Uno de los grandes problemas de las actuales metrópolis es que el silencio se ha convertido en un raro privilegio. Las avenidas son como un gran amplificador en el que se mezclan el rugido de los motores con la impaciencia de los cláxones, y la contaminación por dióxido de carbono ha dejado de ser nuestra única preocupación.

Queremos ventanas aislantes en nuestras casas y gruesos muros que nos protejan de la ya familiar contaminación acústica, o, por lo menos, que nuestro hogar este lo suficientemente alejado del tránsito urbano para poder vivir sin su persistente banda sonora. Pero para alguien como John Cage (1912-1992), un confeso amante del sonido en todas sus manifestaciones, el bullicio urbano no solo no significaba una intromisión molesta, sino una oportunidad para recoger nuevos matices auditivos, pequeñas perlas sonoras transportadas por el aire enrarecido de la ciudad.

John Cage fue uno de los compositores más influyentes del siglo XX. En su haber está la creación de la famosa 4´33´´, pieza de tres movimientos en la que no se ejecuta una sola nota. Profundamente marcado por la filosofía oriental, Cage otorgó una importancia fundamental al silencio, heredada de su contacto con el budismo zen. El I Ching, o libro de las mutaciones chino, serviría a Cage para elaborar su concepto de Música Aleatoria donde el azar entraba a formar parte de la construcción de la pieza musical. Miembro del movimiento Fluxus, y una de sus figuras inspiradoras, Cage fue el gran teórico del sonido del siglo XX, adelantándose a la música electrónica y el uso libre, no estandarizado, de los instrumentos musicales.

Es conocida la visita de John Cage a la cámara anecoica (sala perfectamente insonorizada) de la Universidad de Harvard en 1951. Cage pretendía experimentar una situación de silencio total; sin embargo, pronto se dio cuenta, al percibir el sonido de su corazón y su sistema nervioso, que el silencio total no era posible. Cage dedujo que el silencio obedece más a una disposición  psicológica que a una cesación total del fenómeno acústico. El silencio es un estado mental.

En el fragmento de entrevista que aquí reproducimos, Cage nos habla de su concepción de la música. Con una ventana abierta a una concurrida avenida de Nueva York, Cage confiesa su amor por los sonidos aislados, independientes de toda intención expresiva o artística. Para Cage el sonido del tráfico siempre es diferente, al contrario de una composición de Beethoven o Mozart que, a fin de cuentas, dirá, siempre son iguales.

Lo importante es descubrir la novedad de todo acontecimiento, la singularidad de todo objeto, de todo sonido, de todo tiempo y lugar. Con una pequeña referencia a una botella de refresco, Cage nos revela la sorpresa constante que puede ser para nosotros el mundo.

Si nos liberamos de nuestras memorias, entonces cada cosa que vemos es nueva; es como si nos hubiésemos convertido en turistas y estuviéramos viviendo en países que fueran muy excitantes…porque los desconocemos.

Uno de los grandes problemas de las actuales metrópolis es que el silencio se ha convertido en un raro privilegio. Las avenidas son como un gran amplificador en el que se mezclan el rugido de los motores con la impaciencia de los cláxones, y la contaminación por dióxido de carbono ha dejado de ser nuestra única preocupación.

Queremos ventanas aislantes en nuestras casas y gruesos muros que nos protejan de la ya familiar contaminación acústica, o, por lo menos, que nuestro hogar este lo suficientemente alejado del tránsito urbano para poder vivir sin su persistente banda sonora. Pero para alguien como John Cage (1912-1992), un confeso amante del sonido en todas sus manifestaciones, el bullicio urbano no solo no significaba una intromisión molesta, sino una oportunidad para recoger nuevos matices auditivos, pequeñas perlas sonoras transportadas por el aire enrarecido de la ciudad.

John Cage fue uno de los compositores más influyentes del siglo XX. En su haber está la creación de la famosa 4´33´´, pieza de tres movimientos en la que no se ejecuta una sola nota. Profundamente marcado por la filosofía oriental, Cage otorgó una importancia fundamental al silencio, heredada de su contacto con el budismo zen. El I Ching, o libro de las mutaciones chino, serviría a Cage para elaborar su concepto de Música Aleatoria donde el azar entraba a formar parte de la construcción de la pieza musical. Miembro del movimiento Fluxus, y una de sus figuras inspiradoras, Cage fue el gran teórico del sonido del siglo XX, adelantándose a la música electrónica y el uso libre, no estandarizado, de los instrumentos musicales.

Es conocida la visita de John Cage a la cámara anecoica (sala perfectamente insonorizada) de la Universidad de Harvard en 1951. Cage pretendía experimentar una situación de silencio total; sin embargo, pronto se dio cuenta, al percibir el sonido de su corazón y su sistema nervioso, que el silencio total no era posible. Cage dedujo que el silencio obedece más a una disposición  psicológica que a una cesación total del fenómeno acústico. El silencio es un estado mental.

En el fragmento de entrevista que aquí reproducimos, Cage nos habla de su concepción de la música. Con una ventana abierta a una concurrida avenida de Nueva York, Cage confiesa su amor por los sonidos aislados, independientes de toda intención expresiva o artística. Para Cage el sonido del tráfico siempre es diferente, al contrario de una composición de Beethoven o Mozart que, a fin de cuentas, dirá, siempre son iguales.

Lo importante es descubrir la novedad de todo acontecimiento, la singularidad de todo objeto, de todo sonido, de todo tiempo y lugar. Con una pequeña referencia a una botella de refresco, Cage nos revela la sorpresa constante que puede ser para nosotros el mundo.

Si nos liberamos de nuestras memorias, entonces cada cosa que vemos es nueva; es como si nos hubiésemos convertido en turistas y estuviéramos viviendo en países que fueran muy excitantes…porque los desconocemos.

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