Del amor se ha dicho tanto que es difícil agregar algo más o algo nuevo. Con todo, es posible, acaso porque por más que se le intente pasar por el tamiz de nuestras reflexiones, algo suyo escapa siempre a la explicación o al razonamiento, una cualidad que además tiene también algo de fascinante, eso que lo mantiene vivo y al mismo tiempo a nosotros nos atrae, nos seduce. Por eso, no podemos dejar de pensar sobre el amor, de escribir sobre él, de leer, de intentar conocerlo, de vivirlo también por otros medios.

Uno de éstos, y de los más privilegiados, es el cine, vehículo por excelencia de las representaciones que una época, una sociedad o una cultura hacen sobre el amor. De los clásicos de la época de oro de Hollywood, a las exploraciones más vanguardistas, el amor es, como en otros ámbitos, un tema recurrente de la cinematografía.

Y si bien, por esto mismo, podrían citarse muchísimos ejemplos de películas completas o secuencias consagradas al amor. En esta ocasión quisimos hablar sólo de dos que tienen la singular característica de mostrar al amor en dos de sus etapas más conocidas: el enamoramiento y la revelación del amor verdadero.

La primera de estas escenas pertenece a Vertigo, la película de Alfred Hitchcock de 1958, en la que James Stewart interpreta a John “Scottie” Ferguson, ex policía que por su miedo a las alturas termina se convierte en detective privado y, en esa calidad, es contratado por un empresario para seguir los pasos a Madeleine, su esposa. En el proceso, Scottie termina enamorándose de la mujer que, para su desgracia, muere en circunstancias trágicas y misteriosas.

Entre los varios clímax de la cinta (Hitchcock, después de todo, está considerado el maestro del suspenso), se encuentra un momento en que Scottie se cita en la habitación de un hotel con Judy Barton, una mujer común y corriente que, sin embargo, tiene un enorme parecido con la difunta Madeleine. En los días pasados, desde que la conoció, Scottie la ha cortejado hasta llegar a este punto en el que pide a Judy vestirse y maquillarse como la mujer de la que se enamoró.

 

 

Descrita así, con crudeza, la escena puede sonar imposible, propia sólo del cine, pero lo cierto es que, en ocasiones, eso hacemos con nuestras ansias de amar. Es decir: es más real y cotidiano de lo que creemos. Cuántas veces, cuando el hechizo del enamoramiento termina, nos damos cuenta de que en realidad la persona que decíamos amar al final nos ha decepcionado. Y esto, porque como Scottie, nosotros también, en vez de permitir que el amor germine bajo su propia forma, lo forzamos sin tregua a ajustar a lo conocido, a repetir lo que vivimos antes y de lo cual, por distintas razones, no podemos despegarnos.

En el otro extremo se encuentra la segunda escena: el final de City Lights, de Charlie Chaplin (1931). En esos últimos momentos, la florista y el pordiosero se encuentran, él que tanto la había buscado y ella que no sabe que se trata del mismo por quien pudo recuperar la vista y a quien durante todo el resto de la película creyó un millonario generoso. La mujer, al ver al hombre tan empobrecido, lo llama para darle una moneda, y aunque él de inicio se niega a acercarse, no puede resistirse: no puede resistir que sea ella quien lo llama. Él le extiende su mano y ella le entrega la limosna, pero al tocarlo lo reconoce (es decir: entiende). “¿Usted?”, dice la cortinilla. Y aunque Chaplin responde con un gesto, las siguientes cortinillas son tanto o más elocuentes: “¿Ahora puede ver?”, le pregunta él. “Sí. Ahora puedo ver”, responde ella.

Con una fineza extrema de recursos y de lenguaje, Chaplin montó anticipó así la resolución al problema sobre el amor planteado en Vertigo. ¿Cuál es la salida del laberinto de la repetición en el amor? Dicho con sencillez: mirar. Mirar con esa paciencia que aconsejaba Nietzsche: dejando que se acerque a nuestros sentidos. Detenerse para mirar al otro como es, no como queremos que sea.

¿Son estas las dos mejores escenas de amor en la historia del cine? Ese honor tiene que discutirse, pero por el momento cabe decir que se trata sin duda de las dos que mejor muestran su complejidad y su naturaleza paradójica. El amor como una fuerza bruta y delicada, contradictoria y al mismo tiempo profundamente sencilla. El amor según lo inventamos a diario y según surge cuando le permitimos florecer.

 

 

 

 

Imagen: Public Domain

Del amor se ha dicho tanto que es difícil agregar algo más o algo nuevo. Con todo, es posible, acaso porque por más que se le intente pasar por el tamiz de nuestras reflexiones, algo suyo escapa siempre a la explicación o al razonamiento, una cualidad que además tiene también algo de fascinante, eso que lo mantiene vivo y al mismo tiempo a nosotros nos atrae, nos seduce. Por eso, no podemos dejar de pensar sobre el amor, de escribir sobre él, de leer, de intentar conocerlo, de vivirlo también por otros medios.

Uno de éstos, y de los más privilegiados, es el cine, vehículo por excelencia de las representaciones que una época, una sociedad o una cultura hacen sobre el amor. De los clásicos de la época de oro de Hollywood, a las exploraciones más vanguardistas, el amor es, como en otros ámbitos, un tema recurrente de la cinematografía.

Y si bien, por esto mismo, podrían citarse muchísimos ejemplos de películas completas o secuencias consagradas al amor. En esta ocasión quisimos hablar sólo de dos que tienen la singular característica de mostrar al amor en dos de sus etapas más conocidas: el enamoramiento y la revelación del amor verdadero.

La primera de estas escenas pertenece a Vertigo, la película de Alfred Hitchcock de 1958, en la que James Stewart interpreta a John “Scottie” Ferguson, ex policía que por su miedo a las alturas termina se convierte en detective privado y, en esa calidad, es contratado por un empresario para seguir los pasos a Madeleine, su esposa. En el proceso, Scottie termina enamorándose de la mujer que, para su desgracia, muere en circunstancias trágicas y misteriosas.

Entre los varios clímax de la cinta (Hitchcock, después de todo, está considerado el maestro del suspenso), se encuentra un momento en que Scottie se cita en la habitación de un hotel con Judy Barton, una mujer común y corriente que, sin embargo, tiene un enorme parecido con la difunta Madeleine. En los días pasados, desde que la conoció, Scottie la ha cortejado hasta llegar a este punto en el que pide a Judy vestirse y maquillarse como la mujer de la que se enamoró.

 

 

Descrita así, con crudeza, la escena puede sonar imposible, propia sólo del cine, pero lo cierto es que, en ocasiones, eso hacemos con nuestras ansias de amar. Es decir: es más real y cotidiano de lo que creemos. Cuántas veces, cuando el hechizo del enamoramiento termina, nos damos cuenta de que en realidad la persona que decíamos amar al final nos ha decepcionado. Y esto, porque como Scottie, nosotros también, en vez de permitir que el amor germine bajo su propia forma, lo forzamos sin tregua a ajustar a lo conocido, a repetir lo que vivimos antes y de lo cual, por distintas razones, no podemos despegarnos.

En el otro extremo se encuentra la segunda escena: el final de City Lights, de Charlie Chaplin (1931). En esos últimos momentos, la florista y el pordiosero se encuentran, él que tanto la había buscado y ella que no sabe que se trata del mismo por quien pudo recuperar la vista y a quien durante todo el resto de la película creyó un millonario generoso. La mujer, al ver al hombre tan empobrecido, lo llama para darle una moneda, y aunque él de inicio se niega a acercarse, no puede resistirse: no puede resistir que sea ella quien lo llama. Él le extiende su mano y ella le entrega la limosna, pero al tocarlo lo reconoce (es decir: entiende). “¿Usted?”, dice la cortinilla. Y aunque Chaplin responde con un gesto, las siguientes cortinillas son tanto o más elocuentes: “¿Ahora puede ver?”, le pregunta él. “Sí. Ahora puedo ver”, responde ella.

Con una fineza extrema de recursos y de lenguaje, Chaplin montó anticipó así la resolución al problema sobre el amor planteado en Vertigo. ¿Cuál es la salida del laberinto de la repetición en el amor? Dicho con sencillez: mirar. Mirar con esa paciencia que aconsejaba Nietzsche: dejando que se acerque a nuestros sentidos. Detenerse para mirar al otro como es, no como queremos que sea.

¿Son estas las dos mejores escenas de amor en la historia del cine? Ese honor tiene que discutirse, pero por el momento cabe decir que se trata sin duda de las dos que mejor muestran su complejidad y su naturaleza paradójica. El amor como una fuerza bruta y delicada, contradictoria y al mismo tiempo profundamente sencilla. El amor según lo inventamos a diario y según surge cuando le permitimos florecer.

 

 

 

 

Imagen: Public Domain