La afición de Haruki Murakami por el jazz es un hecho conocido. Además de que es un motivo recurrente en sus distintas obras de ficción, ha dedicado un par de libros expresamente al género e incluso en su juventud administró un bar de jazz en Tokio. En una de sus entrevistas más célebres (la que le realizó John Wray para The Paris Review), Murakami cuenta que en una época de su vida el jazz fue un punto de contacto fundamental con la cultura de Occidente, y acaso más que de contacto cabría hablar de “punto de fuga” ajeno a su contexto local y nacional, que le parecía aburrido.

Sin saberlo, este gusto redundaría después en su vocación literaria, pues el jazz terminó por enseñarle la importancia de la improvisación en la escritura, pues aunque se parte de un tema en específico, con el tiempo se vuelve necesario tejer en el camino, hacer lo que se pueda con los recursos que se tiene al alcance, y eventualmente arribar a algún tipo de conclusión.

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Pero más allá de la metáfora y del ámbito literario y creativo, la cercanía entre el jazz y Murakami posee un eco científico sólido, en especial por una línea que pertenece a la novela El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, publicada originalmente en 1985. Escribe Murakami:

La música da un resplandor cálido a mi vista, descongela mi mente y mis músculos de su invierno incesante.

Este fragmento encontró una inesperada confirmación científica por parte de un grupo de investigadores de la Escuela de Medicina de la Universidad Johns Hopkins, quienes a inicios de este año estudiaron la manera en que el cerebro de un músico opera al componer. En específico, el experimento consistió en reunir a algunos pianistas de jazz y pedirles que improvisaran una melodía al tiempo que observaban dos fotografía de una misma mujer, una sonriendo y otra con un gesto de tristeza, esto al tiempo que máquinas de resonancia magnética registraban la actividad cerebral.

Entre las observaciones más interesantes, los investigadores encontraron que la creación artística ocurre a nivel cerebral en forma de una red que conecta a distintas zonas del cerebro, de las cuales las más cruciales son aquellas relacionadas con las emociones (como el sistema límbico).

De acuerdo con Charles Limb, uno de los científicos participantes, estos resultados podrían modificar radicalmente el concepto que tenemos de “persona creativa”, al menos en el sentido de que no se trata de un tipo específico de persona, sino que todos, al menos por estructura, tenemos lo necesario para poder generar ideas, crear una obra artística, irrumpir y sorprender.

Lo singular, sin embargo, podría estar justo en la participación de las emociones en este proceso, pues éstas parecen ser las grandes reguladoras de la creatividad, en una relación directa en la que entre más se esté en contacto con los sentimientos propios hay mejores condiciones para que dicha “red de creatividad” se teja entre las distintas zonas del cerebro. Este fenómeno fue más notorio cuando los pianistas se enfrenaban a la fotografía de la mujer triste, un sentimiento que naturalmente despierta nuestra empatía y, en el cerebro, detona la actividad del llamado “centro de recompensa”.

Esa “calidez” de la que habla Murakami podría mirarse entonces como la creatividad en actividad plena, entendida como esa fuerza que si nos permite crear es porque, en cierto sentido, nos hace estar de lleno en nuestra vida, apasionados, comprometidos con lo que hacemos por el sencillo hecho de que nos resulta satisfactorio.

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La afición de Haruki Murakami por el jazz es un hecho conocido. Además de que es un motivo recurrente en sus distintas obras de ficción, ha dedicado un par de libros expresamente al género e incluso en su juventud administró un bar de jazz en Tokio. En una de sus entrevistas más célebres (la que le realizó John Wray para The Paris Review), Murakami cuenta que en una época de su vida el jazz fue un punto de contacto fundamental con la cultura de Occidente, y acaso más que de contacto cabría hablar de “punto de fuga” ajeno a su contexto local y nacional, que le parecía aburrido.

Sin saberlo, este gusto redundaría después en su vocación literaria, pues el jazz terminó por enseñarle la importancia de la improvisación en la escritura, pues aunque se parte de un tema en específico, con el tiempo se vuelve necesario tejer en el camino, hacer lo que se pueda con los recursos que se tiene al alcance, y eventualmente arribar a algún tipo de conclusión.

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Pero más allá de la metáfora y del ámbito literario y creativo, la cercanía entre el jazz y Murakami posee un eco científico sólido, en especial por una línea que pertenece a la novela El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, publicada originalmente en 1985. Escribe Murakami:

La música da un resplandor cálido a mi vista, descongela mi mente y mis músculos de su invierno incesante.

Este fragmento encontró una inesperada confirmación científica por parte de un grupo de investigadores de la Escuela de Medicina de la Universidad Johns Hopkins, quienes a inicios de este año estudiaron la manera en que el cerebro de un músico opera al componer. En específico, el experimento consistió en reunir a algunos pianistas de jazz y pedirles que improvisaran una melodía al tiempo que observaban dos fotografía de una misma mujer, una sonriendo y otra con un gesto de tristeza, esto al tiempo que máquinas de resonancia magnética registraban la actividad cerebral.

Entre las observaciones más interesantes, los investigadores encontraron que la creación artística ocurre a nivel cerebral en forma de una red que conecta a distintas zonas del cerebro, de las cuales las más cruciales son aquellas relacionadas con las emociones (como el sistema límbico).

De acuerdo con Charles Limb, uno de los científicos participantes, estos resultados podrían modificar radicalmente el concepto que tenemos de “persona creativa”, al menos en el sentido de que no se trata de un tipo específico de persona, sino que todos, al menos por estructura, tenemos lo necesario para poder generar ideas, crear una obra artística, irrumpir y sorprender.

Lo singular, sin embargo, podría estar justo en la participación de las emociones en este proceso, pues éstas parecen ser las grandes reguladoras de la creatividad, en una relación directa en la que entre más se esté en contacto con los sentimientos propios hay mejores condiciones para que dicha “red de creatividad” se teja entre las distintas zonas del cerebro. Este fenómeno fue más notorio cuando los pianistas se enfrenaban a la fotografía de la mujer triste, un sentimiento que naturalmente despierta nuestra empatía y, en el cerebro, detona la actividad del llamado “centro de recompensa”.

Esa “calidez” de la que habla Murakami podría mirarse entonces como la creatividad en actividad plena, entendida como esa fuerza que si nos permite crear es porque, en cierto sentido, nos hace estar de lleno en nuestra vida, apasionados, comprometidos con lo que hacemos por el sencillo hecho de que nos resulta satisfactorio.

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