¿Por qué el ser humano, inteligente como es, no ha logrado encontrar una forma de vivir en paz, tranquilidad o equilibrio consigo mismo, con sus semejantes y con el entorno? ¿O será que la hemos encontrado ya muchas veces a lo largo de nuestra historia, pero simplemente no queremos o no somos capaces de sostener ese modo de vida?

El siglo XIX fue rico en ideas utopistas. En Europa, fue el siglo de las revoluciones que en casi todos sus casos estuvieron alimentadas por ideas de igualdad y justicia. Fue también, cabe decirlo, la época de la Revolución Industrial que, al mismo tiempo que llenó los lugares de trabajo de máquinas de todo tipo, hizo soñar a algunos con un futuro no muy lejano en que el ser humano podría dejar la tareas propias de la producción a esos autómatas, para así poder dedicarse al cultivo de las artes, de la filosofía, de la vida colectiva en bienestar.

En parte animados por ese espíritu, en 1885 un grupo de personas con ideales afines se establecieron en las inmediaciones de la Sierra Nevada, en California, en esa área legendaria del paisaje estadounidense poblada de secoyas, una de las especies más longevas de nuestro planeta. A su comunidad le dieron el nombre de Kaweah, mismo que designa a varios accidentes geográficos de la zona y que procede de las lenguas yokuts, originarias de dicha región.

Inspirados por Pierre-Joseph Proudhon y otros teóricos del anarquismo, los miembros de esta comuna no creían en la existencia de la propiedad privada, pues en cierto modo la tierra no puede pertenecer a nadie sino a sí misma: la única labor del ser humano debería ser cuidarla, protegerla y en todo caso usufructuarla pero sin nunca poseerla, y sin olvidar a las generaciones venideras.

Lectores también de Karl Marx y de uno de los primeros introductores del marxismo a la cultura estadounidense, Laurence Gronlund, la gente de Kaweah pensaba que era posible conducir una revolución pacífica en contra del sistema capitalista de explotación del planeta y del ser humano; de hecho, rebautizaron con el nombre de “Karl Marx” a la gran secoya que eligieron como símbolo de su comunidad, aun cuando entonces era ya conocida como “General Sherman” (en honor a uno de los militares más despiadados de la Guerra Civil, William Tecumseh Sherman).

En general, en Kaweah se pensaba que era posible establecer un modo de vida que hoy llamaríamos “sustentable”, esto es, en donde el ser humano coexistiera con su entorno, sin menoscabo de uno ni de otro. 

Su organización social estaba basada en la igualdad del valor de todo trabajo, el cual se cuantificaba de acuerdo a una escala de tiempo que a su vez servía para fijar cierto número de créditos; finalmente, dichos créditos se intercambiaban por aquello que una persona necesitara. Entre otras labores, una de las principales fue el trabajo en la realización de caminos, puentes y otras vías de comunicación terrestres, varios de los cuales fueron durante mucho tiempo los únicos usados en la zona. Miembros de Kaweah también construyeron edificios de uso social, como merenderos, herrerías, una imprenta y una oficina postal, lo que demuestra a su vez su voluntad de estar conectados con el exterior y no morir sofocados por el aislamiento, como a veces ha ocurrido con proyectos similares.

En su caso, lamentablemente, fue el mismo exterior el que acabó con el sueño utópico, A raíz de la designación del bosque de secoyas como Parque Nacional en 1890, el asentamiento de la comunidad Kaweah se volvió ilegal de facto. También se formó un grupo poderoso de presión en su contra, animado sobre todo por la Southern Pacific Railroad (SPRR) y otros empresarios y políticos de orientación conservadora. En particular la SPRR tenía sumo interés en la zona, en donde había invertido ya una suma importante de dinero para talar los árboles que permitieran el paso del Pacific Northwest, símbolo de su monopolio en el oeste de Estados Unidos. La presencia de una comunidad como la Kaweah se interponía claramente en sus ambiciones.

Hacia 1892, la comunidad se desintegró y sus miembros se dispersaron. Se dice que en su mejor momento eran 300 las personas que vivieron bajo los principios acordados, y al menos otras 200 que se adscribieron al movimiento aunque sin adoptar plenamente su forma de vida. 

Burnette Haskell, uno de los miembros destacados de Kaweah y figura notable del socialismo estadounidense, escribió en su diario, poco antes de morir:

¿No hay remedio, entonces, para los malvados que oprimen a los pobres? ¿No hay garantía de que llegará el momento en que lo justo y lo correcto reinen sobre la Tierra? No lo sé, pero creo, espero y confío.

También en Faena Aleph: Utopía: la certeza de lo imposible como estímulo de la perfección

 

 

 

Imagen: Creative Commons

¿Por qué el ser humano, inteligente como es, no ha logrado encontrar una forma de vivir en paz, tranquilidad o equilibrio consigo mismo, con sus semejantes y con el entorno? ¿O será que la hemos encontrado ya muchas veces a lo largo de nuestra historia, pero simplemente no queremos o no somos capaces de sostener ese modo de vida?

El siglo XIX fue rico en ideas utopistas. En Europa, fue el siglo de las revoluciones que en casi todos sus casos estuvieron alimentadas por ideas de igualdad y justicia. Fue también, cabe decirlo, la época de la Revolución Industrial que, al mismo tiempo que llenó los lugares de trabajo de máquinas de todo tipo, hizo soñar a algunos con un futuro no muy lejano en que el ser humano podría dejar la tareas propias de la producción a esos autómatas, para así poder dedicarse al cultivo de las artes, de la filosofía, de la vida colectiva en bienestar.

En parte animados por ese espíritu, en 1885 un grupo de personas con ideales afines se establecieron en las inmediaciones de la Sierra Nevada, en California, en esa área legendaria del paisaje estadounidense poblada de secoyas, una de las especies más longevas de nuestro planeta. A su comunidad le dieron el nombre de Kaweah, mismo que designa a varios accidentes geográficos de la zona y que procede de las lenguas yokuts, originarias de dicha región.

Inspirados por Pierre-Joseph Proudhon y otros teóricos del anarquismo, los miembros de esta comuna no creían en la existencia de la propiedad privada, pues en cierto modo la tierra no puede pertenecer a nadie sino a sí misma: la única labor del ser humano debería ser cuidarla, protegerla y en todo caso usufructuarla pero sin nunca poseerla, y sin olvidar a las generaciones venideras.

Lectores también de Karl Marx y de uno de los primeros introductores del marxismo a la cultura estadounidense, Laurence Gronlund, la gente de Kaweah pensaba que era posible conducir una revolución pacífica en contra del sistema capitalista de explotación del planeta y del ser humano; de hecho, rebautizaron con el nombre de “Karl Marx” a la gran secoya que eligieron como símbolo de su comunidad, aun cuando entonces era ya conocida como “General Sherman” (en honor a uno de los militares más despiadados de la Guerra Civil, William Tecumseh Sherman).

En general, en Kaweah se pensaba que era posible establecer un modo de vida que hoy llamaríamos “sustentable”, esto es, en donde el ser humano coexistiera con su entorno, sin menoscabo de uno ni de otro. 

Su organización social estaba basada en la igualdad del valor de todo trabajo, el cual se cuantificaba de acuerdo a una escala de tiempo que a su vez servía para fijar cierto número de créditos; finalmente, dichos créditos se intercambiaban por aquello que una persona necesitara. Entre otras labores, una de las principales fue el trabajo en la realización de caminos, puentes y otras vías de comunicación terrestres, varios de los cuales fueron durante mucho tiempo los únicos usados en la zona. Miembros de Kaweah también construyeron edificios de uso social, como merenderos, herrerías, una imprenta y una oficina postal, lo que demuestra a su vez su voluntad de estar conectados con el exterior y no morir sofocados por el aislamiento, como a veces ha ocurrido con proyectos similares.

En su caso, lamentablemente, fue el mismo exterior el que acabó con el sueño utópico, A raíz de la designación del bosque de secoyas como Parque Nacional en 1890, el asentamiento de la comunidad Kaweah se volvió ilegal de facto. También se formó un grupo poderoso de presión en su contra, animado sobre todo por la Southern Pacific Railroad (SPRR) y otros empresarios y políticos de orientación conservadora. En particular la SPRR tenía sumo interés en la zona, en donde había invertido ya una suma importante de dinero para talar los árboles que permitieran el paso del Pacific Northwest, símbolo de su monopolio en el oeste de Estados Unidos. La presencia de una comunidad como la Kaweah se interponía claramente en sus ambiciones.

Hacia 1892, la comunidad se desintegró y sus miembros se dispersaron. Se dice que en su mejor momento eran 300 las personas que vivieron bajo los principios acordados, y al menos otras 200 que se adscribieron al movimiento aunque sin adoptar plenamente su forma de vida. 

Burnette Haskell, uno de los miembros destacados de Kaweah y figura notable del socialismo estadounidense, escribió en su diario, poco antes de morir:

¿No hay remedio, entonces, para los malvados que oprimen a los pobres? ¿No hay garantía de que llegará el momento en que lo justo y lo correcto reinen sobre la Tierra? No lo sé, pero creo, espero y confío.

También en Faena Aleph: Utopía: la certeza de lo imposible como estímulo de la perfección

 

 

 

Imagen: Creative Commons