Hay algo de poético en pintar una flor con una tinta hecha con esa misma flor. Ese es el trabajo de la artista japonesa Kazumi Tanaka cuyo más reciente proyecto, INK: The Color of Manitoga, consiste en crear un tintes hechos con distintas especies de plantas. La artista nacida en Osaka emigró a Estados Unidos en 1987, y ahí ha desarrollado su obra durante décadas; ésta trata la conexión entre la naturaleza efímera de la memoria y los mementos tangibles de la historia, en un camino que ella describe como “una búsqueda continua filtrada por el tiempo y la distancia”.

Manitoga es la propiedad de unas 77 acres donde el famoso diseñador industrial Russel Wright (1904-1976) construyó su hogar, y está localizada en Garrison, Nueva York —hoy funciona como un espacio para residencias artísticas. El enorme jardín del terreno es hogar de una gran número de plantas nativas, y es ahí donde Tanaka (la quinta artista en residencia en el lugar) reúne los especímenes que luego convertirá en acuarelas. Una vez que los materiales botánicos son convertidos en pintura, la artista hace dibujos botánicos de cada especie, usando el pigmento obtenido de esa misma especie.

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TAsí, el proyecto también se relaciona con la historia de la propiedad y la “arquitectura orgánica” que logró plasmar ahí Wright, incluyendo su muy personal interpretación de los jardines japoneses; además, de acuerdo a Tanaka, The Color of Manitoga también hace un homenaje a la legendaria obsesión del diseñador con el color, que es posible apreciar en sus conocidas cerámicas.

La residencia artística en Manitoga dura un año entero, y Tanaka comenzó la suya en enero de 2018. Ella construyó ahí un laboratorio químico (es también una artista de la madera y restauradora de muebles antiguos) donde tritura las hojas de las plantas hasta convertirlas en líquido y los pétalos de las flores hasta transformarlos en pigmentos —una especie de proceso alquímico realizado con ingredientes botánicos.

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Una vez que Tanaka obtiene una pasta hecha con las plantas, utiliza el agua del estanque de Manitoga (que destila en su laboratorio) para diluirla y mezclarla con goma arábiga u otros ingredientes naturales que funcionan como aglutinantes o fijadores. La tinta natural obtenida debe usarse rápidamente, antes de que ésta pierda sus tonos. El verde, por ejemplo, es el color más difícil de preservar por ser producto de la clorofila, pues esta sustancia química es generada por la luz solar; una vez que el sol se va, el verde desaparece.

Además de las pinturas, Tanaka lleva un diario en el que registra periódicamente los tiempos y procesos de su trabajo, registrando las plantas que crecen en el jardín y que cambian con el paso de las estaciones. Finalmente, ella tiene un mapa de la propiedad donde marca, con colores, los lugares donde encuentra cada planta anotando, también, su nombre científico. Su trabajo artístico, profundamente conectado con el mundo natural y dotado de una hermosa minuciosidad, responde a su historia personal: ella creció en una casa hecha de madera, bambú y papel en Japón, algo que explica que los materiales con los que trabaja, generalmente, provengan directamente de la naturaleza.

Pintar una flor con su propia tinta es una manera de salvarla de la muerte: en los dibujos de Tanaka, las plantas, de algunas forma, siempre estarán vivas. Su proyecto aún no concluye pero se intuye como una serie de piezas nacidas de un proceso que oscila bellamente entre la química y la creatividad, entre el objeto y el concepto, entre la calidad efímera de la vida y la eternidad que sólo el arte puede encarnar.

 

 

 

Imágenes: The Russel Wright Design Center

Hay algo de poético en pintar una flor con una tinta hecha con esa misma flor. Ese es el trabajo de la artista japonesa Kazumi Tanaka cuyo más reciente proyecto, INK: The Color of Manitoga, consiste en crear un tintes hechos con distintas especies de plantas. La artista nacida en Osaka emigró a Estados Unidos en 1987, y ahí ha desarrollado su obra durante décadas; ésta trata la conexión entre la naturaleza efímera de la memoria y los mementos tangibles de la historia, en un camino que ella describe como “una búsqueda continua filtrada por el tiempo y la distancia”.

Manitoga es la propiedad de unas 77 acres donde el famoso diseñador industrial Russel Wright (1904-1976) construyó su hogar, y está localizada en Garrison, Nueva York —hoy funciona como un espacio para residencias artísticas. El enorme jardín del terreno es hogar de una gran número de plantas nativas, y es ahí donde Tanaka (la quinta artista en residencia en el lugar) reúne los especímenes que luego convertirá en acuarelas. Una vez que los materiales botánicos son convertidos en pintura, la artista hace dibujos botánicos de cada especie, usando el pigmento obtenido de esa misma especie.

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TAsí, el proyecto también se relaciona con la historia de la propiedad y la “arquitectura orgánica” que logró plasmar ahí Wright, incluyendo su muy personal interpretación de los jardines japoneses; además, de acuerdo a Tanaka, The Color of Manitoga también hace un homenaje a la legendaria obsesión del diseñador con el color, que es posible apreciar en sus conocidas cerámicas.

La residencia artística en Manitoga dura un año entero, y Tanaka comenzó la suya en enero de 2018. Ella construyó ahí un laboratorio químico (es también una artista de la madera y restauradora de muebles antiguos) donde tritura las hojas de las plantas hasta convertirlas en líquido y los pétalos de las flores hasta transformarlos en pigmentos —una especie de proceso alquímico realizado con ingredientes botánicos.

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Una vez que Tanaka obtiene una pasta hecha con las plantas, utiliza el agua del estanque de Manitoga (que destila en su laboratorio) para diluirla y mezclarla con goma arábiga u otros ingredientes naturales que funcionan como aglutinantes o fijadores. La tinta natural obtenida debe usarse rápidamente, antes de que ésta pierda sus tonos. El verde, por ejemplo, es el color más difícil de preservar por ser producto de la clorofila, pues esta sustancia química es generada por la luz solar; una vez que el sol se va, el verde desaparece.

Además de las pinturas, Tanaka lleva un diario en el que registra periódicamente los tiempos y procesos de su trabajo, registrando las plantas que crecen en el jardín y que cambian con el paso de las estaciones. Finalmente, ella tiene un mapa de la propiedad donde marca, con colores, los lugares donde encuentra cada planta anotando, también, su nombre científico. Su trabajo artístico, profundamente conectado con el mundo natural y dotado de una hermosa minuciosidad, responde a su historia personal: ella creció en una casa hecha de madera, bambú y papel en Japón, algo que explica que los materiales con los que trabaja, generalmente, provengan directamente de la naturaleza.

Pintar una flor con su propia tinta es una manera de salvarla de la muerte: en los dibujos de Tanaka, las plantas, de algunas forma, siempre estarán vivas. Su proyecto aún no concluye pero se intuye como una serie de piezas nacidas de un proceso que oscila bellamente entre la química y la creatividad, entre el objeto y el concepto, entre la calidad efímera de la vida y la eternidad que sólo el arte puede encarnar.

 

 

 

Imágenes: The Russel Wright Design Center