Andy Warhol dijo que en el futuro, tarde o temprano, todos tendríamos 15 minutos de fama: que todos seríamos “estrellas” del cielo estrellado del entretenimiento, con un tenue brillo que nos distinguiría antes de apagarnos. Esto no sólo quiere decir que todos tendremos “nuestro momento” de fama —en ese hipotético futuro warholiano, que bien pudo encarnar en esta celebridad del Like y difusión viral en que vivimos—, sino, sobre todo, que la fama será fugaz y evanescente. Pero además de Warhol, hubo otro artista para quien la lata de sopa Campbell’s serviría de leitmotiv, y cuyo trabajo se desarrolló lejos, a miles de kilómetros de las calles de Nueva York y su efusión vanguardista, aunque durante la misma época: Ion Barladeanu.

La fama de Barladeanu más que fugaz, ha sido tardía: nació en la pequeña villa de Zapodeni, Rumania, en 1946. Y si su fama como creador de intrigantes collages fue tardía, su vocación de ser un rebelde y desear vivir fuera del sistema fueron las notas más tempranas de su carácter. Ion ha podido vivir de la pintura apenas recientemente, gracias al descubrimiento de su trabajo por curadores romaníes, durante una temporada en la que el artista vivía en la calle, entre los contenedores de basura. En sus palabras, Ion ya era para entonces todo un artista, “sólo que nadie me conocía. Lo único que ha cambiado es que ahora me conocen. Me gusta.”

En su juventud pasó por numerosos oficios, estuvo en el ejército, fue sepulturero, guardia de seguridad, e incluso como personal no calificado para el gobierno del infame Nicolae Ceausecu. Además de su afición por el dibujo, Ion tenía la manía de los objetos, el coleccionismo amateur, el reciclaje sagrado que desde Max Ernst hasta Joseph Cornell formó la materia prima de muchos artistas del siglo XX. Los afiches impresos, las revistas de moda, los periódicos, incluso la propaganda oficial comunista terminó utilizado en los collages de Barladeanu.

Curiosamente, para Ion Barladeanu su propia obra no es tanto pictórica como cinematográfica. Una leyenda urbana afirma que se lo dijo así a la actriz Angelina Jolie en una cena, cuando Ion le contó que había trabajado con los mejores actores y actrices para sus películas de papel, sus delirantes capítulos de series de la guerra fría, donde James Bond, el partido comunista y las modelos de revistas de moda occidentales se dan la mano para disputar un territorio imaginativo y lúdico a la aplastante realidad —desempleo masivo, falta de libertades civiles, incluida la de expresión y las artes— del periodo de Ceausecu.

Tal vez por trabajar desde las sombras, sin la pretensión de mostrarlo a nadie ni establecerse dentro del mercado del arte, tal vez por eso la irreverencia y peligrosidad de algunas piezas de Barladeanu, fotogramas de películas imposibles que poblaron la vida salvaje del artista. Hoy, cuando su trabajo se exhibe en todo el mundo (se le asimiló en el mercado del arte como “pop art”, por lo que a menudo su obra y la de Warhol viajan a los mismos museos), Barladeanu vive en un pequeño piso de dos habitaciones en Bucarest y concede extrañas entrevistas, mientras su colección de sombreros sigue creciendo, y su obra también.

*Imagen: video – Carmen Lidia Vidu

 

Andy Warhol dijo que en el futuro, tarde o temprano, todos tendríamos 15 minutos de fama: que todos seríamos “estrellas” del cielo estrellado del entretenimiento, con un tenue brillo que nos distinguiría antes de apagarnos. Esto no sólo quiere decir que todos tendremos “nuestro momento” de fama —en ese hipotético futuro warholiano, que bien pudo encarnar en esta celebridad del Like y difusión viral en que vivimos—, sino, sobre todo, que la fama será fugaz y evanescente. Pero además de Warhol, hubo otro artista para quien la lata de sopa Campbell’s serviría de leitmotiv, y cuyo trabajo se desarrolló lejos, a miles de kilómetros de las calles de Nueva York y su efusión vanguardista, aunque durante la misma época: Ion Barladeanu.

La fama de Barladeanu más que fugaz, ha sido tardía: nació en la pequeña villa de Zapodeni, Rumania, en 1946. Y si su fama como creador de intrigantes collages fue tardía, su vocación de ser un rebelde y desear vivir fuera del sistema fueron las notas más tempranas de su carácter. Ion ha podido vivir de la pintura apenas recientemente, gracias al descubrimiento de su trabajo por curadores romaníes, durante una temporada en la que el artista vivía en la calle, entre los contenedores de basura. En sus palabras, Ion ya era para entonces todo un artista, “sólo que nadie me conocía. Lo único que ha cambiado es que ahora me conocen. Me gusta.”

En su juventud pasó por numerosos oficios, estuvo en el ejército, fue sepulturero, guardia de seguridad, e incluso como personal no calificado para el gobierno del infame Nicolae Ceausecu. Además de su afición por el dibujo, Ion tenía la manía de los objetos, el coleccionismo amateur, el reciclaje sagrado que desde Max Ernst hasta Joseph Cornell formó la materia prima de muchos artistas del siglo XX. Los afiches impresos, las revistas de moda, los periódicos, incluso la propaganda oficial comunista terminó utilizado en los collages de Barladeanu.

Curiosamente, para Ion Barladeanu su propia obra no es tanto pictórica como cinematográfica. Una leyenda urbana afirma que se lo dijo así a la actriz Angelina Jolie en una cena, cuando Ion le contó que había trabajado con los mejores actores y actrices para sus películas de papel, sus delirantes capítulos de series de la guerra fría, donde James Bond, el partido comunista y las modelos de revistas de moda occidentales se dan la mano para disputar un territorio imaginativo y lúdico a la aplastante realidad —desempleo masivo, falta de libertades civiles, incluida la de expresión y las artes— del periodo de Ceausecu.

Tal vez por trabajar desde las sombras, sin la pretensión de mostrarlo a nadie ni establecerse dentro del mercado del arte, tal vez por eso la irreverencia y peligrosidad de algunas piezas de Barladeanu, fotogramas de películas imposibles que poblaron la vida salvaje del artista. Hoy, cuando su trabajo se exhibe en todo el mundo (se le asimiló en el mercado del arte como “pop art”, por lo que a menudo su obra y la de Warhol viajan a los mismos museos), Barladeanu vive en un pequeño piso de dos habitaciones en Bucarest y concede extrañas entrevistas, mientras su colección de sombreros sigue creciendo, y su obra también.

*Imagen: video – Carmen Lidia Vidu