En 1989, cuando murió el escritor irlandés Samuel Beckett, la fotografía de una bailarina vestida de pescado fue hallada entre sus pertenencias. El retrato correspondía Lucia Joyce, segunda hija del escritor irlandés James Joyce, para quien Beckett trabajó en París a finales de los años veintes.

Lucia sostuvo una relación breve con Beckett, hasta que el rompiera con ella. Diversos biógrafos señalan que fue precisamente este suceso el que detonaría en Lucia los primeros síntomas de locura. También, afirman que ella pasaría el resto de su vida enamorada del dramaturgo.

Lucia nació en 1907 en Triste, Italia, lugar a donde James Joyce y Nora Barnacle (madre de sus hijos y compañera de toda la vida) fueron a vivir tras dejar Dublín, en 1904. Segunda hija del matrimonio —tuvieron un hijo mayor, Giorgio— Lucia comenzó desde muy joven una carrera como bailarina profesional. Se dice que tenía un gran talento como bailarina y coreógrafa, y que estuvo en varias de las academias y grupos de danza más innovadores y experimentales de la Europa de principios del siglo XX, incluida la compañía del hermano de Isadora Duncan.

A muy temprana edad comenzó a presentar rasgos neuróticos, diagnosticados años después como esquizofrenia. Lucia era bizca y pasó una infancia difícil, mudándose de casa en casa, pues la familia Joyce vivió en precarias condiciones económicas la mayor parte de su niñez. Los registros sostienen que ella siempre tuvo una personalidad difícil y fue enfermiza desde muy pequeña. La gente cercana a los Joyce asegura que ella siempre tuvo, hasta los últimos años de vida del escritor, una relación especialmente cercana con su padre.

En un lapso de dos años, Lucia fue rechazada por tres hombres: el aprendiz de su padre, Samuel Beckett, el artista Alexander Calder y Albert Hubbel, otro artista que la hizo su amante un tiempo, para después volver a su esposa. También estuvo comprometida por un lapso de tiempo con un joven ruso; poco después, el compromiso fue cancelado.

A partir de esta lamentable racha, Lucia comenzó a manifestar actitudes abierta y violentamente sexuales, razón por la cual fue acusada de promiscuidad (en una ocasión, anunció públicamente que era lesbiana); intentó más de una vez incendiar casas, vomitaba sobre la mesa durante las comidas y, en una ocasión, escapó para vivir en las calles de Dublín como vagabunda durante seis días. En el cumpleaños número cincuenta de su padre, Lucia aventó una silla a su madre, tras lo cual su hermano decidió llevarla a una institución psiquiátrica. En ese entonces Joyce se encontraba en el proceso de escritura de la que sería su última novela, Finnegan’s Wake, obra inspirada, para muchos biógrafos de Joyce, por su hija.

Medicada con barbitúricos e incapaz de seguir su carrera como bailarina, en 1935 Lucia fue trasladada a un sanatorio mental ubicado en las afueras de París. Posteriormente su familia la llevó a otra clínica en Northhampton, donde pasó el resto de su vida. Murió en 1982. La hija del genio de la literatura pasó sus últimos años inmersa en una profunda soledad (su familia rara vez la visitaba); en esta última clínica recibió, por cierto, la visita de Samuel Beckett en una ocasión.

Cuando Joyce hablaba de su hija, se refería a sus desplantes como “escenas del Rey Lear”. Siempre la defendió como una artista brillante, un ser fantástico y una de las únicas personas que, según él, podían comprenderlo realmente. Para Joyce, Lucia hablaba su mismo lenguaje.

Una anécdota interesante, no solo por su condición histórica sino por que refleja tanto la íntima conexión entre Joyce y su hija, como la diferencia entre ambos, nos remonta a 1934. Carl Jung, por entonces ya un célebre médico y psicoterapeuta,  trató a Lucia. Después de la consulta, Joyce preguntó al suizo: ¿Doctor Jung, notó que mi hija parece estar sumergida en las misma aguas turbulentas que yo?— A lo cual este respondió: —Sí, pero donde usted nada, ella se ahoga.—

En 1989, cuando murió el escritor irlandés Samuel Beckett, la fotografía de una bailarina vestida de pescado fue hallada entre sus pertenencias. El retrato correspondía Lucia Joyce, segunda hija del escritor irlandés James Joyce, para quien Beckett trabajó en París a finales de los años veintes.

Lucia sostuvo una relación breve con Beckett, hasta que el rompiera con ella. Diversos biógrafos señalan que fue precisamente este suceso el que detonaría en Lucia los primeros síntomas de locura. También, afirman que ella pasaría el resto de su vida enamorada del dramaturgo.

Lucia nació en 1907 en Triste, Italia, lugar a donde James Joyce y Nora Barnacle (madre de sus hijos y compañera de toda la vida) fueron a vivir tras dejar Dublín, en 1904. Segunda hija del matrimonio —tuvieron un hijo mayor, Giorgio— Lucia comenzó desde muy joven una carrera como bailarina profesional. Se dice que tenía un gran talento como bailarina y coreógrafa, y que estuvo en varias de las academias y grupos de danza más innovadores y experimentales de la Europa de principios del siglo XX, incluida la compañía del hermano de Isadora Duncan.

A muy temprana edad comenzó a presentar rasgos neuróticos, diagnosticados años después como esquizofrenia. Lucia era bizca y pasó una infancia difícil, mudándose de casa en casa, pues la familia Joyce vivió en precarias condiciones económicas la mayor parte de su niñez. Los registros sostienen que ella siempre tuvo una personalidad difícil y fue enfermiza desde muy pequeña. La gente cercana a los Joyce asegura que ella siempre tuvo, hasta los últimos años de vida del escritor, una relación especialmente cercana con su padre.

En un lapso de dos años, Lucia fue rechazada por tres hombres: el aprendiz de su padre, Samuel Beckett, el artista Alexander Calder y Albert Hubbel, otro artista que la hizo su amante un tiempo, para después volver a su esposa. También estuvo comprometida por un lapso de tiempo con un joven ruso; poco después, el compromiso fue cancelado.

A partir de esta lamentable racha, Lucia comenzó a manifestar actitudes abierta y violentamente sexuales, razón por la cual fue acusada de promiscuidad (en una ocasión, anunció públicamente que era lesbiana); intentó más de una vez incendiar casas, vomitaba sobre la mesa durante las comidas y, en una ocasión, escapó para vivir en las calles de Dublín como vagabunda durante seis días. En el cumpleaños número cincuenta de su padre, Lucia aventó una silla a su madre, tras lo cual su hermano decidió llevarla a una institución psiquiátrica. En ese entonces Joyce se encontraba en el proceso de escritura de la que sería su última novela, Finnegan’s Wake, obra inspirada, para muchos biógrafos de Joyce, por su hija.

Medicada con barbitúricos e incapaz de seguir su carrera como bailarina, en 1935 Lucia fue trasladada a un sanatorio mental ubicado en las afueras de París. Posteriormente su familia la llevó a otra clínica en Northhampton, donde pasó el resto de su vida. Murió en 1982. La hija del genio de la literatura pasó sus últimos años inmersa en una profunda soledad (su familia rara vez la visitaba); en esta última clínica recibió, por cierto, la visita de Samuel Beckett en una ocasión.

Cuando Joyce hablaba de su hija, se refería a sus desplantes como “escenas del Rey Lear”. Siempre la defendió como una artista brillante, un ser fantástico y una de las únicas personas que, según él, podían comprenderlo realmente. Para Joyce, Lucia hablaba su mismo lenguaje.

Una anécdota interesante, no solo por su condición histórica sino por que refleja tanto la íntima conexión entre Joyce y su hija, como la diferencia entre ambos, nos remonta a 1934. Carl Jung, por entonces ya un célebre médico y psicoterapeuta,  trató a Lucia. Después de la consulta, Joyce preguntó al suizo: ¿Doctor Jung, notó que mi hija parece estar sumergida en las misma aguas turbulentas que yo?— A lo cual este respondió: —Sí, pero donde usted nada, ella se ahoga.—

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