El artificio que tanto nos maravilla de la poesía encuentra su forma más discreta (casi imperceptible) en el haikú japonés. Estas miniaturas líricas, construidas con apenas unas pocas palabras y aún menos imágenes, deslumbran por su sutileza y brevedad. Esta sencillez, diseñada para causar un alto impacto, es una suerte de golpe espiritual, al romper la secuencia lógica de mucha de la poesía lírica y cerrar con un remate paradójico, singular, inesperado. Los haikús son pequeños y acotados retratos de un instante, cuyo eco continúa mucho después de que el poema ha terminado.

La particular calidad gráfica y profundidad de este género ha llamado la atención de algunas de las mentes literarias más fascinantes; Jorge Luis Borges, Ezra Pound y Octavio Paz son algunos casos. El escritor Alan Watts, otro amante del haikú, alguna vez lo describió como una pieza que, más que una obra de arte, parecería una obra de la naturaleza. La relación de esta poesía con el mundo natural resulta evidente también en su imaginario: pensemos en los animales y plantas que lo habitan, o en sus constantes referencias a las estaciones o los fenómenos meteorológicos (como la niebla).

Entre los grande maestros del haikú —Matsuo Bashõ, Yosa Buson, Masaoka Shiki— existe uno que destaca por su originalidad y valentía, Kobayashi Issa (1763-1827), cuya vida estuvo marcada por la tristeza, la miseria y la pérdida, mismas que se reflejan en sus poemas de una forma inesperada.

La cercanía es tal vez una de las características más evidentes en la poesía de Issa, misma que marcó una nueva pauta estilística en el universo del haikú. A diferencia de las de otros grandes del género, la piezas de este poeta abundan en referencias tristes e irónicas, pero sobre todo, profundamente cercanas a su vida íntima. Esto es quizá una de las causas por las que la obra de Issa no fue aceptada por completo en su época, y también una de las razones por las cuales muchos expertos ven en este poeta una figura que abrió el género a un público más amplio, no a través de una vulgarización, sino a través de su prístino acercamiento a sucesos de una dimensión humana.

Kobayashi Issa escribió alrededor de 20,000 haikús durante su vida, frecuentemente acompañados de dibujos hechos por él mismo. A continuación, siete de ellos…

Se va,

y regresa—

la vida amorosa del gato.

*     *     *

Mientras rezo a Buda

sigo

matando mosquitos.

*     *     *

La nieve se derrite,

el pueblo está anegado

de niños.

*     *     *

Para ustedes también, pulgas

la noche debe ser larga,

deben sentirse solas.

*     *     *

Sobre una rama

que flota en el río

un grillo, canta.

*     *     *

No se aflijan, arañas,

yo también

tengo hogar de casualidad.

*     *     *

Dormí la mitad del día;

nadie

me ha castigado.

 

 

Traducciones español: María González de León

 

*Imagen: Dominio Público

El artificio que tanto nos maravilla de la poesía encuentra su forma más discreta (casi imperceptible) en el haikú japonés. Estas miniaturas líricas, construidas con apenas unas pocas palabras y aún menos imágenes, deslumbran por su sutileza y brevedad. Esta sencillez, diseñada para causar un alto impacto, es una suerte de golpe espiritual, al romper la secuencia lógica de mucha de la poesía lírica y cerrar con un remate paradójico, singular, inesperado. Los haikús son pequeños y acotados retratos de un instante, cuyo eco continúa mucho después de que el poema ha terminado.

La particular calidad gráfica y profundidad de este género ha llamado la atención de algunas de las mentes literarias más fascinantes; Jorge Luis Borges, Ezra Pound y Octavio Paz son algunos casos. El escritor Alan Watts, otro amante del haikú, alguna vez lo describió como una pieza que, más que una obra de arte, parecería una obra de la naturaleza. La relación de esta poesía con el mundo natural resulta evidente también en su imaginario: pensemos en los animales y plantas que lo habitan, o en sus constantes referencias a las estaciones o los fenómenos meteorológicos (como la niebla).

Entre los grande maestros del haikú —Matsuo Bashõ, Yosa Buson, Masaoka Shiki— existe uno que destaca por su originalidad y valentía, Kobayashi Issa (1763-1827), cuya vida estuvo marcada por la tristeza, la miseria y la pérdida, mismas que se reflejan en sus poemas de una forma inesperada.

La cercanía es tal vez una de las características más evidentes en la poesía de Issa, misma que marcó una nueva pauta estilística en el universo del haikú. A diferencia de las de otros grandes del género, la piezas de este poeta abundan en referencias tristes e irónicas, pero sobre todo, profundamente cercanas a su vida íntima. Esto es quizá una de las causas por las que la obra de Issa no fue aceptada por completo en su época, y también una de las razones por las cuales muchos expertos ven en este poeta una figura que abrió el género a un público más amplio, no a través de una vulgarización, sino a través de su prístino acercamiento a sucesos de una dimensión humana.

Kobayashi Issa escribió alrededor de 20,000 haikús durante su vida, frecuentemente acompañados de dibujos hechos por él mismo. A continuación, siete de ellos…

Se va,

y regresa—

la vida amorosa del gato.

*     *     *

Mientras rezo a Buda

sigo

matando mosquitos.

*     *     *

La nieve se derrite,

el pueblo está anegado

de niños.

*     *     *

Para ustedes también, pulgas

la noche debe ser larga,

deben sentirse solas.

*     *     *

Sobre una rama

que flota en el río

un grillo, canta.

*     *     *

No se aflijan, arañas,

yo también

tengo hogar de casualidad.

*     *     *

Dormí la mitad del día;

nadie

me ha castigado.

 

 

Traducciones español: María González de León

 

*Imagen: Dominio Público