karl-blossfeldt-mm67761_3-189x300Las fotografías de Karl Blossfeldt son consideradas entre las obras más finas del siglo XX temprano, pero todo comenzó como un experimento de enseñanza. Blossfeldt no era ni fotógrafo ni botánico; era un escultor y profesor de arte que realizó estas fotografías de naturaleza magnificada para incitar a sus alumnos a prestar atención al mundo. Así, sin saber que estaba confiriendo vida a toda una nueva categoría de la elegancia, el alemán fue descubriendo que las plantas tenían cualidades táctiles y majestuosas que a primera vista no eran discernibles para el ojo humano.

Las plantas son una mina de tesoros de formas; una que pasa desapercibida solo porque la escala de las formas fracasa en llegar al ojo y a veces esto hace que las formas sean difíciles de identificar. Pero eso es precisamente lo que estas fotografías pretenden hacer: retratar formas diminutas a una escala conveniente y alentar a estudiantes a prestarles más atención.

Él mismo fabricó una cámara con un larguísimo lente que podía magnificar objetos hasta 40 veces su tamaño para capturar la microcósmica estética de sus especímenes. A veces, en la edición final, utilizaba lápiz, grafito y acuarela para intensificar las luces y las sombras. Sabía que además de ser material de enseñanza, sus fotos estaban formando una familia estética y debían parecerse, en la textura y composición final, la una a la otra.large_wl_photo_karl-blossfeldt-007-220x300

Tras saltar a la fama en 1928, con la primera publicación de sus fotos (Urformen Der Kunst), Blossfeldt se convirtió inmediatamente en un pionero de la nueva objetividad. Él, después de todo, descubrió que detrás de sus limpias demostraciones del mundo natural había formas fantasmagóricas de un universo hecho por el hombre: columnas antiguas en sus colas de caballo, báculos de obispo en sus helechos y bailarinas petrificadas en sus hojas secas. En ocasiones, para ahorrar espacio de impresión (que era muy costoso en su momento), imprimía varias fotografías en una sola hoja con un asombroso análisis instrumental y armónico. Reunía la gracia individual de cada planta y formaba un ecosistema visual, una partitura de notas áureas.

Su particular manera de inventariar la botánica, con ese tono sepia y acabado mate, atrajo magnéticamente un aura a su trabajo; esa aura particular de los objetos de coleccionista. De hecho, el filósofo Walter Benjamin declaró que Karl Blossfeldt “ha jugado su parte en la gran exploración del inventario de la percepción, el cual tendrá un efecto inestimable en nuestra concepción del mundo”.

Al final de su vida, el fotógrafo alemán había reunido más de 6,000 imágenes de especímenes botánicos magnificados, en aislamiento y sobre un fondo liso. Blossfeldt nunca quiso ahogar su trabajo en comentarios, para él sus plantas no eran un lenguaje textual sino elementos de diseño, patrones arabescos bien balanceados. Al rehusarse a ser considerado como artista, se convirtió en una suerte de traductor del mundo natural. Y de la forma más elegante que se ha visto jamás en la fotografía botánica, elevó a la naturaleza a un estatus más alto incluso que el arte.

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karl-blossfeldt-mm67761_3-189x300Las fotografías de Karl Blossfeldt son consideradas entre las obras más finas del siglo XX temprano, pero todo comenzó como un experimento de enseñanza. Blossfeldt no era ni fotógrafo ni botánico; era un escultor y profesor de arte que realizó estas fotografías de naturaleza magnificada para incitar a sus alumnos a prestar atención al mundo. Así, sin saber que estaba confiriendo vida a toda una nueva categoría de la elegancia, el alemán fue descubriendo que las plantas tenían cualidades táctiles y majestuosas que a primera vista no eran discernibles para el ojo humano.

Las plantas son una mina de tesoros de formas; una que pasa desapercibida solo porque la escala de las formas fracasa en llegar al ojo y a veces esto hace que las formas sean difíciles de identificar. Pero eso es precisamente lo que estas fotografías pretenden hacer: retratar formas diminutas a una escala conveniente y alentar a estudiantes a prestarles más atención.

Él mismo fabricó una cámara con un larguísimo lente que podía magnificar objetos hasta 40 veces su tamaño para capturar la microcósmica estética de sus especímenes. A veces, en la edición final, utilizaba lápiz, grafito y acuarela para intensificar las luces y las sombras. Sabía que además de ser material de enseñanza, sus fotos estaban formando una familia estética y debían parecerse, en la textura y composición final, la una a la otra.large_wl_photo_karl-blossfeldt-007-220x300

Tras saltar a la fama en 1928, con la primera publicación de sus fotos (Urformen Der Kunst), Blossfeldt se convirtió inmediatamente en un pionero de la nueva objetividad. Él, después de todo, descubrió que detrás de sus limpias demostraciones del mundo natural había formas fantasmagóricas de un universo hecho por el hombre: columnas antiguas en sus colas de caballo, báculos de obispo en sus helechos y bailarinas petrificadas en sus hojas secas. En ocasiones, para ahorrar espacio de impresión (que era muy costoso en su momento), imprimía varias fotografías en una sola hoja con un asombroso análisis instrumental y armónico. Reunía la gracia individual de cada planta y formaba un ecosistema visual, una partitura de notas áureas.

Su particular manera de inventariar la botánica, con ese tono sepia y acabado mate, atrajo magnéticamente un aura a su trabajo; esa aura particular de los objetos de coleccionista. De hecho, el filósofo Walter Benjamin declaró que Karl Blossfeldt “ha jugado su parte en la gran exploración del inventario de la percepción, el cual tendrá un efecto inestimable en nuestra concepción del mundo”.

Al final de su vida, el fotógrafo alemán había reunido más de 6,000 imágenes de especímenes botánicos magnificados, en aislamiento y sobre un fondo liso. Blossfeldt nunca quiso ahogar su trabajo en comentarios, para él sus plantas no eran un lenguaje textual sino elementos de diseño, patrones arabescos bien balanceados. Al rehusarse a ser considerado como artista, se convirtió en una suerte de traductor del mundo natural. Y de la forma más elegante que se ha visto jamás en la fotografía botánica, elevó a la naturaleza a un estatus más alto incluso que el arte.

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