Una de las mentes más brillantes de todos los tiempos fue Jabir ibn Hayyan (721-815), cuya agudeza y talento para las ciencias es tal, que incluso los estudiosos modernos creen que se trató de un colectivo y no un autor solitario. 

Jabir tiene miles de manuscritos firmados con su nombre, y su impacto se extendió desde el Medio Oriente hasta Europa, donde lo llamaron Geber, y en el Tibet, donde lo conocen como Dza-bir.

Lo que le da cierto sentido de coherencia y unidad a las obras que se le atribuyen es un sistemático uso de los principios alquímicos, así como la consulta de fuentes griegas. Los cuatro elementos descritos ya por Aristóteles, el fuego, el agua, el aire y la tierra, se corresponden a las cuatro cualidades: caliente, frío, húmedo y seco.

En sus enseñanzas, Jabir también expresa el dogma de que cada ser vivo, así como cada planta y mineral, tienen cualidades exteriores (o zahir) y cualidades ocultas e interiores (batin). Esto puede traducirse a la idea occidental que tenemos sobre el cuerpo y el alma: una parte física y en contacto con el mundo, así como una parte oculta, hecha de significados.

Pero para la alquimia, la conexión entre ambos terrenos no es una frontera, sino una continuidad. Cada ser vivo y cada mineral expresan no solamente su naturaleza manifiesta, sino también su contrario (batin). Transformar un tipo de materia en otro (como la proverbial conversión del plomo en oro) se explica como “sacar” el batin oculto de aquello cuya cualidad manifiesta es la contraria.

En los escritos de Jabir, la química, la biología, la religión e incluso la gramática van de la mano. En ellos, el autor habla del “agente de transformación”, llamado elixir, que nos recuerda a las historias sobre la piedra filosofal. Pero no se trata de un tipo de piedra, ni siquiera de un mineral, sino precisamente de algo que permite cambiar una naturaleza oculta en manifiesta, y viceversa. Y dado el caso puede ser cualquier cosa: un cabello, un huevo, incluso la sangre humana.

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Según la investigadora Amelia Soth, “la alquimia es tanto práctica como metafísica. Tiene un significado manifiesto y un significado oculto, un zahir y un batin. Su meta aparente es la creación de riqueza, pero su objetivo más profundo es mucho más audaz. El alquimista busca desnudar los secretos del mundo, penetrar en los materiales de construcción y reacomodarlos.”

En el Libro de las piedras, Jabir describe cómo ha podido devolver la salud a personas que estaban a punto de morir. Sin embargo, las instrucciones precisas para conformar y aplicar el elixir, así como muchos de los rituales mágicos que lo rodean, están fuertemente custodiados en la inteligencia de los lectores. Jabir a menudo da pistas falsas, comete errores que son evidentes para el iniciado, pero que buscan despistar a quien sólo quiere beneficiarse personalmente de sus saberes.

Esto es así porque crear vida, según Jabir, también es un atributo divino que no debe caer en manos peligrosas. Soth explica que estos procedimientos no son “blasfemos” en un sentido moderno, sino que forman la expresión más alta de devoción del alquimista hacia la divinidad. El alquimista (como el poeta, según Vicente Huidobro) es un pequeño Dios, pues su ciencia consiste en comprender e imitar las formas en que dios mismo ha creado. No era otra la tarea de Albert Einstein, cuando decía: “Quiero conocer cómo creó Dios el mundo. Quiero conocer su pensamiento, el resto son detalles”.

 

 

 

Imágenes: 1)Wellcome Images 2) Wikimedia Commons

Una de las mentes más brillantes de todos los tiempos fue Jabir ibn Hayyan (721-815), cuya agudeza y talento para las ciencias es tal, que incluso los estudiosos modernos creen que se trató de un colectivo y no un autor solitario. 

Jabir tiene miles de manuscritos firmados con su nombre, y su impacto se extendió desde el Medio Oriente hasta Europa, donde lo llamaron Geber, y en el Tibet, donde lo conocen como Dza-bir.

Lo que le da cierto sentido de coherencia y unidad a las obras que se le atribuyen es un sistemático uso de los principios alquímicos, así como la consulta de fuentes griegas. Los cuatro elementos descritos ya por Aristóteles, el fuego, el agua, el aire y la tierra, se corresponden a las cuatro cualidades: caliente, frío, húmedo y seco.

En sus enseñanzas, Jabir también expresa el dogma de que cada ser vivo, así como cada planta y mineral, tienen cualidades exteriores (o zahir) y cualidades ocultas e interiores (batin). Esto puede traducirse a la idea occidental que tenemos sobre el cuerpo y el alma: una parte física y en contacto con el mundo, así como una parte oculta, hecha de significados.

Pero para la alquimia, la conexión entre ambos terrenos no es una frontera, sino una continuidad. Cada ser vivo y cada mineral expresan no solamente su naturaleza manifiesta, sino también su contrario (batin). Transformar un tipo de materia en otro (como la proverbial conversión del plomo en oro) se explica como “sacar” el batin oculto de aquello cuya cualidad manifiesta es la contraria.

En los escritos de Jabir, la química, la biología, la religión e incluso la gramática van de la mano. En ellos, el autor habla del “agente de transformación”, llamado elixir, que nos recuerda a las historias sobre la piedra filosofal. Pero no se trata de un tipo de piedra, ni siquiera de un mineral, sino precisamente de algo que permite cambiar una naturaleza oculta en manifiesta, y viceversa. Y dado el caso puede ser cualquier cosa: un cabello, un huevo, incluso la sangre humana.

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Según la investigadora Amelia Soth, “la alquimia es tanto práctica como metafísica. Tiene un significado manifiesto y un significado oculto, un zahir y un batin. Su meta aparente es la creación de riqueza, pero su objetivo más profundo es mucho más audaz. El alquimista busca desnudar los secretos del mundo, penetrar en los materiales de construcción y reacomodarlos.”

En el Libro de las piedras, Jabir describe cómo ha podido devolver la salud a personas que estaban a punto de morir. Sin embargo, las instrucciones precisas para conformar y aplicar el elixir, así como muchos de los rituales mágicos que lo rodean, están fuertemente custodiados en la inteligencia de los lectores. Jabir a menudo da pistas falsas, comete errores que son evidentes para el iniciado, pero que buscan despistar a quien sólo quiere beneficiarse personalmente de sus saberes.

Esto es así porque crear vida, según Jabir, también es un atributo divino que no debe caer en manos peligrosas. Soth explica que estos procedimientos no son “blasfemos” en un sentido moderno, sino que forman la expresión más alta de devoción del alquimista hacia la divinidad. El alquimista (como el poeta, según Vicente Huidobro) es un pequeño Dios, pues su ciencia consiste en comprender e imitar las formas en que dios mismo ha creado. No era otra la tarea de Albert Einstein, cuando decía: “Quiero conocer cómo creó Dios el mundo. Quiero conocer su pensamiento, el resto son detalles”.

 

 

 

Imágenes: 1)Wellcome Images 2) Wikimedia Commons