El hijo pródigo de Ohio, Jim Jarmusch, es uno de los directores contemporáneos más intrigantes y genuinos. Más allá de haber dirigido geniales filmes, como Dead Man (1995) y Ghost Dog (1999), este personaje destaca en la actualidad cinematográfica por su autenticidad.

Descendiente del cine francés de Jean-Luc Godard y François Truffaut, y adoptado gustosamente por Nueva York, las particularidades narrativas de Jarmusch le permiten hilar abstracciones, por ejemplo la elegancia y la melancolía, blindando su obra ante las tentaciones y formulas de Hollywood. Además, cataliza este arte oximorónico mediante un humor haute couture, lo cual le permite, por ejemplo, entrelazar enseñanzas místicas de los nativos estadounidenses con la cosmogonía de William Blake, y apariciones de personajes como Iggy Pop interpretando a un travestí del viejo oeste. O qué decir del mashup metacultural donde hace converger el camino guerrero del Samurai (Hagakure), con la subcultura brooklyneana del amaestramiento de pichones y la vida de un impecable asesino a sueldo.

En todo caso, más allá de gustos y opiniones personales, sería difícil negar que el mundo de Jarmusch, su estilo y su forma de contar historias, son únicos. Y por eso cuando en 2004 dictó sus cinco reglas (o no-reglas) de oro para hacer cine, estas terminan animando una especie de valiosos anti-manual aplicable no solo para el arte de hacer cine, también para el de la existencia.

No. 1. No hay reglas. Hay tantas maneras de hacer cine como hay cineastas. Es una forma abierta. De cualquier manera, yo personalmente nunca pretendería decirle a alguien más qué hacer o cómo hacer cualquier cosa. Para mí es como decirle a alguien más cómo deben ser sus creencias religiosas. Al carajo con eso. Eso va en contra de mi filosofía personal; más un código que una serie de “reglas”. Por lo tanto, ignora las reglas que estás leyendo ahorita, y en cambio considéralas como meras notas a mí mismo. Uno debe hacer sus propias “notas” porque no hay una sola manera de hacer nada. Si alguien te dice que sólo hay una manera, su manera, aléjate lo más posible de ellos, tanto física como filosóficamente.

No. 2. No dejes que los idiotas te jodan. Pueden ya sea ayudarte o no ayudarte, pero no pueden detenerte. Las personas que financian películas, distribuyen películas, promueven películas y exhiben películas no son cineastas. No están interesados en dejar que los cineastas definan y dicten la manera en que hacen su trabajo, así que los cineastas no deberían tener interés en dejarlos que dicten la manera en que se hace una película. Carga un arma si es necesario.

Además, evita a los diletantes a toda costa. Siempre hay personas por ahí que sólo quieren meterse a hacer cine para volverse ricas, para volverse famosas o para tener sexo. Generalmente saben tanto de cómo hacer cine como George W. Bush de combate cuerpo a cuerpo.

No. 3: La producción está ahí para servir a la película. La película no está ahí para servir a la producción. Desafortunadamente en el mundo del cine esto se da casi universalmente al revés. La película no se hace para servir al presupuesto, al cronograma o a las hojas de vida de los involucrados. A los cineastas que no entienden esto deberían colgarlos de los tobillos y preguntarles por qué de pronto el cielo está para abajo.

No. 4. El cine es un proceso de colaboración. Tienes la oportunidad de trabajar con otros cuyas mentes e ideas pueden ser más fuertes que las tuyas. Asegúrate de que se mantengan enfocados en su propia función y no en el trabajo de alguien más, o será un desastre. Pero trata a todos tus colaboradores como iguales y con respeto. Un asistente de producción que está deteniendo el tráfico para que el equipo técnico pueda rodar un plano no es menos importante que los actores en escena, el director de fotografía, el director de arte o el director. Las jerarquías son para aquellos cuyos egos están inflados o fuera de control o para la gente que está en el ejército. Aquellos con los que eliges colaborar, si escoges bien, pueden elevar la calidad y el contenido de tu película a un nivel mucho más alto de lo que cualquiera hubiera podido imaginarse por sí solo. Si no quieres trabajar con otras personas pinta un cuadro o escribe un libro (y si quieres ser un maldito dictador parece que por estos días lo único que hay que hacer es meterse a la política…).

No. 5. Nada es original. Roba de cualquier sitio que te llene de inspiración o alimente tu imaginación. Devora películas viejas, películas nuevas, música, libros, pinturas, fotografías, poemas, sueños, conversaciones intrascendentes, arquitectura, puentes, señales de tránsito, árboles, nubes, ríos, luces y sombras. Selecciona para robar solamente aquellas cosas que le hablen directamente a tu alma. Si lo haces, tu trabajo (y tu robo) será auténtico. La autenticidad es invaluable; la originalidad no existe. Y no te preocupes en ocultar tu robo – celébralo si hace falta. En cualquier caso recuerda siempre lo que dijo Jean-Luc Godard: “De lo que se trata no es de dónde tomas las cosas, sino de a dónde las llevas”.

El hijo pródigo de Ohio, Jim Jarmusch, es uno de los directores contemporáneos más intrigantes y genuinos. Más allá de haber dirigido geniales filmes, como Dead Man (1995) y Ghost Dog (1999), este personaje destaca en la actualidad cinematográfica por su autenticidad.

Descendiente del cine francés de Jean-Luc Godard y François Truffaut, y adoptado gustosamente por Nueva York, las particularidades narrativas de Jarmusch le permiten hilar abstracciones, por ejemplo la elegancia y la melancolía, blindando su obra ante las tentaciones y formulas de Hollywood. Además, cataliza este arte oximorónico mediante un humor haute couture, lo cual le permite, por ejemplo, entrelazar enseñanzas místicas de los nativos estadounidenses con la cosmogonía de William Blake, y apariciones de personajes como Iggy Pop interpretando a un travestí del viejo oeste. O qué decir del mashup metacultural donde hace converger el camino guerrero del Samurai (Hagakure), con la subcultura brooklyneana del amaestramiento de pichones y la vida de un impecable asesino a sueldo.

En todo caso, más allá de gustos y opiniones personales, sería difícil negar que el mundo de Jarmusch, su estilo y su forma de contar historias, son únicos. Y por eso cuando en 2004 dictó sus cinco reglas (o no-reglas) de oro para hacer cine, estas terminan animando una especie de valiosos anti-manual aplicable no solo para el arte de hacer cine, también para el de la existencia.

No. 1. No hay reglas. Hay tantas maneras de hacer cine como hay cineastas. Es una forma abierta. De cualquier manera, yo personalmente nunca pretendería decirle a alguien más qué hacer o cómo hacer cualquier cosa. Para mí es como decirle a alguien más cómo deben ser sus creencias religiosas. Al carajo con eso. Eso va en contra de mi filosofía personal; más un código que una serie de “reglas”. Por lo tanto, ignora las reglas que estás leyendo ahorita, y en cambio considéralas como meras notas a mí mismo. Uno debe hacer sus propias “notas” porque no hay una sola manera de hacer nada. Si alguien te dice que sólo hay una manera, su manera, aléjate lo más posible de ellos, tanto física como filosóficamente.

No. 2. No dejes que los idiotas te jodan. Pueden ya sea ayudarte o no ayudarte, pero no pueden detenerte. Las personas que financian películas, distribuyen películas, promueven películas y exhiben películas no son cineastas. No están interesados en dejar que los cineastas definan y dicten la manera en que hacen su trabajo, así que los cineastas no deberían tener interés en dejarlos que dicten la manera en que se hace una película. Carga un arma si es necesario.

Además, evita a los diletantes a toda costa. Siempre hay personas por ahí que sólo quieren meterse a hacer cine para volverse ricas, para volverse famosas o para tener sexo. Generalmente saben tanto de cómo hacer cine como George W. Bush de combate cuerpo a cuerpo.

No. 3: La producción está ahí para servir a la película. La película no está ahí para servir a la producción. Desafortunadamente en el mundo del cine esto se da casi universalmente al revés. La película no se hace para servir al presupuesto, al cronograma o a las hojas de vida de los involucrados. A los cineastas que no entienden esto deberían colgarlos de los tobillos y preguntarles por qué de pronto el cielo está para abajo.

No. 4. El cine es un proceso de colaboración. Tienes la oportunidad de trabajar con otros cuyas mentes e ideas pueden ser más fuertes que las tuyas. Asegúrate de que se mantengan enfocados en su propia función y no en el trabajo de alguien más, o será un desastre. Pero trata a todos tus colaboradores como iguales y con respeto. Un asistente de producción que está deteniendo el tráfico para que el equipo técnico pueda rodar un plano no es menos importante que los actores en escena, el director de fotografía, el director de arte o el director. Las jerarquías son para aquellos cuyos egos están inflados o fuera de control o para la gente que está en el ejército. Aquellos con los que eliges colaborar, si escoges bien, pueden elevar la calidad y el contenido de tu película a un nivel mucho más alto de lo que cualquiera hubiera podido imaginarse por sí solo. Si no quieres trabajar con otras personas pinta un cuadro o escribe un libro (y si quieres ser un maldito dictador parece que por estos días lo único que hay que hacer es meterse a la política…).

No. 5. Nada es original. Roba de cualquier sitio que te llene de inspiración o alimente tu imaginación. Devora películas viejas, películas nuevas, música, libros, pinturas, fotografías, poemas, sueños, conversaciones intrascendentes, arquitectura, puentes, señales de tránsito, árboles, nubes, ríos, luces y sombras. Selecciona para robar solamente aquellas cosas que le hablen directamente a tu alma. Si lo haces, tu trabajo (y tu robo) será auténtico. La autenticidad es invaluable; la originalidad no existe. Y no te preocupes en ocultar tu robo – celébralo si hace falta. En cualquier caso recuerda siempre lo que dijo Jean-Luc Godard: “De lo que se trata no es de dónde tomas las cosas, sino de a dónde las llevas”.

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