente en comparación con el hombre, habita de otra manera el mundo y se sitúa también de otras formas en la realidad, por ello mismo es capaz también de generar expresiones artísticas que ofrecen una suerte de contrapunto simbólico.

Tal es el caso de las piezas de Hildegarda de Bingen, una monja benedictina que ha sido apreciada sobre todo por sus obras teológicas y por los episodios místicos que experimentó, pero quien dedicó también parte de sus esfuerzos a la música.

Conforme a su época y sus circunstancias (Hildegarda vivió en el siglo XII), sus composiciones fueron sobre todo religiosas y vocales. A juzgar por sus escritos, la fe de la monja era intensa, pero también su talento para la música. Ambas cualidades encontraron una comunión feliz cuando Hildegarda encontró en el Salmo 150 argumentos para sostener que el canto es una manifestación de aquello de Dios que hay en el ser humano, con lo cual de algún modo pudo satisfacer tanto su devoción como su placer.

Como compositora, Hildegarda firmó más de 70 obras, algo poco común para su época. Cabe mencionar también que su etapa más prolífica fue después de los 40 años y prácticamente hasta su muerte (a los 81), periodo en el cual escribió también varias obras de reflexión teológica, de doctrina y de compilación del saber proto científico de la época (particularmente a propósito de los remedios médicos naturales conocidos entonces).

Como podemos comprobar por nosotros mismos, las composiciones vocales de Hildegarda llevan casi naturalmente a un estado de paz y meditación, de lo cual no parece estar exenta cierta jovialidad. Más allá del claustro y el aislamiento que evocan otras composiciones de la época, estas se parecen más a la introspección a la que induce la vista de un paisaje natural abierto, inconmensurable. Y acaso esa sea la diferencia de la que hablábamos.

También en Faena Aleph: Esta es una de las formas más bellas y creativas de guardar un secreto

 

 

Imagen: Dominio público

La mujer ha sido, hasta ahora, una de las grandes ausentes en la historia de la música. Por el momento no podemos saber si, en efecto, se trata de una ausencia real o si, como parece más probable, la creatividad musical de las mujeres en distintos periodos ha permanecido oculta, disimulada en las obras de sus parejas masculinas o quizá irremediablemente perdida.

En todo caso, se trata de una situación lamentable, pues en la medida en que la mujer, por su condición, posee una sensibilidad diferente en comparación con el hombre, habita de otra manera el mundo y se sitúa también de otras formas en la realidad, por ello mismo es capaz también de generar expresiones artísticas que ofrecen una suerte de contrapunto simbólico.

Tal es el caso de las piezas de Hildegarda de Bingen, una monja benedictina que ha sido apreciada sobre todo por sus obras teológicas y por los episodios místicos que experimentó, pero quien dedicó también parte de sus esfuerzos a la música.

Conforme a su época y sus circunstancias (Hildegarda vivió en el siglo XII), sus composiciones fueron sobre todo religiosas y vocales. A juzgar por sus escritos, la fe de la monja era intensa, pero también su talento para la música. Ambas cualidades encontraron una comunión feliz cuando Hildegarda encontró en el Salmo 150 argumentos para sostener que el canto es una manifestación de aquello de Dios que hay en el ser humano, con lo cual de algún modo pudo satisfacer tanto su devoción como su placer.

Como compositora, Hildegarda firmó más de 70 obras, algo poco común para su época. Cabe mencionar también que su etapa más prolífica fue después de los 40 años y prácticamente hasta su muerte (a los 81), periodo en el cual escribió también varias obras de reflexión teológica, de doctrina y de compilación del saber proto científico de la época (particularmente a propósito de los remedios médicos naturales conocidos entonces).

Como podemos comprobar por nosotros mismos, las composiciones vocales de Hildegarda llevan casi naturalmente a un estado de paz y meditación, de lo cual no parece estar exenta cierta jovialidad. Más allá del claustro y el aislamiento que evocan otras composiciones de la época, estas se parecen más a la introspección a la que induce la vista de un paisaje natural abierto, inconmensurable. Y acaso esa sea la diferencia de la que hablábamos.

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Imagen: Dominio público