Los esfuerzos para imitar los colores de la naturaleza han sido, históricamente, un motor creativo. Recordemos la invención de la púrpura de Tiro, por ejemplo, que unió enzimas maceradas con pequeñas conchas y se convirtió en la más alta moda entre los gobernantes romanos, quizá porque parecían disfrazados de amatista. O el intento de Newton por imitar/explicar el brillo del plumaje de los pavorreales con un prisma que dividía la luz en colores. Al final, el ser humano siempre ha querido atrapar aquello que brilla.

La pintora alemana Franziska Schenk, sin embargo, quiso, por primera vez en la historia del arte, recrear fielmente la iridiscencia de las criaturas más extravagantes del reino animal (léase, desde luego, los peces, las aves y los insectos) en la pintura, y no conformarse con los colores que ya existen. Pero, ¿por qué no sólo tomar fotografías? Porque el deseo que provoca el brillo no solamente es de capturarlo, sino también de comprender por qué lo hace; por qué brilla lo que brilla.

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Schenk entendió el fenómeno de la iridiscencia gracias a algunas residencias con científicos, quienes le explicaron la fascinante teoría de los colores estructurales de Thomas Young: el físico que a finales del siglo XIX finalmente pudo explicar cómo la naturaleza de la onda de luz sobre pequeñas películas transparentes produce la iridiscencia. Este fenómeno explica, por ejemplo, el arcoíris visto en burbujas de jabón, en el agua con aceite y en tantos animales del planeta. Luego, en un acuario británico, la pintora estudió aquellas jibias que parecen calamares, que utilizan células llamadas cromatóforos para imitar miles de colores y camuflarse con su entorno.

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Sus primeros intentos fueron retratos enormes de peces amenazantes llamados chernas. Pero por más que se esforzó en incluir un fondo dorado brillante no encontró un amarillo que no fuera “aburrido”. “El dorado vívido y los rayos plateados de iridiscencia más familiares que generan muchos peces, por otro lado, parecen idénticos al metal precioso real. Estaba frustrada”, recuerda. “Quería usar la misma tecnología que los peces”.

Pero el proceso de no sólo entender, sino de imitar la iridiscencia de la naturaleza en un lienzo la llevó a tomar una residencia en el Museo de Historia Natural de Londres y, 3 años después, a los laboratorios químicos para medir las propiedades ópticas de su trabajo. Los resultados son tan espectaculares como uno esperaría.

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Lo que Schenk hizo, en pocas palabras, fue tomar prestados los trucos de la naturaleza para “construir” colores de la misma manera, capa por capa. En 2013 reprodujo el anaranjado de la parte inferior del tamamushi, el escarabajo japonés que parece una joya, el verde de su cascarón y sus líneas violetas, y probó su semejanza con el insecto real al comparar sus medidas de reflectancia.

Ninguna fotografía tiene el brillo o el centelleo que tienen las pinturas de Schenk, que además invitan al observador a pensar en la iridiscencia y en el proceso que conllevan sus pinturas, lo cual ya es un recorrido mental fascinante. Baste ver sus mariposas.

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Los esfuerzos para imitar los colores de la naturaleza han sido, históricamente, un motor creativo. Recordemos la invención de la púrpura de Tiro, por ejemplo, que unió enzimas maceradas con pequeñas conchas y se convirtió en la más alta moda entre los gobernantes romanos, quizá porque parecían disfrazados de amatista. O el intento de Newton por imitar/explicar el brillo del plumaje de los pavorreales con un prisma que dividía la luz en colores. Al final, el ser humano siempre ha querido atrapar aquello que brilla.

La pintora alemana Franziska Schenk, sin embargo, quiso, por primera vez en la historia del arte, recrear fielmente la iridiscencia de las criaturas más extravagantes del reino animal (léase, desde luego, los peces, las aves y los insectos) en la pintura, y no conformarse con los colores que ya existen. Pero, ¿por qué no sólo tomar fotografías? Porque el deseo que provoca el brillo no solamente es de capturarlo, sino también de comprender por qué lo hace; por qué brilla lo que brilla.

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Schenk entendió el fenómeno de la iridiscencia gracias a algunas residencias con científicos, quienes le explicaron la fascinante teoría de los colores estructurales de Thomas Young: el físico que a finales del siglo XIX finalmente pudo explicar cómo la naturaleza de la onda de luz sobre pequeñas películas transparentes produce la iridiscencia. Este fenómeno explica, por ejemplo, el arcoíris visto en burbujas de jabón, en el agua con aceite y en tantos animales del planeta. Luego, en un acuario británico, la pintora estudió aquellas jibias que parecen calamares, que utilizan células llamadas cromatóforos para imitar miles de colores y camuflarse con su entorno.

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Sus primeros intentos fueron retratos enormes de peces amenazantes llamados chernas. Pero por más que se esforzó en incluir un fondo dorado brillante no encontró un amarillo que no fuera “aburrido”. “El dorado vívido y los rayos plateados de iridiscencia más familiares que generan muchos peces, por otro lado, parecen idénticos al metal precioso real. Estaba frustrada”, recuerda. “Quería usar la misma tecnología que los peces”.

Pero el proceso de no sólo entender, sino de imitar la iridiscencia de la naturaleza en un lienzo la llevó a tomar una residencia en el Museo de Historia Natural de Londres y, 3 años después, a los laboratorios químicos para medir las propiedades ópticas de su trabajo. Los resultados son tan espectaculares como uno esperaría.

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Lo que Schenk hizo, en pocas palabras, fue tomar prestados los trucos de la naturaleza para “construir” colores de la misma manera, capa por capa. En 2013 reprodujo el anaranjado de la parte inferior del tamamushi, el escarabajo japonés que parece una joya, el verde de su cascarón y sus líneas violetas, y probó su semejanza con el insecto real al comparar sus medidas de reflectancia.

Ninguna fotografía tiene el brillo o el centelleo que tienen las pinturas de Schenk, que además invitan al observador a pensar en la iridiscencia y en el proceso que conllevan sus pinturas, lo cual ya es un recorrido mental fascinante. Baste ver sus mariposas.

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