Sería ocioso insistir (como tanto lo hemos hecho) en el simbolismo y poder de las aves dentro del imaginario humano. Pero más allá de todo lo que se podría decir al respecto — sobre libros y tratados, sobre lo inconsciente, lo mitológico, lo sagrado y otras consideraciones semejantes—, las obras humanas que documentan este tan profundo fenómeno resultarán siempre deliciosas. Uno de los textos más hermosos que reflejan las metafísicas cualidades de estos animales es La conferencia de los pájaros, un epopeya mística escrita en el siglo XII por el poeta persa Farid ud-Din Attar, obra cúspide del sufismo que narra los viajes alegóricos de un grupo de pájaros y los aprendizajes morales que encuentran en su camino.

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La historia, encantadora como pocas, comienza con la reunión de todos los pájaros del mundo para decidir quién será su soberano, pues para este momento se encuentran sin un líder. La abubilla, ave solitaria y territorial, la más sabia de todas, propone encontrar al Simurg (pájaro mítico y benevolente de la cosmogonía iraní, relacionada por algunos con el Ave Fénix) para con su ayuda resolver el dilema. La abubilla será entonces guía de todas las demás aves, representaciones simbólicas de los vicios humanos, aquellos que alejan al hombre de la iluminación.

Así, la abubilla explica que para llegar hasta la morada del Simurg, los pájaros deberán cruzar siete valles —etapas por las que los sufíes deben transitar para conocer la verdader naturaleza de Dios. El primero es el Valle de la búsqueda (o Talab), donde el viajero se libera de los dogmas, las creencias y, al mismo tiempo, de la incredulidad; el segundo, el Valle del amor (Ishq), aleja a los viajeros de la razón para acercaros al sentimiento amoroso; el Valle del conocimiento (Ma’refat), el tercero en el recorrido, es el lugar donde el conocimiento mundano se vuelve inútil; el cuarto es el Valle el desprendimiento (Isteghnâ), donde los deseos y aprensiones del plano material se dejan ir; el Valle de la unidad de Dios (Tawhid) es el número cinco, donde los pájaros aprenderán que absolutamente todo en el universo está conectado; el sexto es el Valle del asombro (Hayrat), donde los viajeros, fascinados por la belleza del Bienamado, entienden que en realidad nunca han entendido nada; el último es el Valle de la pobreza y la aniquilación (Faqr y Fana), donde el ser desaparece y se vuelve uno con el universo, un ente atemporal que existe tanto en el pasado como en el futuro.

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Al escuchar la descripción de estos lugares, las aves se llenan de aflicción y miedo; algunas de ellas, incluso, mueren en ese instante. Finalmente, la parvada inicia un épica travesía durante la cual varios de los viajeros mueren de hambre, sed, enfermedad o son presas de otros animales. Sólo 30 pájaros llegan a la residencia del Simurg para darse cuenta de una deslumbrante verdad: ellos son el Simurg —palabra que en persa significa “30 pájaros”. Finalmente, las aves comprenden que el Bienamado es como el sol pues puede reflejarse en un espejo, o dicho de otra manera, todos podemos reflejar a Dios porque somos su sombra y reverberación: nada está separado de su creador.

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La destreza del uso de los símbolos en el poema de Attar se entrelaza perfectamente con su narración de pequeñas historias dentro de la historia que, como fábulas griegas, siempre contienen una centelleante gota de sabiduría. De muchas maneras, la aventura de los pájaros viajeros —una joya de la mística islámica o sufismo— es una historia de iniciación que nos remonta a las tantas peregrinaciones religiosas sobre las que hemos escuchado, al viaje de Dante por los infiernos y su llegada al cielo o, incluso, a la travesía del valiente Odiseo, cuyo destino es siempre volver a casa, volver al origen, aprender una vez más la verdad.

 

 

 

Imágenes: Dominio público

Sería ocioso insistir (como tanto lo hemos hecho) en el simbolismo y poder de las aves dentro del imaginario humano. Pero más allá de todo lo que se podría decir al respecto — sobre libros y tratados, sobre lo inconsciente, lo mitológico, lo sagrado y otras consideraciones semejantes—, las obras humanas que documentan este tan profundo fenómeno resultarán siempre deliciosas. Uno de los textos más hermosos que reflejan las metafísicas cualidades de estos animales es La conferencia de los pájaros, un epopeya mística escrita en el siglo XII por el poeta persa Farid ud-Din Attar, obra cúspide del sufismo que narra los viajes alegóricos de un grupo de pájaros y los aprendizajes morales que encuentran en su camino.

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La historia, encantadora como pocas, comienza con la reunión de todos los pájaros del mundo para decidir quién será su soberano, pues para este momento se encuentran sin un líder. La abubilla, ave solitaria y territorial, la más sabia de todas, propone encontrar al Simurg (pájaro mítico y benevolente de la cosmogonía iraní, relacionada por algunos con el Ave Fénix) para con su ayuda resolver el dilema. La abubilla será entonces guía de todas las demás aves, representaciones simbólicas de los vicios humanos, aquellos que alejan al hombre de la iluminación.

Así, la abubilla explica que para llegar hasta la morada del Simurg, los pájaros deberán cruzar siete valles —etapas por las que los sufíes deben transitar para conocer la verdader naturaleza de Dios. El primero es el Valle de la búsqueda (o Talab), donde el viajero se libera de los dogmas, las creencias y, al mismo tiempo, de la incredulidad; el segundo, el Valle del amor (Ishq), aleja a los viajeros de la razón para acercaros al sentimiento amoroso; el Valle del conocimiento (Ma’refat), el tercero en el recorrido, es el lugar donde el conocimiento mundano se vuelve inútil; el cuarto es el Valle el desprendimiento (Isteghnâ), donde los deseos y aprensiones del plano material se dejan ir; el Valle de la unidad de Dios (Tawhid) es el número cinco, donde los pájaros aprenderán que absolutamente todo en el universo está conectado; el sexto es el Valle del asombro (Hayrat), donde los viajeros, fascinados por la belleza del Bienamado, entienden que en realidad nunca han entendido nada; el último es el Valle de la pobreza y la aniquilación (Faqr y Fana), donde el ser desaparece y se vuelve uno con el universo, un ente atemporal que existe tanto en el pasado como en el futuro.

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Al escuchar la descripción de estos lugares, las aves se llenan de aflicción y miedo; algunas de ellas, incluso, mueren en ese instante. Finalmente, la parvada inicia un épica travesía durante la cual varios de los viajeros mueren de hambre, sed, enfermedad o son presas de otros animales. Sólo 30 pájaros llegan a la residencia del Simurg para darse cuenta de una deslumbrante verdad: ellos son el Simurg —palabra que en persa significa “30 pájaros”. Finalmente, las aves comprenden que el Bienamado es como el sol pues puede reflejarse en un espejo, o dicho de otra manera, todos podemos reflejar a Dios porque somos su sombra y reverberación: nada está separado de su creador.

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La destreza del uso de los símbolos en el poema de Attar se entrelaza perfectamente con su narración de pequeñas historias dentro de la historia que, como fábulas griegas, siempre contienen una centelleante gota de sabiduría. De muchas maneras, la aventura de los pájaros viajeros —una joya de la mística islámica o sufismo— es una historia de iniciación que nos remonta a las tantas peregrinaciones religiosas sobre las que hemos escuchado, al viaje de Dante por los infiernos y su llegada al cielo o, incluso, a la travesía del valiente Odiseo, cuyo destino es siempre volver a casa, volver al origen, aprender una vez más la verdad.

 

 

 

Imágenes: Dominio público