Probablemente no existe barco ballenero más famoso que el Pequod, descrito por dentro y por fuera en la pluma de uno de los más brillantes narradores que ha dado Estados Unidos, Herman Melville. A pesar de que no todos los barcos balleneros que salieron de Nantucket llevaban a bordo escritores tan capaces como el autor de Moby Dick, era necesario que alguien asumiera la obligación de llevar la cuenta de los trabajos y los días en bitácoras de a bordo [logbook].

Las bitácoras eran un registro documental del funcionamiento de un ballenero como fábrica o industria del mar: se llevaban sobre todo registros de las ballenas cazadas, de los naufragios ocurridos, las condiciones generales del clima y otros datos de importancia legal y comercial. Pero en las cinco bitácoras conservadas y expuestas en el museo Martha’s Vineyard, que datan de entre 1840 y 1860, también pueden apreciarse detalles de índole artística o literaria que tienen que ver con la apreciación de la vida a bordo de un pesquero.

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Gracias a estas bitácoras podemos observar por un momento a las tripulaciones del Iris, el Erie, el Rose Pool, el Independence y el Adeline Gibbs a través de sus expediciones alrededor del mundo. Los esfuerzos museográficos se han concentrado en la conservación y restauración de los materiales documentales, puesto que las duras condiciones climáticas en las que se produjeron suelen afectarlos más que al papel normal.

Además, las bitácoras en ese tiempo no eran apreciadas más de lo que un archivero contable de nuestros días. Las bitácoras tienen todo tipo de inscripciones y marcas, de cálculos y de roturas, pero también de expresivas ilustraciones que dan cuenta de la naturaleza del oficio ballenero: largas horas en el agua en la búsqueda de monstruos marinos.

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También existe un potencial de estudio científico en la revisión de estas notas, por ejemplo para conocer las condiciones climáticas y ambientales a mediados del siglo XIX, que suele ser el punto de referencia para mucha de la medición estadística del calentamiento global en nuestros días.

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En una nota un poco menos romántica, en las bitácoras también podemos apreciar las impresiones de los seres humanos antes de la irrupción de la era global: como Marco Polo o Cristóbal Colón en su momento, los aventureros a bordo de los barcos balleneros se enfrentaron por primera vez con la otredad radical de pueblos y culturas distantes en los siete mares. Las bitácoras son testimonio de un tiempo en el que el mundo todavía era inconmensurablemente grande, y el asombro quedaba registrado en la memoria más que en las imágenes producidas por medios electrónicos.

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Probablemente no existe barco ballenero más famoso que el Pequod, descrito por dentro y por fuera en la pluma de uno de los más brillantes narradores que ha dado Estados Unidos, Herman Melville. A pesar de que no todos los barcos balleneros que salieron de Nantucket llevaban a bordo escritores tan capaces como el autor de Moby Dick, era necesario que alguien asumiera la obligación de llevar la cuenta de los trabajos y los días en bitácoras de a bordo [logbook].

Las bitácoras eran un registro documental del funcionamiento de un ballenero como fábrica o industria del mar: se llevaban sobre todo registros de las ballenas cazadas, de los naufragios ocurridos, las condiciones generales del clima y otros datos de importancia legal y comercial. Pero en las cinco bitácoras conservadas y expuestas en el museo Martha’s Vineyard, que datan de entre 1840 y 1860, también pueden apreciarse detalles de índole artística o literaria que tienen que ver con la apreciación de la vida a bordo de un pesquero.

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Gracias a estas bitácoras podemos observar por un momento a las tripulaciones del Iris, el Erie, el Rose Pool, el Independence y el Adeline Gibbs a través de sus expediciones alrededor del mundo. Los esfuerzos museográficos se han concentrado en la conservación y restauración de los materiales documentales, puesto que las duras condiciones climáticas en las que se produjeron suelen afectarlos más que al papel normal.

Además, las bitácoras en ese tiempo no eran apreciadas más de lo que un archivero contable de nuestros días. Las bitácoras tienen todo tipo de inscripciones y marcas, de cálculos y de roturas, pero también de expresivas ilustraciones que dan cuenta de la naturaleza del oficio ballenero: largas horas en el agua en la búsqueda de monstruos marinos.

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También existe un potencial de estudio científico en la revisión de estas notas, por ejemplo para conocer las condiciones climáticas y ambientales a mediados del siglo XIX, que suele ser el punto de referencia para mucha de la medición estadística del calentamiento global en nuestros días.

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En una nota un poco menos romántica, en las bitácoras también podemos apreciar las impresiones de los seres humanos antes de la irrupción de la era global: como Marco Polo o Cristóbal Colón en su momento, los aventureros a bordo de los barcos balleneros se enfrentaron por primera vez con la otredad radical de pueblos y culturas distantes en los siete mares. Las bitácoras son testimonio de un tiempo en el que el mundo todavía era inconmensurablemente grande, y el asombro quedaba registrado en la memoria más que en las imágenes producidas por medios electrónicos.

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